Una excursión a un país amargo, de tan rico.

I.- Viniendo desde el lejano Oxidente, dejando atrás el angosto litoral conocido como Chichine, y atravesando el largo espinazo montañoso que vertebra al continente, se llega a la república de Urgenta. Los territorios que hoy ocupan los modernos estados de Chichine y Urgenta estuvieron alguna vez unidos por canales numerosos, y por ellos iban y venían los antiguos pueblos, y su tráfico visible hizo de muchas voces una lengua. Hubo luego uno de esos tremendos movimientos a los que este suelo es proclive, y las aguas bajaron y los montes se elevaron, y aquellas cadenas de altas rocas que antes ligaban pasaron a separar. Tal vez sea por eso que en estos tiempos he podido ver y escuchar a varones connotados y típicas señoras que, desde ambos países, erigiéndose sobre unas diferencias misteriosas, ponderan esas cumbres que dividen y desconocen los pasos que comunican.

II.- Urgenta siempre fue territorio de narcisos. Han sabido crecer en sus suelos como en los más ricos del Elíseo mismo. De hecho, aquélla extrema aldea urgentina a la que me llevaron los vientos es considerada un santuario del Más Alto Ombligo, una frecuentada deidad del país. Nunca mencionada por sus siglas, claro, sino expresada en el visible gusto por los palacios, carruajes e indumentaria de sus fieles. Sujetos de una conducta cargada de excesivos temores, es posible observar cómo a las urgentinas y urgentinos, un instante antes de mostrar interés o mero reconocimiento hacia un mérito o logro de otro, el gesto se les interrumpe súbitamente. Sin querer ni siquiera saberlo, son víctimas de un cruel patetismo que los priva de ternura, humildad o pasión alguna, y los hiela en su esplendor.

III.- Este país nunca tuvo reyes, pero su corazón es monárquico. Los urgentinos, y las urgentinas, adoran las coronitas, las prerrogativas, los palacios y sus cortes de aduladores, favoritismos y bufones. A lo largo de su largo territorio, la presencia de grandes y pequeños feudos revelan esa debilidad por una nobleza que nunca alcanzó para realeza, aunque no les faltaran méritos ni bienes que los verdaderos grandes reinos centrales codician desde siempre. Muy conscientes y orgullosos de tanta riqueza desbordante, los presumidos monarcas de Urgenta dieron grandes muestras de un talento especial, un don único y bifronte, angurriento aquí, despilfarrador allá.

IV.- Bajo semejante impronta monárquica, esta fronteriza aldea de Urgenta brinda claras señales de restauración de un medioevo propio de otras tierras. Sin duda inspirados por los perfiles cuasi helvéticos del paisaje, los urgentinos llegados aquí hicieron lo posible por reforzar los rasgos de cantón detenido en el tiempo.

Grandes y pequeños señoríos debidamente cercados, lagos, ríos y valles enteros sabiamente vedados, ciudadelas y palacios amurallados dominando las alturas ya proporcionan un principio de orden feudal, que se completa con villorrios periféricos con diversos grados de precariedad. Los estratos sociales siguen, en consecuencia, este mismo patrón, para estar a tono con una tendencia que se pretende global. Los urgentinos se fascinan con cualquier desigualdad que les permita sentirse mejores.

V.- En apoyo de ese culto a la ventaja y el privilegio, surge en esta poco humilde aldea la Asociación Bellatores del Condado (ABC, claro), que insta a la propia administración comunal a acompañar sus nobles esfuerzos por recuperar, según sus dichos, “un orden tan natural y equilibrado como el de la antigua Edad media.” “Podríase” propone un bando de la ABC “por ejemplo, adosar a la torre del palacio comunal, una o dos doncellas de hierro, para confinar allí a contribuyentes morosos, jóvenes grafitteros, borrachines de esquina y otros insurrectos de baja estofa.” “Estamos completamente persuadidos” argumentan los bellatores “de los múltiples beneficios de este homenaje al ingenio y la artesanía de los buenos tiempos: la población comprendería la conveniencia de corregir sus peores hábitos y quienes nos visitan hallarían muy original y destacable la instalación, que bien pronto pasaría a formar parte de las postales de la ciudad. Nada más tradicional.”

