Hoy, mientras las oficinas y salones de clases se llenan de rosas y dulces que pretenden ser un homenaje, a nivel mundial se ha convocado un paro de mujeres para demostrar que son indispensables para la economía y que aún persisten serias desigualdades sobre la repartición de las funciones en el hogar, lo que causa obstáculos estructurales para las mujeres del mundo. Por eso tenemos que seguir hablando de género.

La convocatoria al paro ha sido necesariamente diversa, porque de entrada busca cuestionar la idea de que todas las mujeres son lo mismo y tienen los mismos problemas, ese simbolismo que se reproduce sin mayor cuestionamiento en las felicitaciones corporativas que abundan cada 8 de marzo. El llamado ha sido a que las mujeres paren no sólo en sus trabajos, sino en el hogar, demostrando así el desequilibrio de cargas en los roles sociales que ha sido invisibilizado y por ende normalizado. También se ha dicho que las mujeres que no puedan parar, porque sus condiciones laborales son precarias y simplemente no pueden dejar sus funciones ni por un instante, aprovechen la oportunidad para discutir sus preocupaciones y dificultades. En síntesis, que hoy no sea un día más plagado de adjetivos dulzones sin mayor significado y que tengamos una conversación sobre los obstáculos que persisten.

Especialmente porque en Colombia y el mundo hay un movimiento creciente que afirma que las reclamaciones del feminismo no sólo ya se solucionaron, sino que el movimiento se ha convertido en algo negativo. En este país hace poco vimos a una diputada de Santander hablar de ser femenina, más no feminista, y han surgido campañas con mujeres argumentando que no son víctimas y por eso no se unirán al paro.

Esa posición, no obstante, parte de una concepción equivocada del feminismo y, cuando menos, de una ceguera sobre las realidades sociales que enfrentan las mujeres. Sobre lo primero, no sobra recordar que feminismo no hay uno, sino que son un montón de corrientes que debaten entre sí, pero que en común buscan la igualdad y evidenciar los desequilibrios estructurales, como que las mujeres ocupan el doble del tiempo que los hombres en las labores de cuidado en el hogar. No se trata, como argumentan, de victimizarse, sino de poner el foco sobre temas que han sido históricamente ignorados y aún hoy tienen vigencia.

Las cifras lo respaldan. Las mujeres ganan menos en promedio que los hombres por el mismo trabajo. A su vez, trabajan más, pues además de tener que cumplir con horario laboral, las labores del hogar suelen recaer sobre ellas de manera desproporcional. Esa brecha, además, arranca desde mucho antes de entrar al mundo laboral, pues por múltiples razones muchas niñas no pueden ir al colegio o no terminan siquiera el bachillerato. Y no hace falta que recordemos las cifras de violencia en el país, que esconden realidades perversas plagadas por la impunidad. Todavía no sabemos cómo atender esos problemas de manera estructural.

Tenemos que seguir hablando de género, pues, abriendo espacios para que las mujeres cuenten sus experiencias vitales, para identificar los obstáculos que todavía existen y para discutir temáticas como los retos de las mujeres trans, que cargan consigo una abrumadora cantidad de prejuicios. De nada sirven los discursos rimbombantes de un día como hoy si no aprovechamos para hablar de todas las deudas históricas que tenemos como sociedad. Más que una celebración, hoy es un día para la denuncia y las soluciones.

Fuente: El Espectador – Colombia