por Rubén Dri * –

La utilización de ideas fuerza como “pesada herencia” y “corrupción” constituyen la metralla discursiva con la que el proyecto neoliberal del gobierno de Mauricio Macri intenta ocultar su verdadera esencia: la transferencia de bienes de los sectores populares hacia los sectores concentrados de la economía que usufructúan al Estado para provecho personal y de clase.  

Cuando Hegel se disponía a escribir la tercera parte de la Ciencia de la Lógica, se encontró con un problema diferente al que le habían presentado las dos primeras partes.  Lo expresó de la siguiente manera:

“Si hay particulares dificultades para edificar en un país desierto una nueva ciudad, en cambio se encuentra sin duda suficiente material pero tanto mayores obstáculos de otra naturaleza, cuando se trata de dar una nueva disposición a una vieja ciudad, edificada sólidamente y mantenida en un estado constante de posesión y población; entre otras cosas hay que decidirse también a dejar de emplear mucho material que, sin embargo, es apreciable”.

Está claro, si lo que hay que construir, sea una ciudad, sea una fábrica o una escuela, se realiza sobre un terreno desocupado, listo para recibir la construcción, no hay nada que destruir, o, en todo caso, algo completamente secundario. Si, por el contrario, el terreno ya está ocupado, no hay más remedio que empuñar pico y pala, y comenzar la destrucción.

 “Hay que decidirse a dejar de emplear mucho Material” que está presente, por lo cual si no se lo puede emplear es necesario sacarlo, destruirlo, no son otra cosa que escombros.

Pongamos que en lugar de construir una casa o fábrica, lo que hay que hacer es un proyecto político, un proyecto de país. Si se trata de un proyecto fundacional en un espacio vacío, los problemas a encarar son los de construcción. Poco a o nada que destruir.

Si por el contrario, el proyecto a implementar se lo realiza sobre un  país en marcha, pueden darse dos opciones diferentes, una de las cuales es aceptar el proyecto en marcha y sólo hacerle retoques, reformas, cambios superficiales, arreglos.  Es lo que sucede en los casos en los que se habla de “alternancia”. Partidos políticos que compiten no para cambiar el proyecto político sino para cambiar los sujetos que lo implementarán en la nueva etapa.

La otra es  realizar cambios profundos que significan un nuevo proyecto, no sólo diferente, sino contrario al que se quiere suplantar. En este caso, lo primero a realizar es la destrucción de todo aquello que se opone al nuevo proyecto. Pero entre las cosas que es necesario destruir, hay muchas que serían “apreciables”, para seguir con el ejemplo hegeliano, y que serán defendidas por gran parte de la población, por lo cual será necesario inventar argumentos que legitimen dicha destrucción.

En las elecciones presidenciales de 2015 se produjo el triunfo del macrismo con su proyecto neoliberal y la derrota del kirchnerismo con su proyecto nacional y popular. Aquí no se trata de una mera alternancia, del mero cambio de los elencos gubernamentales para continuar con el proyecto de país, sino del enfrentamiento de dos proyectos de país contradictorios, y el triunfo de uno de ellos.

El proyecto nacional y popular liderado por el kirchnerismo está basado en el desarrollo del mercado interno, la estabilidad del empleo, el valor del salario siempre arriba de la inflación, vigencia de las paritarias, recuperación de empresas como YPF, Aerolíneas, Correo; una vasta red de contención de los sectores más desprotegidos, cobro de impuestos a las grandes corporaciones agroexportadoras, mineras, petroleras.

El proyecto macrista triunfante, consiste esencialmente en la transferencia de recursos de los sectores populares a los sectores concentrados de la economía. El desarrollo del mercado interno es un obstáculo a dicha transferencia, de manera que debe ser desactivado, lo que se logra con la apertura indiscriminada a la importación de bienes.

El proyecto de transferencia de recursos implica la pérdida de esos recursos por parte de los sectores populares. O sea, hay que quitarles recursos a los sectores populares y transferirlos a los ganadores. Eso se logra con un vasto plan de destrucción que se consigue aumentando los impuestos por sobre los salarios, despidiendo trabajadores, de manera que la lucha por conseguir empleo lleve a éstos a aceptar condiciones miserables. Eso lleva a lo que Marx denominó el “ejército de reserva”, trabajadores desocupados dispuestos a aceptar esas condiciones miserables.

Está claro que lo lógico es que el pueblo en su gran mayoría resista todas estas medidas destructivas.

Para neutralizar la resistencia popular menester es formular una argumentación para que la población acepte esas medidas como si fuesen medidas que la favorecen, o, por lo menos, que sean vistas como indispensables, inevitables.

