Por María Beatriz Gentile (*)

A mediados del siglo XIX, cuando nadie podía asegurar cuáles serían los límites del colonialismo europeo, Rosas puso esos límites en la Vuelta de Obligado. Seguramente fue ésta la razón por la que José de San Martín le legó su sable y no otra.

El 20 de noviembre de 1845 las tropas de Juan Manuel de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota anglo francesa por el río Paraná. En la “Vuelta de Obligado” se terminó de definir un conflicto agitado por el lobby de comerciantes e industriales de Liverpool y Manchester, cuya presión permanentemente sobre la política del Foreign Office buscaba definir a su favor y exclusividad los mercados de la cuenca del Plata.

Es sabido que la batalla militar se perdió a pesar de las famosas cadenas de Mansilla. El bloqueo comercial se mantuvo hasta 1848 y cuando se reconoció que los mercados de la zona no eran tan atractivos y que los jefes políticos antirosistas no estaban dispuestos a colaborar con los invasores, la Confederación logró el reconocimiento soberano sobre la navegación de los ríos interiores.

Criticar al revisionismo histórico por sobredimensionar este episodio como una “epopeya” del rosismo en defensa de la Nación Argentina, es fácil. En particular porque si se mira la política interna, difícilmente se podría pensar que el hacendado más poderoso de la provincia más rica no se resistiría –en tiempos de libre cambio- a que los puertos competidores al de Buenos Aires como eran los de Corrientes y Entre Ríos, obtuvieran la posibilidad de comerciar sin intermediarios.

Sin embargo este único argumento no alcanza para que los antirevisionistas –que suelen vestirse de ropaje académico y les niegan esa condición a sus contrincantes- se desentiendan de realizar una lectura más amplia. La pulsión emocional por denigrar la imagen de Rosas es proporcional a la de aquellos por engrandecer su figura.

Cuando las tropas británicas se retiraron, Rosas saludó con un “No somos ni India ni Argelia” yla referencia parece haber sido más que acertada.

En tiempos de desarrollo capitalista y creación de una economía global, la presión por la búsqueda de mercados se convirtió en poco tiempo en una política de expansión y dominio territorial. Inglaterra y Francia consolidaron por esos años su poder económico y político en las zonas del Pacífico, Asia, Africa e India.

En el caso de esta última dominada primero por la Compañía de Indias Orientales Inglesa, fue anexada como colonia en 1858. Al tiempo en China, con las “guerras del opio” – 1839 y 1856 ésta segunda en alianza con Francia- se forzó la apertura de varios puertos al comercio exterior y Hong Kong fue incorporada al dominio de la corona británica.

Francia por su parte anexó Argelia en 1830. Su interés en América Latina por esos años tenía, entre otros, dos puntos de referencia: el comercio del Plata y México. En el caso del primero sus comerciantes asentados en Montevideo aspiraban a romper el monopolio de Buenos Aires de allí la conspiración contra la hegemonía rosista y el reclamo por el uso de la fuerza militar. En cuanto al segundo y con mayor compromiso, la injerencia en los asuntos económicos y políticos internos de México llevó a Francia a invadir el territorio en dos oportunidades 1838 y 1861.

Para el historiador inglés David Rock las aventuras imperialistas de esta época fueron resultado de la presión de los agentes comerciales privados y muchas de ellas resultaron un “fiasco”como la de 1845 en el Río de La Plata.

¿Qué fue la Vuelta de Obligado? Primero deberíamos evitar pensar en términos de una “Nación Argentina” que para mediados del siglo XIX no estaba conformada y en la que la hegemonía de Buenos Aires era discutida por el resto de los Estados provinciales. En segundo lugar, podríamos coincidir con Tulio Halperin Donghi -un historiador al que no se podría tildar de revisionista o cosa por el estilo- en aquello de que sin cuestionar los vínculos económicos con Gran Bretaña, Rosas defendió eficazmente la independencia política de la región en la época de la “política de las cañoneras”. Y cuando nadie podía asegurar cuáles serían los límites del colonialismo europeo, Rosas puso esos límites. Seguramente fue ésta la razón por la que José de San Martín le legó su sable y no otra.

Fuente: Va con Firma

 

(*) Historiadora. Decana de la Facultad de Humanidades de La Universidad Nacional del Comahue.

Ex delegada de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.