por Eduardo Aliverti –

¿Es raro que a esta altura esté hablándose de un gobierno con serias y crecientes dificultades, en lugar de uno que supo aprovechar la dispersión y el colaboracionismo opositor? ¿Hubo imprevistos como condición central para que fuera así, o no había forma de que los cálculos salieran bien?

Al observarse –sin especial énfasis– las grandes líneas de lo que implicaba y continúa encarnando una administración de este tipo, es ilógico pensar primordiales a respuestas como la caída persistente de nuestro socio principal, Brasil; la amenaza “nacionalista” surgida con el triunfo de Donald Trump, como si el derrotero de los Estados Unidos fuese clave para la economía argentina; o la demora en la llegada de inversiones producto de un mundo más financierizado que productivo, como si eso no estuviera claro desde hace largo tiempo y como si la fantasía inversora pudiera dar resultados de apreciación inmediata. En cuanto a la pesada herencia recibida, al margen de ser un cliché de cualquier gobierno, es algo gracioso el cinismo de quienes endilgan al PRO no haberla revelado en toda su dimensión. Y es que el sostén hoy decisivo de la gestión macrista pasa por que lo vertebral de esa herencia, consistente en haber recibido un país desendeudado, es lo que le permite ingresar dólares de préstamos especulativos capaces de sostener el déficit generado por este Gobierno, no por el anterior. En ese punto es propicio detenerse muy brevemente, a propósito de cómo podían salir los cálculos que sacaron. Si, a trazo grueso, hay el tremendo boquete creado en las arcas estatales gracias a devaluación y quita de retenciones; y por el otro lado se planchó el consumo por vía inflacionaria, afectando el poder adquisitivo y la capacidad recaudadora, ¿de dónde esperaban cubrir el agujero y, mucho más, de dónde dinamizar la economía? La contestación política, también gruesa, es que de la inacción o expectativas favorables de los ajustados. Pero la económica no tiene sustento técnico posible, a menos que de veras guardaran esperanzas, asentadas en no se sabe cuál experiencia histórica, respecto de una vocación patriótica del gran empresariado. O sea, de ellos mismos.

La paradoja, así, radica en que el macrismo debiera en realidad prenderle una vela diaria de gratitud a la herencia kirchnerista, debido a que el margen de desendeudamiento y acumulación forjado en esos doce años es causa de que este desbarajuste pueda todavía ser manejable. Ésa, quizás, es la explicación, o una de ellas, de por qué esta derecha resolvió asumir el compromiso de disponerse a gobernar, siendo que denunció provenir de una catástrofe. El problema es que, puestos a hacer eso, a gobernar, no basta con las intenciones de favorecer a la clase que representan. Se requiere no ser unos improvisados en el arte de conducir intereses contrapuestos del bloque propio. Exactamente eso es lo que –si se quiere acordándose un poco tarde– le reclaman hoy al Gobierno todas las franjas del establishment con excepción del agro festejante en plenitud. Si acaso está claro que hay un esquema conservador clásico, colonial, primarizador de la economía, lo está más aún que ese modelo no tiene un programa técnicamente solvente. O peor: que rigen varios a la par. Lo dicho se expresa, entre otros varios aspectos, en la desvencijada promesa de eliminar Ganancias a los trabajadores, traducida en un proyecto oficial que es réplica de apuro a la ventaja demagógica sacada con habilidad por Sergio Massa. ¿Cómo se cubriría el aumentado y autoproducido bache fiscal, y cómo se compensaría a las provincias que coparticipan en proporción enorme con la recaudación de ese impuesto? Del mismo modo, en las últimas horas se conoció, oficiosamente, que el Gobierno volvió a paralizar la obra pública, con el objetivo estrictamente presupuestario de no seguir juntando desequilibrios.