VI.- Además de no privarse de cualquier peste que lo asemeje a los reinos centrales, Urgenta es un país que padece algunas endemias notables. Si existiera un ranking de países de acuerdo a los malestares hepáticos que afectan a su población, sería encabezado por Urgenta. Y no es porque los esforzados urgentinos y urgentinas no resistan una dieta abundante en grasas saturadas, refrescos edulcorados y carbohidratos en su salsa. Tampoco es porque sometan a sus sistemas a suculentas dosis de pastillas para todo, sin privarse de mezclar todo tipo de alcoholes fermentados, destilados y afines, todo legal y en cantidad. No puede, asimismo, señalarse que los trastornos hepáticos tan característicos del habitante de Urgenta provengan del cotidiano castigo a la zona del hígado que les aplican sin descanso los propaladores masivos de noticias, muy especializados en provocar derrames biliares de disgusto e indignación. No, nada de eso. Lo que sus hígados no toleran es que al otro  le vaya bien.

VII.- En Urgenta, la rapidez está elevada al rango de virtud. Y quienes la poseen o practican son considerados los más altos representantes del ser nacional urgentino. Está en su código genético, está en su historia, está en sus símbolos patrios. El escudo y la bandera de Urgenta ostentan sobre un bucólico fondo azul cielo arriba de verde llanura el trazo central, quebrado y fulgurante de un rayo. Desde pequeños, las urgentinas y urgentinos son estimulados a pensar, decidir y moverse con la mayor rapidez de la que sean capaces, lo que le da a los actos, entradas y salidas escolares esa apariencia de tumulto desatado. Por sus calles, rutas y viaductos circulan enjambres de vehículos, aplicados todos al propósito de ir a fondo. Si no fuera porque los peatones son parejamente rápidos, no tendrían ninguna oportunidad. Una curiosidad destacable de Urgenta es que sus medios de transporte realizan paradas de cinco a diez segundos, y retoman sin más su vertiginosa marcha. Quienes no puedan subir o bajar en ese lapso, deberían cuestionar su urgentinidad.

VIII.- No es porque sí este apego a la velocidad. El valor supremo, la más alta condición en la sociedad de Urgenta es llegar, estar, ser primero. De hecho, son los urgentinos los que han creado el verbo “primerear”, luego adoptado por países y culturas menos avispadas. El primereo es el deporte nacional, que no requiere de canchas y mucho menos de reglas. A toda hora, en todas las latitudes y longitudes, los urgentinos y urgentinas se trenzan -con entusiasmo rayano en la violencia- en competir por quién es/está primero. Como esta ferviente trifulca recomienza cada día, no es posible hallar en paz a un hijo de esta tierra, nunca.

IX.- En Urgenta, se ha dicho, es una pulsión hacer ostentación de las altas mansiones, de los carruajes más fantásticos, de las enormes extensiones del poder y la gloria, pero siempre con un tono de lamento, con un rictus de fastidio y hasta de enojo.

No hay villanos en este ancho universo, se insiste: sólo infelices y pobres de espíritu.

Los sábados soleados, en los alrededores de las villas, el ir y venir de naves poco vistas aún en los Reinos del centro del Mundo es incesante, y su esplendor marea un poco más a las multitudes, que allí y así quisieran verse.

En este enorme país, transportes cada vez más gigantescos acarrean bienes incontables con destino a pocas cámaras, ciclópeas y oscurísimas, donde se destilan como un miserable fluido. La idea es reducir todo lo ubérrimo a lo escaso. La generosidad no ha abandonado esta riquísima tierra, y allá se ven, y allá más lejos y más allá, monstruosos gusanos repletos de grano acumulado a la espera de su máxima renta.

Urgenta ocupa el territorio de una gran colonia pastoril que supo haber por acá mismo, y supo adornar sus siglos con estilos, materiales y hasta voces de los reinos centrales. No obstante, esta impostura subyace como añoranza de una nobleza de origen. En tomarse muy en serio ésta y otras fantasías suele ponerse el urgentino grave y pesado, y hasta capaz de ínfulas de una identidad tan cosmética como inconsecuente. Se los suele ver así, enfundados en ropajes y modales de un campo del que se dicen pertenecientes y al que siguen violentando sin comprender.

X.

Urgenta se ufana con sobrada razón de sus recursos energéticos: ríos prodigiosos, vientos incesantes, vastedades minerales y fósiles que sólo aguardan ser empleadas para mover las mil ruedas de la velocidad. Nada ni nadie puede demorarse ni -horror supremo- detenerse.

