por Alejandro Grimson –

En esta época en la que estamos discutiendo las migraciones como si hubieran empezado ayer es necesario recordar, que de alguna manera, la historia de la humanidad es la historia de la migración. Todos los pueblos migraron en algún momento de la historia y es más: si tus antepasados nunca migraron quizás no seas humano porque ningún pueblo de América proviene de América y ningún pueblo de Europa proviene de Europa. Nadie estuvo sencillamente siempre allí y esta afirmación es pura ciencia y puro dato arqueológico.

¿Por qué hay migraciones? Alguna vez por curiosidad, alguna vez por amor pero sobre todo por una razón: la desigualdad entre una región y otra. Por pobreza, por cuestiones económicas, por opresión política, por guerras, por desastres naturales.

¿Quién estaría dispuesto a permanecer inmóvil cuando el mundo se le está cayendo en la cabeza? En ese sentido, siempre hubo historias, desde hace miles de años, sobre desplazamientos y migraciones, y por algo el segundo libro del Viejo Testamento, el Pentateuco, se llama Éxodo.

Éxodo es una palabra que viene del griego. ¿Por qué existiría en griego la palabra éxodo? Porque hace miles de años que hay procesos migratorios. Podemos recordar cuando en el Génesis, en el primer libro del Viejo Testamento, Abraham va a Egipto, el viejo testamento dice: “Y hubo hambre en la tierra y descendió Abraham a Egipto para morar allá porque era grande el hambre en la tierra”. Y en el segundo libro, en Éxodo, Moisés le dice a su pueblo: “Teneís memoria de este día en el cual habeís salido de Egipto de la casa de la servidumbre, pues Dios los ha sacado de allí con mano fuerte”. Es decir, que el hambre es bíblico y la migración es bíblica.

Algunos datos. Por ejemplo, se habla mucho de las migraciones hacia el norte del mundo, hacia Europa, hacia Estados Unidos. Entre 1870 y 1930, 40 millones de europeos migraron huyendo de la hambruna desde Europa hacia América. Eran el dos por ciento de la población mundial. Actualmente, la migración internacional es del tres por ciento. No es el cuarenta por ciento,  es  sólo el tres por ciento de la población mundial.

 

No hay una época de la migración. No estamos en la época de la migración. En todo caso, estamos en la época de la xenofobia, que es otra cosa. Porque no puede haber una época del trabajo, una época del lenguaje, una época de la alimentación. Migrar es humano. La historia de la migración es parte de la historia de la humanidad. Lo que está sucediendo es que cada vez más la desigualdad se va exacerbando con los nuevos nacionalismos, con los nacionalismos más fundamentalistas, que se expresan en el caso del Brexit, del Frente Nacional, de los nuevos muros que se quieren construir, de los ejércitos clandestinos que existen, de los alambrados electrificados, de las fronteras; y esas consecuencias se van viviendo de distintas maneras con algo que se acerca bastante a una crisis humanitaria en el sentido de que crecen las desigualdades económicas y políticas, y sigue creciendo el desplazamiento territorial y la no integración de los migrantes que cada vez tiene menos derechos.

 

La globalización tiene una faceta que es como una máquina que expropia y le arranca derechos a las personas. Alienta y ataca la inmigración con una doble pinza: por un lado, en todos los países centrales hay una capa de personas que no son ciudadanas y ellos quieren que sigan allí, como los famosos mexicanos que viven en California sin los cuales no se podría producir. Hay una película famosa que aborda esta problemática: “Un día sin mexicanos”.

La sociología y la antropología de las migraciones mostró que los migrantes hacen el trabajo que otros rechazan. En los años noventa cuando empezó el tema de “nos están robando el trabajo” intenté mostrar en mis propios estudios que los bolivianos, los paraguayos hacían trabajos de limpieza, construcción, etc. y los argentinos recién cuando había 18 por ciento de desocupación, estaban dispuestos a hacer el trabajo que antes no hubieran hecho. Se estaba dando el fenómeno inverso: los argentinos le estaban tratando de robar el trabajo a los bolivianos y los paraguayos.

El discurso xenófobo marida bien con altas tasas de desempleo y están preparando la excusa antes de que lleguemos a los plenos dos dígitos de desocupación. Y ese relato es un relato que se va imponiendo en el mundo en la medida en que hay más desigualdad, más migración, más incertidumbre. Se va planteando un riesgo hacia la idea de derechos humanos universales. Se entierra el universal y sólo tienen derechos humanos los que tienen papeles, los que son ciudadanos. La declaración universal de los documentados.

Si la causa principal de todas las migraciones es la desigualdad y en el mundo actual 85 personas tienen la riqueza total que la mitad más pobre del planeta –nunca hemos vivido una desigualdad como la que se está viviendo en el mundo hoy, nunca existieron fortunas como las que existen hoy–, entonces, cada ser humano debería preguntarse cómo actuaría si hubiera nacido en las zonas más pobres del planeta, si estuviera a riesgo de morir bajo una bomba, si pudiera ser asesinado por razones políticas.

Más que sorprendernos por la cantidad de migrantes que hay hoy en el mundo deberíamos sorprendernos porque aún no estemos asistiendo a una verdadera explosión migratoria, a un verdadero éxodo bíblico donde la mitad más pobre del planeta abandone masivamente sus lugares de residencia para emprender un viaje con alguna esperanza.

  • Columna publicada originalmente en Radio del Plata en el Programa Siempre es Hoy