Recientemente, tuvimos la oportunidad de recorrer una muestra  de Lydia Zubizarreta, titulada Nieve, donde esta destacada artista local conjuga en una muestra de acuarelas y óleos su mirada de los bosques, lagos y montañas bajo el manto transformador de la nevada.

Lydia es una artista que, como los espacios naturales que ama y representa, va develando profundidades y esplendores a cada paso. Frente a la naturaleza prodigiosa de estas latitudes, experimenta -y lo comunica con eficacia- el goce de percibir y dar testimonio de un mundo que se acaba tal como lo hemos conocido. Porque en la pintura de LZ no se advierte la presencia ni la huella humana.

Sin embargo, ante ausencia tan ostensible, no hay sensación de aislamiento o desolación. Con una sutileza paradojal, la artista nos pone frente a un paisaje intacto, nunca hollado, siempre abierto al paso o la mirada inaugural. Es un efecto único, cuasi mágico, que coloca al simple observador de su obra en una dimensión virginal inesperada, exploratoria, obligadamente poética.

Es como si su arte viniese a compensar algo de los daños que nuestra intervención le ocasiona a esa naturaleza. Allí está lo mejor de nuestra especie: ir con arte más allá de toda la infatuada estupidez que insistimos en tomar por inexorable.

Para quienes también sabemos andar estos bosques y cerros, las composiciones aparentemente no figurativas de los paisajes de Lydia nos resultan más familiares y consistentes que si se tratara de exhaustivas versiones fotográficas. En su estilo -disculpen mi ignorancia los entendidos- de bloques y trazos de color superpuestos que juegan a ser casi abstractos, están el aliento y el movimiento real de los árboles, del toque de una olita en la orilla, de la bruma que se descorre, de la nieve cayendo, del lago al momento de hacerse de plata.

Allí se siente que el estilo, la técnica y todo el necesario artificio de una obra queda para después. Allí, aquí, frente a esas dos dimensiones supuestamente planas experimentamos una emoción en todo semejante al caminar en silencio por los bosques blancos. Para esta transmisión emotiva es precisa -cómo no- una formación técnica que luego a su vez es preciso dejar atrás, para andar ligeros de atención y libres de intención.

En su mirada invernal, Lydia Zubizarreta nos regala una paradoja: de sus bosques y cerros nevados viene el aliento cálido de una pasión intensa, de una celebración constante.