Por Horacio Rovelli

El 32,6% de pobres que determina el INDEC dirigido por Jorge Todesca para abril y mayo 2016, implica, extendiendo la muestra a todo el territorio argentino, que 14.000.000 millones de nuestros habitantes son pobres. Y nos dice que el 47% de los niños y niñas de este país no se alimentan, visten, vivan en viviendas dignas, tengan agua potable o gas o luz, que puedan estudiar y capacitarse, en un país que produce alimento para 400 millones de personas y que el mismo Macri dijo en China en el Congreso del G 20 que puede producir alimentos para 800 millones. Ese país de riqueza presente y potencial tiene un porcentaje de pobreza similar a Burkina Faso, que es un desierto y tiene seis a siete meses de sequía por año.

Es más, gracias a que mal o bien se mantuvieron los planes sociales del kirchnerismo, se contuvo parcialmente el incremento de la indigencia, que según el INDEC afecta al 6,3% de la población (extendiendo la muestra a toda la Argentina 2.600.000 personas) y que significa que viven sin acceso a la vivienda o al techo, sin acceso al trabajo, sin alimentación constante, sin los mínimos cuidados de salud, sin poder acceder a la educación, y si lo hacen es porque hay un plato de comida para el chico, que viven a la intemperie, y repetimos la mayor parte son niños.

La Argentina no es un país pobre, lo que es, es injusto, generoso con los banqueros y los grandes acopiadores y comercializadores de alimentos e industrias concentradas (que ganaron fortuna en los 10 meses de gobierno de Macri), a quienes se les sacó la “pata de encima” , pero empuja a la miseria y a devorarse sus propios ahorros a la mayor parte de la población y todo en nombre del mercado internacional, de la competitividad y productividad del trabajo y de toda una sarta de mentiras como dijeron Mitre, Sarmiento y Roca y repiten cada vez que llegan sus descendientes en el privilegio al gobierno.

Lo que realmente debe hacerse, y con Kirchner se hizo, tanto en la Argentina como en la Región, es alinearse en búsqueda de generar un cambio estructural que modifique la posición de subordinación de la región periférica en la estructura internacional, y para ello el rol del Estado es elemental.

Siguiendo esta línea de pensamiento, el más claro ejemplo de reversión en las relaciones internacionales es Asia, en donde las reglas de juego que ponen los Estados permiten que las elites capitalistas conserven sus lugares de privilegio mientras esos sectores inviertan, promuevan el cambio tecnológico, innoven, creen empleo e impulsen el crecimiento económico. La elaboración y exportación de productos manufacturados constituyó el motor del crecimiento económico en los países de Asia Oriental y así la región se convirtió en un gran polo de atracción de inversiones externas provenientes de los países desarrollados, en particular los EE.UU., y en habitual plataforma de exportación hacia aquellos mismos países, de los productos generados por éstas inversiones. Esto se evidencia con el avance significativo de las Cadenas Globales de Valor, relacionada con la elaboración de productos electrónicos, que articulan los países de Asia Oriental con los países denominados desarrollados.

Los países Asiáticos se convirtieron en la fábrica del mundo, bajo la dirección de un Estado que logró acordar con los empresarios propios y externos, apoyándolos con desgravaciones impositivas, créditos blandos, etc., pero a cambio de cumplimiento de estrictas metas de producción y exportación.

Para llevar a cabo el cambio estructural es necesario recuperar la capacidad del Estado, como agente central en el proceso de desarrollo que establezca estrategias de mediano y largo plazo, un Estado que posea una “Autonomía Enraizada”, que no sea cooptado, capturado o desmembrado por el elite empresarial sino que exista un vínculo de reciprocidad y contraparte, como ocurre en el caso Asiático, donde se puede percibir un disciplinamiento de estas elites. Disciplinar o condicionar las rentas no significa estar en oposición, no significa que los empresarios dejen de ganar plata, sino que reinviertan sus ingresos, apuesten a la productividad e innoven tecnológicamente, esto se entiende como una comunidad de intereses.

Por lo tanto como institución garante del bien común, el Estado, debe motorizar el crecimiento económico sostenido con equidad en el esfuerzo, incorporando la mayor mano de obra posible para producir con mayor valor agregado y a su vez, que la remuneración de los trabajadores sea la mejor que se pueda, siempre en el marco de que los empresarios se guían por la tasa de ganancia y su perdurabilidad en el tiempo, permitiendo la reproducción ampliada, en un circuito virtuoso que se retroalimenta.

El camino que le queda a la Argentina es industrializar, a como dé lugar, agregar valor, volcando tanto el excedente como la inversión en la diversificación productiva, estableciendo redes organizacionales hacia adentro (entre pequeños y grandes actores del tejido productivo, sea industrial como agropecuario, no es excluyente) con fuerte apoyo estatal que promueva la articulación de lo público y lo privado especialmente para establecer un sistema de creación de conocimiento (científico – tecnológico), que permita tanto sustituir importaciones, como agregar valor a las exportaciones. Fomentar la vinculación entre Instituciones Públicas como el INSTITUTO NACIONAL DE TECNOLOGIA INDUSTRIAL (INTI), CONICET, INSTITUTO NACIONAL DE TECNOLOGIA AGROPECUARIA (INTA) (todos los organismos mencionados se dedican a la investigación con unidades organizativas distribuidas en todo el Territorio Nacional) entre otros; y las Pymes y grandes empresas de todo el país.

Respecto de una estrategia hacia afuera, necesitamos integrarnos con mayor intensidad en la región, junto con nuestro principal socio Brasil y demás países de la América Latina (MERCOSUR), consolidando los encadenamientos regionales existentes, creando un Banco de Desarrollo Regional que invierta en emprendimientos con fuerte agregado de valor y contenido tecnológico, haciendo hincapié en up-granding primeramente de procesos, con el fin de producir más eficientemente, reorganizando los sistemas productivos hacia el interior de América Latina, torciendo el perfil productivo de nuestros países. La clave está en generar y apropiarse de rentas dinámicas, de aquellas que sean fáciles de copiar, como los mencionados conocimientos de procesos, patentes, marcas, etc.

Una vez integrados y con Estados fuertes, a partir de la región comerciar con China y el resto de los países asiáticos de igual a igual, a cambio de inversiones en infraestructura que van a realizar en nuestros países, pero siempre partiendo de nuestras limitaciones y de satisfacer las necesidades de nuestra población, teniendo en consideración que los Estados Asiáticos siguen creciendo y necesitan alimentar a su densa población. Es más los acuerdos estratégicos con China, obligan a disciplinarse en la inversión y en la producción a los empresarios locales.

No es el mercado mundial el que debe determinar qué, cómo, de qué modo, para quién debemos producir y trabajar, sino que es el Estado Nacional el que debe fijar las pautas, en el lenguaje de Néstor Kirchner, “La economía debe subordinarse a la política”.

Como proclamara Felipe Varela en su Manifiesto del 1º de enero de 1868: “…título de Capital es la provincia única que ha gozado del enorme producto del país entero, mientras en los demás pueblos, pobres y arruinados, se hacía imposible el buen quicio de las administraciones provinciales, por falta de recursos y por la pequeñez de sus entradas municipales para subvenir los gastos indispensables de su gobierno local. A la vez, que los pueblos gemían en esta miseria sin poder dar un paso por la vía del progreso, a causa de su propia escasez la orgullosa Buenos Aires botaba ingentes sumas en embellecer sus paseos públicos, en construir teatros, en erigir estatuas y en elementos de puro lujo”.

Leído en La Tecl@ Eñe