Por Adrián Fernández -.

El presidente Rafael Correa pidió contar hasta el último voto y la espera se hizo larga. Pero será más larga y riesgosa la espera hasta el próximo 2 de abril, fecha prevista para la segunda vuelta. El amplio triunfo de la Revolución Ciudadana luego de 10 años de Gobierno no tuvo sin embargo la contundencia necesaria y el panorama se enrarece. Lenin Moreno enfrentará al banquero millonario Guillermo Lasso y seguramente a todas las fuerzas de derecha, centroderecha y a la socialcristianas. Nuevamente una elección suramericana tendrá la polaridad necesaria para entender qué cosas se vienen jugando en nuestra región en los procesos de los últimos años.

La Alianza País que lidera Correa tendrá razones para entender por qué su candidato no superó el 40% de los votos necesarios para ganar en primera vuelta (con 10% de ventaja sobre el segundo). La destrucción de los partidos tradicionales en la mayoría de nuestros países hizo fácil la lectura de los triunfos populares pero dificulta el análisis de las derrotas. Convergen muchas variables y no es atinado analizar superficialmente sólo a algunas de ellas.

Sí es posible revisar objetivamente un par de cuestiones que, en mayor o menor medida, tendrán gran intensidad en las semanas que van hasta el 2 de abril. La candidatura de Moreno se apoya en el Gobierno que el 15 de enero celebró una década de transformaciones sociales históricas. Ese día, delante de 90 mil personas Correa advirtió: “la oligarquía tiene más conciencia de clase que los pobres y la clase media, y con sus medios de comunicación pueden hacer opinar a las grandes mayorías incluso contra sus propios intereses”.

En mensaje tenía un sólo sentido: alertar sobre las fuertes arremetidas mediáticas contra el Gobierno, que se intensificaron a medida que se acercaban las elecciones. Bastó ver (y así será hasta el 2 de abril) no sólo el tratamiento de las noticias sino las formas en que conductores y conductoras de TV editorializaban en cada una de sus previsibles y vulgares preguntas.

Correa es para ellos un ser despreciable, totalitario, turbio y corrupto. Les importa cero que tenga una inalcanzable imagen positiva entre su pueblo, pueblo que lo rescató de un golpe de Estado. Los medios, como en Argentina y en otras partes de América, no hablan de política. Fingen democracia y pluralidad porque organizan debates televisivos donde piden a cada candidato que explique en 1 minuto y medio cómo se hace para combatir el hambre o para generar empleo o para aumentar la producción o reducir el déficit o insertarse en el mundo o hablar de amoríos o de hijos abandonados que nunca existieron o de promesas que serán incumplidas apenas salgan despedidas de sus bocazas.

En Ecuador la prensa dice que Correa es mal llevado pero no dice que más de dos millones de personas dejaron la pobreza en los últimos 10 años, en un país de 16 millones de habitantes. La inversión pública fue récord y el país dio un salto en todos los niveles del sistema educativo y en la salud pública. Sí dicen, y le sacan jugo, que en los últimos dos años la caída del 40% en las exportaciones petroleras puso en jaque a la economía nacional. Correa se jacta de que la peor crisis del capitalismo en las últimas siete décadas se sobrelleva “sin paquetazos” (ajustes económicos) pero los medios no lo dicen.

Lenín mostró durante la campaña un perfil conciliador y dialoguista (no fue prefabricado porque él es así aunque tal vez cayó en la exageración de sus tonos componedores). Ante los medios comerciales que combaten a Correa se mostró contemporizador; recordó que tuvo algunas diferencias con ciertas medidas del Gobierno pero reafirmó que no habrá retrocesos en las metas alcanzadas por la revolución ciudadana. “La misión es eterna”, decía en su campaña mientras repetía “el pasado, nunca más”.

 

El resto

 

Lenín enfrentará a la facción de la derecha encabezada por Lasso. Este banquero lidera la oposición y lleva varios años en campaña por la presidencia. Su lema: “la necesidad de un cambio”. Su oferta: la supuesta capacidad empresarial para conducir gobiernos. Su impulso: los recientes triunfos de los “empresarios” Pedro Kuczyinski en Perú y Mauricio Macri en Argentina. Descree de la integración regional y propuso vender el edificio de la sede de Unasur (ubicada en Quito) para reducir el gasto público. Está a favor de eliminar impuestos (a la renta, a la plusvalía, a la tierra agrícola y a la salida de divisas) para “atraer la inversión”, favorecer a la banca extranjera y fomentar la “llegada de capitales”. No hace falta hablar más del asunto.

Lasso pidió oficialmente la noche del domingo construir una gran mesa de gobernabilidad. La tercera más votada, la socialcristiana Cynthia Viteri, anticipó que lo apoyará. Ella está acompañada por el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, otro de los acérrimos enemigos de la Revolución Ciudadana. La construcción de una amplia coalición opositora ya fue encarada sin éxito por Lasso antes de que comenzara la campaña electoral. Uno de los enigmas a resolver es saber qué grado de capital genuino de votantes tiene cada uno de los líderes de la derecha.

Hay que decirlo: existe optimismo pero la Revolución Ciudadana nunca estuvo tan comprometida electoralmente como ahora. Ganó una elección contra la derecha, el poder establecido y los medios, pero no alcanzó. No hubo al menos en la primera vuelta una contundencia que tranquilizara a una América Latina que desde hace algunos años atraviesa la mayor restauración conservadora desde el fin de las dictaduras. Precisamente el término “restauración conservadora” lo acuñó Rafael Correa a modo de advertencia cuando muy pocos imaginaban un escenario suramericano como el actual. Correa dejará su cargo el 24 de mayo aún no se sabe en manos de quién.