Por Eduardo Aliverti

 

Vamos a empezar por una confesión personal. No puedo sacarme de la cabeza que se murió exactamente a los sesenta años de que el Granma saliera de México rumbo a Cuba con sus 82 expedicionarios. Había dicho “Si salgo llego, si llego entro, si entro triunfo”. Es muy impactante lo que está ocurriendo, al menos en los medios de aquí, y lo que seguirá ocurriendo durante varios días. En los portales, en la televisión, en las redes –por supuesto que apartando las cloacas de esos seres chiquitos, que encuentran allí la descarga de su mediocridad y su ignorancia– está el propio peso de la noticia pero se huele respeto en las frases y en los títulos. También se nos ocurre que hay dos razones, más allá que la muerte siempre genera reivindicación: Fidel ya era un mito viviente y dentro de ese mito había, entre otros, como dos desprendimientos. Uno era “Y en eso llegó Fidel”, en alusión a cuando aparecía, sobre todo de sorpresa, en algún lugar y resolvía todo Y el otro: “¿Qué pasa cuando muera Fidel?”. En realidad, Fidel ya no estaba en funciones ejecutivas desde hacía diez años aunque su lucidez intacta nos regaló esos escritos sobre el enemigo de siempre, sobre las amenazas planetarias, un tema que lo obsesionaba en los últimos años. Su desaparición física ha debido ser la cosa menos asimilada de este mundo, es como si por fin hubiera querido corroborarse que alguien puede ser inmortal. Volviendo a lo del Granma a uno le hace decir esto es lo único que le faltaba a este tipo, morirse en el aniversario sesenta.
Hace unos meses cuando Fidel cumplió 90 años recordábamos un pasaje de ese film fenomenal de la televisión cubana “Cuando pienso en el Che”. Se basa en una nota que le hace a Fidel en el 87, el periodista italiano Gianni Miná, una entrevista a lo Fidel de cuatro horas y cuando le pregunta “¿En qué piensa usted cuando piensa en el Che?”. Fidel le contesta como cuatro horas, de esas se extrajeron unos 48 minutos y sobre esa respuesta se montó ese trabajo. En algún momento le pregunta si acaso era cierto que ellos no apoyaron lo del Che en Bolivia. Fidel lo desmiente y alude a lo que les pasó a ellos, porque lo del Che salió mal y  lo de ellos salió perfecto. Fidel dice “cuando salimos con el Granma no sabíamos el destino que nos aguardaba pero aún si nos hubiera ido mal, no estábamos equivocados. El éxito o fracaso de una misión no determina su justeza”.
Se me ocurrió rememorarla en función de la fuerza de las convicciones inquebrantables. Y lo ligo con la segunda razón del tipo de impacto que está provocando la muerte de Fidel, porque hasta el último enemigo, hasta el último gusano, hasta el más recalcitrante de los reaccionarios, sabe que el muerto vive, porque como sucedió con el Che y como sucede con Fidel, decir Fidel a secas es el indicador ecuménico de la lucha contra la injusticia y por la dignidad. A quién podría ocurrírsele no sentir admiración fuera de lo ideológico –o dentro y fuera– por quien produjo la epopeya de sostener la entereza de una isla de 110 mil kilómetros cuadrados a 110 millas del imperio más poderoso de la historia. Una isla que a no ser por él y los suyos, sería Haití, como referencia de la cercanía geográfica, de la injusticia y la miseria. Todos, los unos y los otros, somos hoy conscientes de que murió el último grande. Visto desde el enemigo, los va a seguir jodiendo desde la tumba por los tiempos de los tiempos y visto desde este palo, seguirá conduciendo todo espíritu dispuesto a cambiar las cosas. Murió la contraseña universal de la rebeldía. Por eso es inmortal.