Quien firma desea subrayar lo expresado en su columna previa a ésta, visto el ¿desconcierto? reforzado del Gobierno frente a los números, propios, que enseñan una economía sin signo alguno de recuperación y con la apuesta en el día a día. Es el caso de descansar en que el acuerdo con CGT y movimientos sociales dispense un fin de año sin efervescencias traumáticas,  por la plata extra que se inyectará en el circuito de consumo coyuntural. Después, cabe suponer, vendrá una temporada veraniega estimada como cauta por los empresarios más exageradamente optimistas del sector turístico, y el hecho natural de que en el estío no hay mucho espacio para estorbos de peso. Pero en Casa Rosada comienzan a mirar de reojo un marzo de conflictos docentes al por mayor, el impacto de una canasta escolar cerca de las nubes, el otro tanto en las tarifas de servicios públicos para las pymes y el comienzo de la carrera electiva, que endurecerá las posturas de opositores reales y opo-oficialistas. Para entonces, si es que no está produciéndose ahora mismo, la excusa de la herencia recibida se habrá quedado casi definitivamente sin aire. Las lunas de miel son cosa de un tiempito, valga como siempre lo elemental del amor y de la política. Más tarde, se requiere administrar no ya el fuego de los comienzos sino la confianza del convivir. Podrá sonar a psicología de entrecasa pero, como se sabe, que un lugar sea común no quiere decir que resulte incorrecto. Macri debería reflexionar sobre eso en sus sesiones de armonización budista. Las internas de Cambiemos están a la orden del día, a la luz pública, en cuanto a lo gubernativo propiamente dicho por el enfrentamiento entre halcones y palomas del ajuste. Y, sobre todo, en lo relacionado a cómo regular los intereses y estrujes de las diferentes fracciones del bloque dominante. Industriales por aquí, complejo agroexportador por allá, sección financiera y financierista más aquí o más allá, coinciden en su apoyo político al Gobierno pero a la hora de los bifes son, justamente, más unas tribus de capital diversificado que un conjunto homogéneo. Requieren dirección y es entonces cuando vale que, si en su momento fue cierto el haber minimizado a la coalición neoliberal, y a sus tácticas de marketing y trabajo en las redes, ahora podría serlo que se sobreestimó su aptitud de gobernar. Como también decíamos hace una semana, es lo blanqueado por el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, al advertir que Cambiemos nunca residió en una fuerza orgánica, en su sentido de partido político, sino en una mera componenda electoral.

Un dato simbólico de escaso rebote y fuerte significado sirve para reflejar el desorden de la coalición gobernante, en torno de que  tampoco acierta en estructurar un discurso populista de derechas. El miércoles pasado, el Senado convirtió en ley la expropiación del Hotel Bauen. Los trabajadores de la cooperativa que lo recuperaron son un emblema. Mantuvieron el emprendimiento contra viento y marea, desde comienzos de siglo, tras que la patronal se borrara olímpicamente luego de no pagar el crédito concedido por la dictadura. La ley fue redactada en base al proyecto de Carlos Heller, y declara de utilidad pública los inmuebles y todas las instalaciones del hotel para cederlo, en comodato, a su personal. En el Bauen trabajan unas 130 personas que ahora, como si fuera poco con las peripecias que debieron afrontar hasta esta victoria parlamentaria, son amenazadas con el veto presidencial. En la sesión, el senador Federico Pinedo justificó su voto negativo planteando que “dar una fortuna de plata a unos pocos señores es algo que nosotros no vamos a aceptar”. Con algo de buena voluntad y al provenir de un conservador de alcurnia, quien suele hacer gala de caballerosidad, autocrítica, picardía, acidez, la frase podría ser tomada como un rasgo de humor british respecto de sí mismos. Nada de eso, esta vez, porque su sentencia se dio durante la formalidad de un debate legislativo. Y, sobre llovido mojado, dijo lo que dijo en simultáneo con la flexibilización del blanqueo para familiares de los funcionarios. Con el simple expediente de un decreto cuya constitucionalidad es puesta en duda hasta en la tropa adicta,  al ir a contramano de lo sancionado por el Congreso, quienes venían a salvar la República corrigen una ley y otorgan esa ventaja. Un beneficio del que es improbable no otear favores para la familia presidencial. Aquello de Mauricio es Macri, sin más vueltas. Pinedo, en nombre de un gobierno de, por y para los ricos, dijo al cabo que no piensan favorecer a laburantes, y ni siquiera a unos pocos más de cien y sus familias, porque no es de ellos desde donde la copa derramará hacia abajo.

Vaya complicación, cuando viene ocurriendo que la Alianza gobernante no sabe o no puede conducir exitosamente a sus privilegiados. Sí para que especulen. No para que inviertan ni desarrollen nada.