Por Magda Tagtachian

“Open the borders”, abran las fronteras, exigen los carteles que sostienen con ojos desesperados cientos, miles de refugiados sirios, afganos, paquistaníes y kurdos que vienen de burlar a la muerte. Ruegan una oportunidad. Son las caras, las historias de vida, que fotografió el argentino Matías Quirno Costa que visitó recientemente varios campos de refugiados en Grecia. Antes que eso, Quirno Costa trabajó codo a codo con los rescatistas en la Isla de Lesbos (también Grecia), mientras recibían a las familias que acababan de atravesar el Mar Egeo.

“Ya estamos muertos. Aunque nos cierren las fronteras para entrar a Europa, lo único que nos queda es huir de nuestras tierras para intentar salvarnos”, es lo que escuchaba Quirno Costa entre los migrantes y los gritos de las madres para proteger a sus hijos.

Instalado hace décadas en San Martín de los Andes, el fotógrafo se ocupa de que este drama no quede congelado en una imagen. Fundó “Prensa y Acción Humanitaria” (facebook.com/prensayaccionhumanitaria), desde donde convoca a dar una mano. “Por las pésimas condiciones de alimentación e higiene en los campos, muchos nenes bajaron dramáticamente de peso”, explica Quirno Costa. En el campo de Idomeni, en el límite fronterizo con Macedonia, un campo ya desmantelado pero que llegó a albergar a unas 14 mil personas, conoció a Nezar, un campesino de 30 años, casado y con tres nenas. El día que Nour, la hija mayor, empezaba primer grado, una bomba destruyó su escuela en Idlib, noreste de Siria. El proyectil hirió seriamente a la niña en la cabeza. Tuvo suerte. Esa mañana, muchos de sus compañeros murieron por las esquirlas.

A las pocas semanas, otra explosión derribó la casa de Nezar. A las pocas horas, no le quedó otra que subirse a un taxi con los suyos para alcanzar la frontera con Turquía. Allí pagaron a una mafia para que los embarcara en un gomón rumbo a Grecia junto a dos hermanos de Nezar, su esposa, sus tres hijas y sus padres. En el agua, una patrulla turca los detuvo. Los devolvió a la costa. Pasaron una noche encerrados en una oficina. Cuando a la mañana los soltaron, volvieron a arreglar con la mafia turca para que los cruzara en el bote.

Pero esta vez el dinero no alcanzó para “pagar” el viaje de todos. Nezar debió despedirse de sus padres y de su hermano que retornaron a Siria.

Después de pasar una noche en la oscuridad y la incertidumbre del mar, y luego de que el motor del bote se plantara definitivamente, los rescató un barco que los llevó hasta Lesbos, desde donde los trasladaron a Idomeni.

El 20 de marzo, luego de un pacto que la Unión Europea firmara con Turquía, Grecia cerró las fronteras para que los refugiados arribados luego de esa fecha pudieran ingresar al resto de Europa. Y la vida de esta gente quedó suspendida. Detenida como en las fotografías de Quirno Costa.

“Estas familias no pueden seguir su camino ni regresar a su lugar de origen ni quedarse en Turquía. Las hijas de Nezar (seis, cuatro y dos años) bajaron de cuatro a ocho kilos en seis meses.

No tienen dinero ni posibilidad de trabajar”, destaca Quirno Costa, que también fue docente. El fotógrafo supo que luego de Idomeni, a Nezar y los suyos los reubicaron en Sindos, otro de los campos, en las afueras de Tesalónica. Y más tarde, con ayuda de un amigo, lograron acomodarse en un pequeño departamento fuera del campo.

“Pero no tienen forma de subsistir. Nadie les da trabajo y no hablan el idioma. Siguen aislados. Desde Argentina, organizamos una colecta para que puedan comprar comida y artículos de limpieza”, detalla el fotógrafo. “Además, el ocio, el encierro y la falta de horizontes, a la corta o a la larga, generan malestar.

Es un tema que debemos resolver”, puntualiza y destaca: “Tienen nada y te ofrecen todo. Un té. Una sonrisa. Una charla. Se aferran al celular porque es su única forma de pedir ayuda y de mantener contacto con la familia que dejaron atrás”. El “reportero nómade” viene de participar de una muestra por el tema refugiados en Chos Malal, norte de Neuquén. Hace una pausa y rescata otra de las historias que guarda en su cámara.

Repasa la vida de Ilaf, una adolescente iraquí que sueña con ser médica: “La conocí en Idomeni, donde vivía con su mamá y con su hermana. Su papá se había quedado en Irak y su hermano había podido llegar antes a Alemania. Ilaf habla perfecto inglés y le traducía a los médicos y a los enfermeros para que pudieran atender mejor a los heridos. Al despedirme, me confesó que no creía que Europa la fuera a recibir. Me dijo que seguramente terminaría otra vez en su país, bajo las bombas. Sueño que un día me llegue un Whatsapp suyo y me cuente que por fin entró a Alemania”.

Insistir. Esperar. Insistir. Esperar. Es el círculo de desesperanza del refugiado. Quirno Costa refuerza: “Necesitan ser escuchados, visibilizar su drama y que los líderes del mundo ablanden sus corazones.

Por provenir de zonas de conflicto, muchas veces son estigmatizados. En los campos no hay terroristas sino familias comunes, como la de cualquiera de nosotros. Lo único que buscan es poder vivir en paz”.

 

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