Mientras el hoy hiperrecontracreíble Indec de Todesca canta un nivel de desempleo que alcanza casi los dos dígitos -y en las grandes urbes ya lo pasa: Gran Rosario 11,7%, Mar del Plata 11,6%, Gran Córdoba 11, 5%, Gran Buenos Aires 11,2% y así- poco y nada sabemos, estadísticamente hablando, del mercado laboral de San Martín de los Andes.

Habría que tener a la vista los porcentajes de empleo registrado a escala local en los principales rubros generadores de trabajo: Hoteles, Restaurantes y afines, Comercio y Construcción (al momento de escribir estas líneas, no contamos con la certidumbre de cifras observadas y medidas).

En cuanto al sector público, si bien aquí no se ha producido “eliminación de grasas”, las diversas ventanillas del Estado (nac, prov & muni) están secas, al punto que los proveedores evitan ir a clavarse allí. Sólo amargas arenas saben encontrar, lo que ciertamente no sirve para cambiar por trabajo alguno. En resumen, el Estado está hoy bastante lejos de ser un promotor y dinamizador del empleo.

Pero más allá del puro y duro mensaje de las estadísticas, hay otros registros menos nítidos pero igual de evidentes. No decimos “sensación” porque es de origen y alcance subjetivo; decimos “registro” porque es convertible a dato objetivo.

En la calle, la del centro y la del del barrio, es donde vecinas y vecinos hablan de lo común , lo corriente es hoy la precariedad -cuando no la falta- de empleo. Habida cuenta, por decirlo graciosamente, del negreo generalizado en los principales rubros de la actividad económica privada o la fragilidad de los contratos temporales estatales.

La “informalidad” tan padecida a escala nacional constituye en las localidades turísticas, tan fatalmente sujetas a estacionalidades, modas y vértigos inmobiliarios, un porcentaje alto del total del mercado laboral realmente existente: muy cómodo en el 40% y siempre pronto a extremarse en las cíclicas sequías.

Es precisamente esa informalidad instalada y aceptada la que dificulta visibilizar con precisión el contorno real de la masa de desocupados, ni hablar de su variada composición ni de sus urgencias cotidianas ni de sus siempre estrechas perspectivas.

El “ejército de reserva” es aquí numeroso, calladito y predispuesto a admitir todas las mañas de empleadores lacrimosos y paternalistas, a cambio de una changa, casi antónimo de “empleo de calidad”, esa banderola ya amarillenta que buena parte de los que forman en sus filas supieron llevar hasta donde hoy está.