por Martín Rodríguez –

Hace unos días fue invitado al programa “Odisea argentina” un historiador para presentar un libro que, en resumidas cuentas, despotricaba contra la tradición argentina de construir próceres, padres de la patria, populismo desde la cuna. Con el correr de la charla quedó claro que ese “infantilismo” fijaba una tradición latinoamericana, “no como en Estados Unidos que celebran siete padres de la nación, empezando por Washington, bla, bla”. La referencia moral y textual del libro se centra en la figura de Juan Bautista Alberdi y su obra “Grandes y pequeños hombres del Plata”, un coloso ensayo contra la historia mitrista con sus “Vida de San Martín”, “Vida de Belgrano”, etc., la monumentalización de nuestros próceres.

Tomar esa parte (ese libro) por el todo complejo que significa el pensamiento de Alberdi se comprime para forzar en la mirada histórica la supuesta naturaleza de un pueblo (“el pueblo argentino”) que sólo habría buscado “padres” en su historia (sean San Martín, Perón o Kirchner, no importa el contexto, no importa el siglo, porque el pueblo es un “niño eterno”). Palabras más, palabras menos, lo que quedó expuesto fue el sentido común de un liberalismo de cursos en club houses donde el problema de la Argentina son los argentinos. Los argentinos y sus vicios, sus atajos, sus inmadureces, y así hasta deducir incluso: sus pretensiones de igualdad y consumo. ¿Qué es la ideología? Muchas veces aquello que no sabemos que pensamos.

Alberdi, a quien Sarmiento le reprochó haberse subido al tren de la victoria de Urquiza, es decir, le reprochó el riesgo de engendrar un nuevo caudillo para voltear otro (Rosas), es esterilizado como un aforista argentino que pretendió imponer una historia en minúscula de anónimos ingenieros y constructores de puentes y puertos antes que la del típico militar y caudillo que resumía tiempos históricos como… ¿Urquiza? Digamos a favor Alberdi: fue un intelectual “complejo”, mentor de una “República posible”, tan preocupado por el orden que hasta de joven pretendió escribirle una Constitución a Rosas. Hay algo en la difícil “síntesis” de Alberdi que astutamente intuyó Menem, apropiándoselo para su sincretismo cultural: el neoliberalismo plebeyo. Menem era una luz.

La pregunta ante este tipo de juicios de valor esencialistas que aún se puede leer en las páginas jurásicas del diario La Nación, donde el pueblo vendría a ser una entidad sin Historia, un sujeto inmaduro que busca su padre, puede ser: ¿qué tiene de bueno la Argentina entonces? En el mapa de esta mentalidad liberal silvestre, la Argentina parece una máquina de producir imágenes de una naturaleza envidiable (cataratas, pampa húmeda, glaciares, ríos, el Atlántico, la “ruta azul”, los Andes, el Delta del Paraná, las sierras, los cuatro climas, ¡las cuatro estaciones de Piazzolla!) pero sin gente. Sin carne y hueso. Tenemos todo para ser Australia o Canadá, ¿y qué nos falta? Los canadienses o australianos. ¿Y qué nos sobra? Los argentinos.

Esto está hoy, aquí y ahora, como cantaba Robert Zimmerman, “soplando en el viento”. Es la melodía de baja intensidad de un gobierno que relata en voz baja. El gobierno de Cambiemos, el gobierno del “sujeto emprendedor”, elige la fauna silvestre para intercambiar como imagen de los billetes antes que las figuras de los próceres, y ese gesto (que es tal vez su gesto de mayor densidad simbólica, ese gesto de vaciar el bronce, de no enfrentar “sus próceres”, su Frondizi, Illia, Alvear, el que quieran, al que tienen derecho, ganaron con la mayoría!) hace sistema con este psicologismo historiográfico (?) según el cual la razón del “fracaso argentino” se halla en la profundidad oscura, inmoral e infantil del corazón de los argentinos, lo cual siempre puede ser la antesala de la explicación del propio y “nuevo” fracaso liberal: no falló el “proyecto” sino los argentinos.

La prédica presidencial contra el “costo laboral” + la campaña incesante que asocia corrupción a peronismo tiene como costura final que todo padecimiento es merecido, cita obligada para el progreso. Porque es una Argentina de pícaros, de atajos, de planes, de caja.

Ahora bien, en cuanto uno conoce la intimidad de “esa clase”, de “la clase”, de la burguesía argentina a la que gobierno tras gobierno le disponen un “blanqueo” a ver si alguna vez, por un rato, es capaz de tener un piso mínimo de cuentas claras, cuando se conoce eso se descubre que entonces estos tampoco se pueden mirar en el espejo de la patria. Para este sector separarse de la Historia, negarla o suprimirla también es una forma de liberarse de “su” Historia. La de una burguesía corta y ramplona, la de del blanqueo, mesa de dinero y moratoria. El rechazo y búsqueda del “gen” argentino es un rechazo a sí mismos.
El problema es el peronismo, el problema son los sindicatos, el problema es descubrir quién mierda nos metió en la cabeza a los argentinos que nos merecíamos más de lo que nos merecemos. ¿Yrigoyen con su “voto universal”? ¿Perón con la dignidad obrera? ¿Menem con su desmesura consumista? ¿Kirchner con su asignación por hijo? ¿Los siete días de Rodríguez Saa? ¿Robertito Lavagna? Así, los políticos vendrían a ser la punta del iceberg de un pueblo que no conoció su merecido: la paciencia, el sacrificio, la madurez. Valores que se desprenden ante los ojos de cualquiera que con honestidad recorre y mira la Argentina real. Qué cosa que no sea la paciencia, el sacrificio y la madurez hacen que ese 30% de pobres no haga lo mismo que nuestros ricos: ir por todo.

Que tengan un año interesante.

Fuente: La Política Online