Cómo afectarán al país y al mundo los cambios que se avecinan cuando el magnate estadounidense, que tiene en vilo a todas las naciones del globo, asuma hoy al frente de la Casa Blanca.

Todo el mundo espera hoy por la foto que parecía imposible, la de Donald Trump jurando como el presidente N°45 de la historia de los Estados Unidos. Nadie sabe qué esperar de mañana, si su gobierno será tan radical como sus tuits, si cambiará el paradigma de Washington en el universo geopolítico y transformará al país en una fortaleza impenetrable en lo comercial o si, al fin de cuentas, terminará siendo mucho más conservador de lo que su personaje mediático insinuaba.

En definitiva, será la historia quien dirá si el 20 de enero de 2017 quedará como un punto de quiebre para el Norte y el mundo o apenas una fecha de recambio presidencial en Wikipedia pero, por si acaso, todos los países se enlistan para lo que puede venir -algunos con mucho más en juego que otros- y la Argentina no es la excepción.

Henry Kissinger eligió una metáfora para describir a Trump y lo que viene: “No trae equipaje de ningún tipo”. El magnate lo consultó en varias oportunidades, incluso lo visitó en su casa de Nueva York a los diez días de ganar la elección para buscar consejo. No solo se llevó eso: Kathleen Troia McFarland, una de las asistentes del ex Secretario de Estado y veterana de los gobiernos de Richard Nixon, Gerald Ford y Ronald Reagan dejó sus columnas en Fox News para incorporarse a su equipo como número dos del general retirado Mike Flynn, en el Consejo Nacional de Seguridad.

Entrevistado por CNN, Kissinger insistió en no encasillar a Trump antes de tiempo: “Estamos frente a un nuevo presidente que pregunta un montón de cuestiones desconocidas y esa combinación de vacío parcial y planteos novedosos podría dar lugar a algo nuevo y notable. No digo que vaya a ocurrir, solo que puede suceder”
La incógnita no es fácil de despejar con Trump, ni en lo económico ni en lo político.

En lo que atañe al comercio, el Fondo Monetario Internacional advirtió sobre los peligros de una escalada de represalias si el magnate cumple con su promesa de levantar muros por doquier. “Solo traerá destrucción”, profetizó el economista en jefe del organismo, Maurice Obstfeld, y el presidente chino, Xi Jinping, lo acompañó desde el Foro de Davos: “Nadie gana en una guerra comercial”.

Las movidas económicas pueden traer consigo resentimientos políticos, el fin de los vínculos con socios tradicionales y el replanteo del juego político en nuevas alianzas. Si Trump gobierna como tuitea, el mundo será un lugar muy distinto aunque, una vez más, fue Kissinger quien pisó el freno: “No esperen que vaya a hacer todo lo que prometió en campaña”.

Argentina monitorea

“Aún no hay certezas respecto a lo que pueda suceder con el gobierno de Trump, hay que monitorear el efecto sistémico de su eventual modelo neo-desarrollista. La Argentina ha venido cumpliendo con el pago de todas sus cuentas respecto a los EE.UU. y sus empresas ya no tienen restricciones para invertir. Algunas, de hecho, lo están haciendo, como Coca Cola, que comprometió u$s 1000 millones para los próximos cinco años. A ellos les conviene que nos vaya bien porque la elasticidad importaciones/PBI es superior a la de las exportaciones, o sea, que les compramos más si nos va mejor”, explica Enrique Mantilla, el presidente de la Cámara de Exportadores de la República Argentina (CERA).

El gobierno argentino ha hecho sus deberes a la espera de revertir el veto de Washington de 2012 y reincorporarse al Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) mediante las gestiones combinadas del ministerio de Producción y la embajada argentina en los EE.UU., a los que se plegaron representantes del sector privado como la COPAL. Fue el paso complementario a la firma del Memorándum de Entendimiento para el Comercio y las Inversiones durante la visita de Barack Obama al país, en marzo pasado. Si bien recuperar aquel estatus libre de aranceles representa un mercado acotado en relación al total de exportaciones argentinas- u$s200 millones para la Industria de Alimentos y Bebidas-, no deja de ser un incentivo crucial para algunos sectores, en particular de las economías regionales.

En 2015, último año con registro completo, las exportaciones de la Argentina a los EE.UU. representaron el 6% aproximado del total de las ventas al exterior. Durante la última década, las exportaciones se han mantenido estables en torno a los u$s 4500 millones anuales -algunos años más, otros menos, salvo por el pico de 6000 millones en 2008- mientras que las importaciones han crecido en forma exponencial hasta llegar a los 10.800 millones de 2014, según datos del gobiernos de los Estados Unidos. El saldo ha sido deficitario desde 2005 para la Argentina y, en los primeros seis meses registrados de 2016, la tendencia se mantuvo.

Pese a ello, los EE.UU. resiste como tercer socio comercial para el país, luego de Brasil y China, y para algunos sectores significa la principal plaza de colocación de productos, incluso llegando al 30 y 50 por ciento de su producción. Los vinos, los arándanos, el té, el aluminio, jugos, frutas, nueces, azúcar, miel, melaza y ciertos productos olivícolas y químicos no sentirían un cierre de fronteras de igual modo que otras industrias.

Para el biodiesel, representa más del 80 por ciento de las ventas al extranjero. En 2015, fue el principal producto vendido a los EE.UU. Otro caso emblemático es el de los limones, que recuperaron su ingreso al mercado estadounidense en 2016 luego de 15 años. Son representativos como pocos del efecto Trump, o mejor dicho, del “miedo Trump”: las acciones de San Miguel, la principal exportadora de limones con sede en Tucumán, se desplomaron de 119 pesos a 88 en los días siguientes a su triunfo y ahora ronda otra vez los 107 pesos y a la expectativa.