Toda clase de ingenios y maquinarias transforman los fluidos, gases y cascotes del subsuelo en impulsos y combustiones, y la vida misma se pasa en sostener bien alto, siempre arriba, el ritmo del agitado corazón urgentino.

 

XI.

Son tiempos, como siempre, nunca vistos. Aquí, donde supo radicar un núcleo histórico de una región histérica pero con pretensiones de república ejemplar, hoy luce unos esplendores de artificio un presunto Principado. De tanto venerar un medioevo de estampa, el rico país de los amargos se cristaliza en pretensión de reino. No cualquiera instala un enclave político con rasgos del siglo VIII en un continente que todavía se debate en emancipaciones del XIX. Originalidad de la que Urgenta puede jactarse, y ciertamente, lo hace: allí está, reluciente, casi dorado, el Principado asienta sus plenos poderes sobre la franja central del país, la más rica y jugosa, y extiende día tras día su influencia hacia los rincones más remotos de su desmesurada geografía, más allá de los desiertos, serranías, esteros y cordilleras.

A los nobles fines de expandir este reino de opulencia y selectas felicidades, el Príncipe cría, alimenta y echa a volar cada mañana unas bandadas que graznan y graznan de alegría, sin descanso.

 

XII.

Acaso fuera por eso que el espléndido Principado de Urgenta se mostraba entonces bajo un clima de energía avasallante, definitiva, impulsando su marcha con un vértigo superior al conocido, lo que ya es decir.

Este Príncipe había sido ungido por la carcamancia residual que aún defendía feudalismos, prebendas y encomiendas coloniales, concentrada en altísimas Cortes portuarias, palacetes campestres y clubes del progreso. La multitud de aspirantes a ABC hizo el resto.

Una vez impuesto al optimista pueblo urgentino, a favor de esa pretensión monárquica urgentina (ver III), el entronizado se lanzó a exagerar todo: su euforia, su triunfalismo, su cruel ineptitud, su indulgencia hacia sí mismo.  Si pudiese uno salir del asombro, tal vez se hubiese conmovido ante tal principesco candor.

 

XIII.

Una sombra de negrísimo extravío comenzó a cubrir los cielos de Urgenta.

Vista la incapacidad manifiesta del ungido y su corte de enmascarados para lograr prodigios mucho más módicos que gobernar la atmósfera, hubo que suponer la intervención de factores superiores para explicar la oscuridad creciente y el acecho del mal tiempo.

¿Acaso lo rematadamente impío del sino reinante fue lo que volvió a despertar aquélla tan mentada ira de los dioses? ¿o tal vez, por el insistido apego a concentrar en un solo dios todos los malos humores, se avecinaba otra temporada de plagas devastadoras? En todo caso, la amenaza cernida sobre el horizonte del Principado parecía, claramente, remitirlo a un pasado remoto, cargado de presencias mitológicas y salvaciones sacrificiales.

Para Urgenta, para sus buenas y fervientes almas, este abismo de retroceso es aún más terrorífico que la tiniebla misma.

 

XIV.

Acotado por esa sombra siempre en ciernes, quien gobierna en Urgenta lo hace siempre con apuro.  La ambición presiona tanto como la necesidad, y eso obliga al supremo mandamás urgentino a forzar los tiempos, Si no fuera una falta de respeto, podríamos decir que en este país la revolución es permanente, ya en un sentido, ya en otro.

Algunos plumíferos que conocen la historia del país dicen ver con claridad el movimiento de un péndulo, que va de la sonrisa a la mueca amarga para los unos y los otros, desde los tiempos de la colonia.

Ese ir y volver de lo popular a lo excluyente, del carnaval al coctel, de la polvareda al cristal sabe ponerse extremo, y en aquellos días en que mi errático vuelo me llevó hasta las tierras de Urgenta acababa de acceder aquél Príncipe presuroso como pocos, aún para la rica tradición del país.

Con un afán rayano en la desesperación el hiperejecutivo mandó a arrasar con todas esas precarias construcciones que, en forma de villorrios, leyes o derechos, entorpecían su plan de estampa medieval.

Un castillo o mansión feudal que se precie debe estar sólo rodeada por prados y montes ubérrimos, donde sólo pastan los ganados suculentos y laboran mansas gentes sólo agradecidas.

 

XV.

