Por Adrián Fernández. 

La piel aún está lacerada pero el triunfo de Donald Trump ya deja algunas cosas en limpio en medio de tanto aire putrefacto. Lo dicho en la campaña, lo que espantó al mundo y mostró al entonces candidato republicano en su expresión más abyecta, ya no es noticia. Ganó aquel Trump del muro contra los inmigrantes, de la misoginia, del racismo, de la expulsión de los latinos, de las armas libres para todos los estadounidenses. También ganó la Presidencia de Estados Unidos, hay que decirlo, el que menos mintió, el menos hipócrita.

Pero hay algo más importante que encierra el hombre que reemplazará a Barack Obama: ganó el outsider, el periférico, el emergente de un sistema político imperialista que cambia de partido político cada cuatro u ocho años pero que nunca patea el tablero. Aquí reside la verdadera dimensión del espanto que este triunfo genera en el establishment global. Trump le ganó a su propio partido Republicano y al poder que encierra su estructura. Es cierto, Trump no gana “por izquierda” dentro de la derecha más recalcitrante pero gana muy a pesar de esa estructura partidaria. Trump primero conquistó a los más reaccionarios, al Tea Party (lo más conservador entre los conservadores, los más blancos entre los blancos). Les dijo “yo soy quien hablará por ustedes”. Y luego fue contra el propio partido Republicano (que, como se recordará llegó a tener una docena de precandidatos, uno más reaccionario que el otro). Más tarde arrastró a Hillary Clinton al terreno electoral más sucio del que se tenga memoria: reproches personales y asuntos de su vida privada. Por último cargó contra la ex primera dama en el punto que más duele a la cultura imperialista: Hillary Clinton, en su rol de secretaria de Estado de Obama, es la máxima responsable de las derrotas militares estadounidenses en los últimos años (la retirada y luego el regreso a Irak, el fracaso en Afganistán, el “triunfo” fugaz en una Libia arrasada (lo de “triunfo” hace referencia al instante de placer que expresó una Clinton sonriente cuando Muammar Khadafi fue asesinado a golpes y piedrazos). Y finalmente, Siria. La República árabe es hoy, a los ojos del mundo y para los intereses imperialistas, la mayor vergüenza de Washington. “No tiene sentido embarcarnos en guerras que luego vamos a perder”, repitió Trump varias veces en la campaña.

Está probado que la CIA de Obama y Clinton proveyó las armas que alimentaron a decenas de grupos de mercenarios de los que luego se nutrió el llamado terrorismo islamista. El Estado Islámico (Isis) es hijo directo de aquellas políticas, como el propio Trump se encargó de ventilar. Hay algo peor que eso: aunque el Isis esté a punto de desaparecer como tal (es cuestión de meses, no mucho más), la errática acción de Obama-Clinton para Medio Oriente no sólo deja un terreno muy poco propicio para los intereses de Estados Unidos sino que además deberá compartir ese “triunfo contra el terrorismo” nada menos que con Rusia. Estados Unidos perdió con Rusia la guerra en Medio Oriente, como le espetó en la cara Trump a los demócratas. Nada más doloroso a los intereses de Washington. Trump lo sabe y por eso aplicó el golpe de gracia cuando dijo públicamente que el presidente ruso Vladimir Putin es más líder político que Obama.

 

Rupturas

 

Estas líneas no intentan analizar con escasos elementos las razones del triunfo de Trump. Mucho menos hay datos para mensurar qué cosas incidieron dentro de Estados Unidos para convencer al votante del presidente electo. Pero sí intenta una primera aproximación al perfil de quien se impuso en estos comicios históricos. Es inexacto alinear este triunfo electoral de Trump con otros posicionamientos de la derecha en el continente. Basta ver que la derecha latinoamericana estaba alineada mayormente a Clinton, una mujer “de sistema” que tan cómodo calza a los sectores del poder de nuestra región. Si hay algo a lo que nos obliga el triunfo de Trump es a evitar hacer una lectura lineal de la política internacional.

Esta elección no era de buenos contra malos, no era la guerra contra la paz ni los blancos contra los negros y latinos. Trump nos obliga a romper esa lógica a la que nos llevó el propio poder imperialista con sus listas de naciones terroristas, con el eje del mal, con sus enseñanzas democráticas, sus mentiras sobre los derechos humanos y sus coaliciones militares libertadoras.

Suena antipático (lejos está este espacio de reivindicar la figura del presidente electo y mucho menos elogiar sus dudosas aptitudes), pero el triunfo de Trump le vendrá muy bien al mundo, en el sentido más cruel. Trump nos recuerda que la humanidad transita uno de los mayores picos de racismo, xenofobia e individualismo de su historia; Trump dice cosas que muchos piensan para sus adentros pero que luego en público se horrorizan; Trump es emergente de una gran descomposición social tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Pero Trump también dice que su país no puede seguir invadiendo y armado guerras en cualquier lado con el argumento de “defenderse”. En esta campaña Clinton habló de los derechos de los inmigrantes (Obama no hizo mucho a respecto) y habló de inclusión con el mismo tono de voz con el que autoriza bombardeos que matan a miles de inocentes en apenas unos días. No se puede pugnar por un mundo en paz haciendo la guerra; no se puede lamentar la pobreza ayudando al sistema financiero internacional; no se puede hablar de tragedia humanitaria en Venezuela con 40 millones de pobres en territorio propio; no se puede acusar a México de narcotraficante desde un país que es el mayor consumidor de drogas del planeta y donde en 15 años se cuadruplicaron las muertes por sobredosis. El triunfo de Trump es, en cierta forma, un proceso de sinceramiento de la mayor potencia del planeta