En el caso del vino, un cierre de fronteras con los EE.UU. podría afectar seriamente a algunas provincias para las que esta industria lo es todo y que han visto crecer sus ventas en los últimos años a contrapelo de la tendencia general. Un ejemplo es Mendoza, donde la cadena vitivinícola es, por lejos, el principal sector de su economía. El 80 por ciento de las compras de los EE.UU. a la provincia corresponden a productos derivados de esta industria. Algunas bodegas, a través de la entidad Wines of Argentina, han incrementando en un 20 por ciento sus ventas a Taiwán y Vietnam en 2015 a la caza de mercados alternativos que podrían resultar de extrema utilidad ante el peor de los escenarios.

“En la eventualidad de tener que enfrentar las restricciones en las exportaciones a los EE.UU., la Argentina debería procurar reducir las importaciones provenientes de ese origen, para nivelar su balanza con el NAFTA”, señaló a El Cronista en los días siguientes a la elección, Víctor Beker, director del Centro de Estudios de la Nueva Economía de la Universidad de Belgrano.

Un informe del centro destacaba el superávit comercial sostenido en el intercambio con Egipto y los países del Magreb, del Sudeste Asiático, India, Chile y Medio Oriente como alternativa: Japón y Corea del Sur, con los que Argentina comercializa productos primarios aunque a un nivel muy marginal respecto a otros socios, bien podrían sustituir ciertas manufacturas tecnológicas que hoy llegan desde los EE.UU. “En simultáneo, debería incrementar sus ventas a China”, añadió Beker. ¿Pero qué sucedería si también China se ve perjudicado?

Impacto diferenciado

Como en la Argentina, el potencial impacto en el mundo de un Estados Unidos ultraproteccionista no es homogéneo. Países como México y China acusan un peligro mayor porque Trump cargó contra ellos específicamente en la campaña y la transición con promesas de aranceles de entre el 30 y el 45 por ciento, denuncias de manipulación de moneda y castigos a las empresas estadounidenses que prioricen sus inversiones en aquellos lugares. A fuerza de declaraciones, le bastó para poner contra las cuerdas a las automotrices locales, como General Motors, e inquietar a las extranjeras, caso Toyota y BMW.

Según datos del US Census Bureau y de la UN Comtrade correspondientes a 2015, el peso de los EE.UU. como destino de exportaciones para México y Canadá fue del 77 y 72 por ciento respectivamente, mientras que cada uno de ellos representó apenas un 14 por ciento en el ranking de importaciones de la potencia.

Eso demuestra la despareja distribución de poder en este juego. En otras palabras, Trump controla todas las fichas del NAFTA mientras que al mexicano Enrique Peña Nieto apenas le queda una torre y un caballo para defender a su Rey. En el gobierno azteca ya han reforzado la Cancillería con políticos y diplomáticos de buenos lazos estadounidenses pero barajan una caída de hasta el 2 por ciento de su PBI en los próximos tiempos.

Otro país que podría sentir el peso de las restricciones de Trump sería Colombia como principal socio sudamericano, aunque en menor medida. Sus ventas a los EE.UU. alcanzan el 32 por ciento y, si bien aquí no hay un componente industrial fuerte de por medio al punto de hablar de relocalización de fábricas, los EE.UU. es el principal inversor además del país que más asiste con fondos al gobierno colombiano. En la campaña, no hubo referencias a Colombia -o a la guerrilla y el proceso de paz- por parte de Trump, pero eso no los exime de vivir la misma incertidumbre que el resto del mundo.

En el caso de China, la distribución comercial es mucho más pareja porque Pekín tiene diversificado su comercio. Solo una quinta parte de sus ventas llegan a los EE.UU. La incidencia del “efecto Trump”, en este caso, pasa por las denuncias contra el yuan y la decisión de trabar el pretendido estatus de economía de mercado de China en la OMC, además del abierto desafío del magnate de revisar la política de “Una sola China”, una afrenta aún peor para Beijing que la batalla comercial. La llamada telefónica a la presidenta taiwanesa llevó a los voceros de la Cancillería china a lanzar una amenaza a la Casa Blanca, velada, pero amenaza al fin. Lo grave es que si China se ve perjudicado , una merma en sus compras podrían repercutir en la Argentina.

Los optimistas locales colocan sus expectativas en que los productos argentinos se vean menos afectados que las manufacturas, principal preocupación de Trump cuando dispara contra China y México. Y de consagrarse el ex gobernador de Georgia, Sonny Perdue, como Secretario de Agricultura, contarán con un aliado de la apertura de mercados que visitó la Argentina en 2004 para firmar acuerdos con el entonces Secretario de Comercio Internacional Martín Redrado. Pero sus perspectivas aperturistas, que lo llevaron a negociar hasta con China, chocarán con otros halcones del gabinete de Trump y aquellos que demandan una frontera del 20% de arancel para toda importación, sin importar su origen.

Durante su audiencia de confirmación como Secretario de Comercio, Wilbur Ross defendió la política de tarifas como un instrumento de negociación que sirven para corregir ciertas prácticas. Y el Encargado de Comercio Exterior de Trump, Robert Lighthizer, es famoso por sus críticas descarnadas a la actitud “pasiva” de los EE.UU. frente al dumping, provenga de China o de cualquier otro país. Como lobista de la industria del acero, Lighthizer negoció “restricciones voluntarias” en Japón, México, Corea del Sur y la UE para la venta de este producto a los EE.UU. que poco tuvieron de opcionales.

Fuente: El Cronista