por Fabián Vique –

La condonación que acaba de hacer el Presidente Mauricio Macri de la deuda de la empresa de su familia, Correo Argentino, con el Estado, debería ser título catástrofe de todos los diarios y debería tener un lugar en los manuales de historia de los próximos años. Pero estamos en condiciones de poner en duda esa aparente obviedad.

La noticia publicada por el portal Nuestras Voces es en este momento el tema de conversación política pero en nuestra Disneylandia ultramediatizada todo puede suceder y todo puede ocultarse. La imaginación de los voceros del gobierno es frondosa y no sabemos cuándo un nuevo árbol tapará el bosque. Y entonces la pregunta, innecesaria en otro contexto, es pertinente hoy: ¿tendrá este hecho las consecuencias que merece o formará parte de la larga lista de atropellos camuflados detrás de las vallas del blindaje comunicacional?

En la sociedad del espectáculo no importa el tamaño del hecho sino el impacto que puede producir. Seguramente la cantidad de dinero de la deuda condonada es menor que la de los denominados Papeles de Panamá, pero el peso de la información no es el mismo. En el caso de los Panama Papers, la maniobra resulta poco imaginable para quienes, como este redactor, no tienen idea del funcionamiento de la ingeniería financiera de los paraísos fiscales, las empresas fantasmas que esconden a otras empresas que a su vez, como indescifrables artefactos numéricos, operan no sé sabe dónde ni no se sabe cómo para lavar dinero, evadir impuestos y todas esas diabluras pergeñadas por los muchachos elegantes, salidos de las mejores facultades de ciencias económicas del mundo.

 

La plata de la conocida empresa de correos es más fácil de imaginar. Se sabe que las empresas recaudan dinero que deben remitir al Estado y muchas veces se demoran o se hacen las distraídas. Es como el ABL o cualquier otro impuesto que cualquier mortal puede conocer. En un contexto donde los bolsillos del pueblo enflaquecen gota a gota en beneficio, cada vez más evidente, de las grandes empresas y los grandes grupos económicos, es de esperar que empiecen a sonar en algunos oídos, al menos los que no están herméticamente cerrados a toda observación sobre el gobierno, el ruido de la maniobra.

Una de las sentencias citadas hasta la frontera del hartazgo es aquella atribuida a Goebbels: “miente, miente, que algo quedará”.  Ivan Almeida explica en esta nota que el jefe de propaganda nazi nunca la pronunció pero más allá de la falsa atribución, se comete otro error: se la suele leer con un foco en la mentira misma, entendida desde un punto de vista moral, cuando la verdadera fuerza de sentido está en el poder que atribuye a la dominación comunicacional. Lo importante no es la mentira, lo importante es la fuerza de aplanadora del aparato de comunicación. El mensaje puede ser una mentira, un hecho real, una valoración, una selección de datos verdaderos, falsos o un cóctel de noticias clasificadas; pero se va a imponer si la maquinaria funciona, si está lo suficientemente bien aceitada en todos sus engranajes.

En sentido opuesto circula otra sentencia conocida, en este caso atribuida a Abraham Lincoln, creo que está documentada: “Se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Esta frase sería algo así como la contracara de la atribuida al jefe de propaganda nazi. El tiempo despejaría el panorama y pondría “negro sobre blanco” la realidad.

¿Qué doctrina prevalecerá en este caso? ¿La de la propaganda o la realidad que a la larga prevalece? ¿Será una raya más en el tigre del algo quedará o será el punto de inflexión, la gota que colmó el vaso, el final de los buenos tiempos de la Disneylandia macrista?

 

La historia enseña que los discursos falaces no logran sostenerse eternamente. Es evidente que los administradores del actual gobierno saben que en algún momento las cosas saldrán a la luz. El punto es cuánto tiempo podrá sostenerse la fantasía.

La ficción que logró instalar la administración actual es tan holywoodense como eficaz: hubo una banda de ladrones que se apoderó del país y durante doce años robó la plata de los bolsillos y las carteras de los espectadores. Los buenos se enfrentaron a esos ladrones y en elecciones libres lograron vencerlos y empezaron a recomponer un imaginario orden donde los malos están siendo capturados para que en un futuro cercano los buenos pueden enderezar el carro hacia la felicidad.

En ese momento histórico estamos todavía hoy. La película funciona, los actores y las actrices de los medios, del poder judicial y de la política representan bastante bien sus papeles y el público, en buen número, aplaude.
En plena proyección no resulta tan sencillo ver el proceso. Más cuando en la coyuntura se superponen los fuegos artificiales.

La autocondonación de deuda del Correo no pasó inadvertida, sonó. Un día, unas horas, pero sonó. No podemos saber hoy hasta dónde llegarán las esquirlas.

¿Logrará la maquinaria eclipsarla rápidamente o será ésta la noticia que filtre el aparato de propaganda y toque la sensibilidad de un número significativo de los espectadores hasta hoy aparentemente embelesados con la película?

Los miles de millones de pesos no deberían pasar totalmente inadvertidos para una buena parte de los votantes del gobierno del ingeniero Mauricio Macri, precisamente porque llegó allí batiendo el parche de la lucha contra la corrupción (a pesar de sus propios antecedentes).

Sin necesidad de improvisar en futurología es inevitable la pregunta: ¿por qué el Presidente se animó a tanto? ¿Creerá que el poder de fuego del aparato comunicacional es tan grande que ni siquiera una maniobra tan burda tendrá efectos negativos en la percepción de su gestión? ¿Cuenta con información que le anticipa una relación costo beneficio que lo favorece? ¿O es un intuitivo que confía en su buena suerte o en su propia fuerza?

Señoras, señores, muchachas, muchachos, niños, niñas, ancianos, ancianas: habremos perdido casi toda la capacidad de asombro, pero ¿no resulta tremenda la medida en sí misma? Condonar desde el Estado una deuda multimillonaria de una de las empresas familiares, ¿no es mucho?, ¿no cruzó un límite?

Hay que sentirse dueño de un poder absoluto para tomar esa decisión. Hay que estar seguro del poder de fuego del aparato comunicacional. Veremos qué sucede o qué no sucede.

El poder construido por el Presidente Macri tiene patas hoy poderosas: la mayoría de los medios de comunicación privados y públicos, una buena parte del aparato judicial, una considerable porción de la casta política. ¿Hasta cuándo alcanzará ese poder para sostener en Disneylandia a un enorme auditorio que cree con una fe sorprendente estar bajo un gobierno de millonarios macanudos que en vez de disfrutar de sus millones se dedican a darle una mano al país?