Es aquí donde interviene el tema de la “pesada herencia” que debe servir para legitimar la destrucción de los derechos adquiridos en los doce años de gobierno kirchnerista. ¿Cómo hablar de una “pesada” herencia, cuando esa herencia está constituida por el mayor conjunto de derechos que, salvo en la década del primer peronismo, el pueblo haya conocido.

Allí el macrismo se mostró astuto, hábil, hipócrita, despiadado y sobre todo “cínico”. Montándose sobre el sentimiento de culpa, componente del sentido común, debido en gran parte a las enseñanzas del catolicismo, hizo que parte de la población se culpabilizase de haber gozado de derechos que no le pertenecían y que, en consecuencia, debían ser devueltos a sus legítimos dueños.

El argumento basado en el sentimiento de culpa se combina con otro, basado en el más desvergonzado cinismo que le permite lanzar al aire los más impensados números sobre la inflación, la pobreza, el desempleo, de manera que el gobierno kirchnerista aparece, por una parte, regalando subsidios, poniéndole plata a la gente en el bolsillo, y, por otra, generando desocupación.

A esta metralla se le agrega otra, que parece ser la definitiva, la corrupción, comportamiento que consiste en desviar para el provecho personal bienes que pertenecen al Estado, es decir, al común. Basta echar un vistazo a la historia de la humanidad para constatar que el comportamiento delictivo conocido con el nombre de “corrupción” ha acompañado y acompaña a todos los proyectos políticos.

Por más buenas que sean las intenciones de los impulsores de dichos proyectos, siempre hubo y seguirá habiendo desvíos, o sea, corrupción, a no ser que intervenga alguna potencia sobrenatural que purifique a la raza humana desde su raíz, y mande de paseo a Freud y todos sus descubrimientos sobre  el “infierno” del inconsciente. Por lo tanto todos los proyectos políticos cuando se llevan a cabo son igualmente corruptos. ¿Es la política sinónimo de corrupción?

Para bosquejar una respuesta que vaya al fondo del problema es necesario proceder a una caracterización de los proyectos políticos. En un proyecto nacional y popular, que está centrado en la inclusión, en el desarrollo del mercado interno, en la plena ocupación, en el ajuste de los salarios de acuerdo al nivel de la inflación, en una palabra, en el equilibrio de la distribución de bienes, la corrupción tomará el rumbo de López y Báez que, sin duda, distorsionan el proyecto y debe ser investigado y castigado.

En un proyecto, en cambio, del capital concentrado, es decir, de las corporaciones económicas, políticas, mediáticas y judiciales, que está centrado en la exclusión de los sectores populares, en la apertura al mercado externo, en la depreciación de los salarios, en una palabra, en la transferencias de recursos y bienes de los sectores populares a los del capital concentrado, la corrupción tomará la canaleta de Macri y Macri.

En el caso del proyecto nacional y popular, la corrupción es corrupción, daña al proyecto pero no lo invalida. En el otro caso, la corrupción no es tal, es intrínseca al proyecto, forma parte indisoluble de la transferencia de recursos de los sectores populares a los de las corporaciones.

Basta fijar la mirada en los dos casos. Desde el proyecto nacional y popular no se busca una justificación de la corrupción, no se busca hacerla lícita. La corrupción es corrupción, va en contra del proyecto que se orienta a la distribución equitativa de los bienes.

En el otro caso sucede todo lo contrario. La corrupción no es tal. Forma parte del proyecto como tal, o sea, de la transferencia de bienes. Basta ver cómo salen a la defensa de la familia Macri las principales espadas de Cambiemos.

Después de este análisis cualitativo, es decir, que analiza la función que cumple la “corrupción” en el respectivo proyecto, podemos pasar al cuantitativo y poner frente a frente lo que robó la pareja López y Báez con la que se robó la pareja Macri y Macri, 9.000.000 contra 70.000.000.000. Ésta última gana por asesinato.

¿Es casual esta disparidad? No, se corresponde con los proyectos. En el proyecto nacional y popular, se debe luchar en contra de los grandes poderes mientras que en el proyecto del capital concentrado, los grandes poderes dan rienda suelta a su hambre insaciable, apoderándose de todos los recursos. El robo cometido por la pareja López /Báez es como el robo de gallinas frente al robo de Macri y Macri. No tiene sentido que Macri y Macri se pongan a robar gallinas, que es el único robo que se puede llevar a cabo desde el proyecto nacional y popular. Cincuenta cuentas en cuevas fiscales repartidas por el universo mundo guardando el latrocinio de los dirigentes macristas sólo son posibles desde ese proyecto, para el cual no se trata de corrupción sino todo lo contrario, de virtud, sagacidad, inteligencia.

Buenos Aires, 15 de febrero de 2017

*Filósofo y teólogo. Autor del libro “La hegemonía de los cruzados: la iglesia católica y la dictadura militar”, Editorial Biblos, 2011

Fuente: La Tecl@ Eñe