Sin dudas no son los únicos, pero los urgentinos, más que tener un alto concepto de sí mismos, prefieren sentirse superiores a los demás.

Especialmente, hallan muy de su gusto marcar diferencias a su favor respecto de chichimecos, borjas, paracas y todas esas naciones de tez color del suelo y pelo renegrido, tan abundantes en el subcontinente que fuera colonia -ay- de los reinos centrales del Mundo.

Persuadidos de pertenecer a una condición extraordinaria, muy capaz y refinada, los naturales de Urgenta actúan con sus semejantes de acuerdo a cierta escala que expresa diversos grados de discriminación racial. Así, los petisos aindiados son tratados como peones y sirvientes, los mestizos oscuros como mayordomos y los que evocan cualquier perfil europeo o del cercano oriente son considerados pares.

Sólo los muy claros, con ese característico brillo acerado en la mirada, merecen ser vistos por los urgentinos como superiores.

 

XVI.

Millones de focos de infección se encienden en Urgenta, cada día, cada noche. Casi no hay sitio donde sus brillos y fantasmagorías no encandilen a otros tantos incautos. El flujo tóxico que emana de esas luces es continuo y encuentra poca resistencia, o más bien todo lo contrario: sus víctimas pagan por ser a diario envenenados.

Así, puede verse la expansión de este dispositivo de miedo y aturdimiento multiplicarse hasta cubrir casas, aldeas y ciudades del país, hasta volverse una dimensión idéntica a su territorio, y gran parte de los urgentinos y urgentinas la dan por verdadera. Esta pesadilla enfermiza y chillona ocupa en el espacio de cada uno el lugar que alguna vez fue de los sueños.

 

XVII.

Con la obsesiva prisa que obliga a seguir un mandato demencial, el Ungido Príncipe de Urgenta lleva la marcha del país a un ritmo de vértigo fantástico.

No lo bastante lejos, el horizonte se corta abruptamente en un abismo donde, de pronto, todo falta. No hay piso allí, ni siquiera fondo, ni luces ni asidero. Es sólo, simple y crudo, el lugar de la caída.

Impulsado por el implacable afán que parece poseerlo, inspirado por una visión agónica que insiste en proclamar transformadora, el Príncipe clava el rumbo hacia el abismo, y apura el paso de su baile. Algunos urgentinos calculan y muchos otros se lamentan. Ya nadie se divierte.

 

XVIII.

Ya que la asimilación de la verdad es lenta y trabajosa -y a no pocos les produce dolor-, en Urgenta se ha optado por aceptar, valorar y hasta reproducir la mentira.

El ritmo febril -que no febril- de la vida urgentina halla insoportable la morosidad de lo verdadero en abrirse paso. Lo falso, en cambio, ya se sabe que lo es, y a este notable mérito le suma colorido, fantasía y lujo de detalles al gusto.

¿Quién extraña lo cierto si tiene al alcance lo escabroso? ¿A quién le importa ser veraz si basta con fingir ser verosímil?

Este escamoteo de la realidad ha alcanzado en Urgenta tal nivel y magnitud que podría considerarse su verdadero (sin ironía) sistema económico, su modelo social y su proyecto político.

 

XIX.

Alguna vez, mucho antes que estas tierras fueran conocidas como Urgenta, hubo sobre ellas, y por debajo y en sus anchos cielos, unas fuerzas elementales, implacables, que se imponían sobre los pueblos paleolíticos.

Tales fuerzas no calificaban, ni lo pretendían, como dioses propiamente dichos. Pocas de ellas podían ser siquiera representadas en toscas tallas o ingenuas alfarerías. Acaso lo más aproximado a un retrato de estas entidades pueda hallarse en alguna remota abstracción rupestre, síntesis de la incertidumbre que vela el panteón de deidades ancestrales.

Con la llegada de los primeros colonos, quienes constituirían el sedimento de la urgentinidad, el campo espiritual pasó a ser dominio del monoteísmo en todas sus formas.

Al alcanzar su apogeo la pulsión feudal que modela la sociedad urgentina hasta el presente, se fueron acomodando las creencias y posturas espirituales en una fusión de dogmas que proclaman la compasión y practican el egoísmo, que condenan el materialismo y rinden culto a la concentración, que cubren con horror las vergüenzas de la carne y encienden velas a la codicia.

Resulta inexplicable que algún dios, antiguo o posmoderno, no los fulmine.