Ricardo Ragendorfer aborda en esta nota y desde una perspectiva histórica, los componentes xenófobos presentes en medios de comunicación y sectores políticos e intelectuales. La criminalización de la pobreza y el ordenamiento social desde los preceptos positivistas de Orden y Progreso, preceden y le dan continuidad a las recientes declaraciones del senador Pichetto.
Por Ricardo Ragendorfer*
(para La Tecl@ Eñe)
Ya a fines del siglo XIX, la incipiente clientela del Código Penal desvelaba al espíritu público. Tanto es así que, en 1892, el diario Tribuna supo editorializar el asunto de una manera que opaca a los actuales reclamos de seguridad. He aquí un párrafo de ese texto: “Los que viven de lo ajeno se multiplican a ojos vista y es necesario poner valla a tal crecimiento dañino. A la justicia hay que pedirle que sea más severa con estos delincuentes que, en gran parte, no hacen más que entrar y salir de la cárcel, sin propósito de enmienda”.
Lo cierto es que en aquella época el aumento de los índices del delito derivó, además, en una lectura xenófoba de la cuestión. Así –por ejemplo– pensaba Miguel Cané, uno de los impulsores de la Ley de Residencia, que propiciaba la deportación de extranjeros díscolos. No menos inflexible fue la postura del diputado Lucas Ayarragaray, quien en la sesión parlamentaria del 27 de marzo de 1910 entretuvo a los presentes con el siguiente concepto: “Este país, que en su población ya tiene elementos étnicos inferiores, debe precaverse trayendo elementos de orden superior. Por eso es muy necesario seleccionar la corriente inmigratoria para incorporar elementos sanos, y poder tener una raza futura bien construida”.
Ocurre que por entonces la preocupación por el delito supo entrelazarse con el miedo a lo desconocido y la aprensión a los cambios de la modernidad. De hecho, Buenos Aires fue en ese sentido un gigantesco laboratorio. En la Gran Aldea que se asomaba al siglo XX con formas graduales de metrópoli, dichos elementos abundaban: la inmigración, junto con el correspondiente aumento demográfico y sus consecuencias babélicas, alentó ciertos atavismos. Los más recurrentes: el debilitamiento de los valores religiosos, la desintegración de la familia y la caída en picada de la moralidad sexual. De allí –siempre según aquellas creencias–, el peligro de una sociedad sometida por el crimen estaba a un solo paso.
Desde entonces, ha transcurrido más de un siglo. Pero ese anhelo punitivo y segregacionista aún chapotea en el barro del presente. Prueba de ello es la casi kafkiana reforma al régimen de excarcelaciones –aprobada por la Cámara Baja el 23 de noviembre, en base a un proyecto del Frente Renovador y la alianza UCR-Cambiemos– y el reciente pronunciamiento racista del senador del PJ, Miguel Ángel Pichetto, avalado por el gobierno con la creación de una cárcel para “indocumentados” en vías de deportación.
Esos hechos son solo una muestra –entre otras calamidades– de la pobreza intelectual que en la actualidad hacen gala los más destacados referentes de la derecha conservadora.
El propio Pichetto es un gran ejemplo de ello; al respecto, fue memorable la vez que, al abordar desde su banca –en 2013– el tema del atentado a la AMIA, se despachó con que eso “le costó la vida a argentinos-judíos y a argentinos-argentinos”. Claro que no le va a la zaga el ministro de Educación, Esteban Bullrich, quien en un acto de la Unión Industrial Argentina se describió como una especie de “gerente de Recursos Humanos”, para agregar: “Con una buena educación, tendremos las mejores empresas del mundo”. Tampoco desentona en semejante legión de burros el ministro de Energía, Juan José Aranguren, que suele atribuir los yerros de su gestión al hecho de estar “aprendiendo”. Ni que hablar de la vicepresidenta Gabriela Michetti, en cuyos penosos intentos de conducir las sesiones del Senado se trasluce que desconoce su reglamento. ¿Y qué decir de Mauricio Macri? Ocurre que –pese a los titánicos esfuerzos del gurú de su imagen, Jaime Durán Barba– el primer mandatario ya es famoso por cometer errores ortográficos hasta cuando habla.
En tal sentido, resulta notable que sus más remotos antepasados ideológicos hayan sido –en el aspecto cultural– exactamente lo contrario.
En la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, tipos como Durán Barba hubiesen tenido que buscar otro trabajo. Y en eso existe una razón de peso: la elite política, que a partir de 1862 organizó desde la base el Estado nacional a imagen y semejanza de la clase dominante, también supo construir el corpus teórico de su proyecto, aunque éste tuviera aristas aberrantes, como la Guerra de la Triple Alianza –que provocó el exterminio de la población masculina del Paraguay– o la Conquista del Desierto, sobre cuya naturaleza criminal no hay mucho que agregar.
Sus hacedores fueron hombres ilustrados, como Bartolomé Mitre, quien no solo fundó –el 4 de enero de 1870– el diario La Nación, sino que su Historia de Belgrano (1887) y los tres tomos de la Historia de San Martín (1890) son considerados nada menos que las obras pioneras de la historiografía liberal.
Pero si alguien tuvo una influencia decisiva en la organización del nuevo país, ese no fue otro que Sarmiento, puesto que en la polémica sobre la civilización frente a la barbarie –planteada por él en su obra Facundo (1845) – se forjó el modelo de nación acuñado por el sector que en 1880 condujo a la presidencia al general Julio A. Roca.
Aquella camada –conocida como la Generación del ’80- tuvo hombres que en una misma vida fueron escritores, políticos, militares y funcionarios. En lo social, abogaron con interesado fervor por el positivismo, bajo el lema “Orden y Progreso”. Lo primero no era sino un eufemismo referido a las condiciones de calma que -en pleno auge inmigratorio- debía imperar entre las clases bajas para así garantizar lo segundo: la concentración de la riqueza.
Reflejo de ello fue la ya nombrada ley inmigratoria de Miguel Cané (el autor de Juvenilia). Y no menos polémica era la opinión de Eduardo Wilde (el autor de Viajes y observaciones por mares y tierras) sobre el sufragio universal: “Es el triunfo de la ignorancia colectiva”, fueron sus exactas palabras. Entre los grandes animadores de aquella corriente se destacaron, además de Joaquín V. González (gobernador de La Rioja, senador y autor del libro La revolución de la independencia argentina), Eugenio Cambaceres (diputado nacional y autor de En la sangre) y Lucio V. Mansilla (diplomático y autor de Una excursión a los indios ranqueles). La etapa política dominada por la Generación del ’80 se extendió hasta 1916, al vencer Hipólito Yrigoyen en las elecciones de ese año.
El paso de esos hombres por la Historia dejaría una pequeña anécdota que los pinta por entero. En una tarde otoñal de 1890, Mansilla visitó a Mitre en su casona de la calle San Martín al 300, y éste lo recibió con un anuncio:
–Lucio, acabo de traducir La divina comedia”.
La respuesta del recién llegado fue:
– ¡Muy bien, don Bartolo, hay que joder a esos gringos!
Quizás, 12 décadas y media después, la llegada de un tipejo como Macri a la Presidencia del país haya sido una tardía venganza por esa traducción.
*Periodista y escritor. Su último libro publicado es “Los doblados”, Editorial Penguin Random House Grupo/Sudamericana, 2016