Los mapuches aún hoy conservan con orgullo muchas de sus tradiciones ancestrales. Habitan en el sur de Chile y en la Patagonia Argentina. En su universo cultural, destaca el ngillatún, su ceremonia de rogativa e imploración a Nguechen, su dios, a fin de que éste conceda bienestar y fertilidad. En el tesoro mitológico mapuche se destaca el mito de la creación relacionado con la historia de la lucha entre las serpientes míticas Tren-Tren y Kai-Kai Filu. En las ceremonias mapuches poseen destacada participación las machis, las sacerdotisas. Ellas tocan el cultrún. Un instrumento ancestral, mágico, simbólico. Su simbolismo es aquí sagazmente desplegado por la escritora y poeta patagónica Alicia Carballo (muchos de cuyos escritos pueden ser visitados en la página www.zoolook.com.ar ).  La cruz en el cultrún mapuche nos otorgará el don de navegar entre nuevas aguas de un sol cultural que irradia rayos distintos a los nuestros.

 

La cruz compuesta es el símbolo pintado con tinturas o con sangre de algún animal sacrificado sobre la membrana del cultrún, instrumento de percusión membranófono que es de exclusivo uso del chamán mapuche (machi).
Está inscripta en la membrana circular del cultrún y tiene múltiples significados íntimamente relacionados.
Según una interpretación, las cuatro demarcaciones que resultan de los brazos mismos de la cruz son los puntos o direcciones cardinales y determina en el área del círculo lo que los mapuches llaman Meli Huitran Mapu (tierra de los cuatro lugares), o Meli Esquina Mapu (tierra de las cuatro esquinas), o Meli Changquiñ Mapu (tierra de las cuatro ramas).
El signo repetido cuatro veces entre los brazos de la cruz representa al sol en los cuatro tiempos del año o estaciones y en las cuatro fases de un día: sol del amanecer, sol del mediodía, sol del crepúsculo y sol oscuro bajo la tierra.
A cada esquina del mundo o punto cardinal se le asigna un elemento: el aire al Norte, el agua al Oeste, el fuego al Oriente y la tierra al Sur.
Los remates curvos de los extremos de la cruz son las fases principales de la luna. Trazando las bisectrices de los ángulos rectos, el círculo queda dividido en cuatro sectores circulares, dentro de los cuales el doble trazado de la cruz determina siete espacios. Esos siete espacios corresponden a los siete días de la semana (imagen 1).
Cuatro sectores circulares iguales determinan un mes lunar de veintiocho días. El año lunar resulta multiplicando esos veintiocho días por trece, múltiplo que se obtiene por la adición de los doce extremos de la cruz lunada, más el círculo central (imagen 2). De este modo se obtienen 364 días, a los que hay que agregar la unidad del punto central para obtener los 365 días del año solar.

 

La presencia del calendario de la luna en el cultrún procede del carácter lunar del arte chamánico mapuche, pues ella es la que preside la fertilidad de la tierra, el nacimiento de los seres humanos, determina el sexo, impulsa la procreación animal y da vida, bienestar, salud y buena fortuna.
Por esta razón a las machis se les llama nguenküyen (señoras de la luna) y el Machitún (ceremonia de curación) se realiza siempre de noche.
Desde el punto de vista de la mitología, esas cuatro fases de la luna son también los cuatro espíritus o dioses lunares invocados en los nguillatunes y machitunes, según la estructura cuaternaria del panteón mapuche.
Según otra interpretación, los remates curvos de la cruz representan el relmu (arco iris), que tiene una especial significación para el hombre antiguo porque surge de la conjunción de la luz solar y la lluvia, es decir, de la armonía de dos contrarios, lo que lo hace un signo muy propicio.
En los nguillatunes (rogativas), el mapuche pide al cielo la lluvia y el buen tiempo, los que son simbolizados por una bandera negra y una blanca respectivamente.
La coexistencia de la lluvia y la luz solar en un instante excepcional indica el paso del tiempo lluvioso al tiempo claro y representa la síntesis de esos contrarios: la armonía cósmica o el equilibrio de lluvia y bonanza. Cuatro arco iris situados en los puntos cardinales u horizontes, significan la armonía cósmica establecida en los cuatro lugares de la tierra.
En un sentido mitológico, esos cuatro arco iris son también los cuatro espíritus o familias de espíritus de los puntos cardinales que presiden la acción de las fuerzas naturales, determinando las condiciones climáticas. Se ha dicho, por esto, que el arco iris es la bandera del Señor (Ñidol) enarbolada por los Meli Huitrán (dioses de los cuatro lugares).
En lo que al arco iris se refiere, hay un diseño del cultrún en el que al centro de la membrana se ubica una estrella de cinco puntas y sobre ella, en el borde superior del cultrún, un arco iris formado por tres bandas de color azul, amarillo y verde. En este diseño, el azul representa el cielo (huenü) y se sitúa en la banda exterior, en el borde mismo de la membrana del cultrún. El amarillo representa al sol o la luz del día (Antü) y se sitúa en la banda central. El verde representa a la tierra (Mapu) y se sitúa en la banda inferior del arco.
Este arco iris abreviado expresa la armonía cósmica como el perfecto acuerdo del cielo con la tierra por el influjo de la luz divina, en cuanto la divinidad suprema tiene su milla ruca (casa de oro) en el sol, fuente de vida.
La estrella roja de cinco puntas no es otra sino el planeta Venus o Lucero (Guñelve, en lengua mapuche).

En otro diseño aparece alternada con la swástica, en una policromía de rojo y azul.
La posición de la estrella en dos campos opuestos alude, sin duda, a la evolución de Venus en la bóveda celeste, por la que se transforma de lucero de la tarde en lucero de la mañana y viceversa, y al ciclo en que el planeta Venus se desplaza y vuelve a un mismo punto inicial de observación.
Se sabe que los movimientos de Venus eran conocidos por los sabios aborígenes antiguos, pues lo corroboran recientes investigaciones sobre el significado de los signos de la cerámica ceremonial.
Resumida de este modo la escasa información recibida de fuente aborigen, se hace necesario considerar el símbolo de la cruz inscripta en el círculo en el contexto de la tradición simbólica universal.
Se pensará tal vez que no es posible extraer de este símbolo conclusiones allende lo que la cultura mapuche autorizaría. En respuesta a esa posible objeción, se debe tener presente que en esta etapa de las investigaciones en ciencias humanas puede afirmarse que no hay mundos culturales cerrados, de manera que todos los símbolos antiguos obedecen a patrones provenientes de una tradición sapiencial al parecer única. Esto se puede comprobar por la similitud de formas y funciones que todos los símbolos antiguos van presentando a medida que se retrocede en el tiempo hacia la antigüedad más remota.
La cruz compuesta del cultrún mapuche no presenta ningún elemento extraño a la tradición simbólica universal y en sus líneas fundamentales puede ser considerada como un símbolo construido conforme a patrones comunes a todos los pueblos. La simbología universal, en cuyo contexto es analizado este símbolo, lejos de contradecir las informaciones de fuente aborigen y las conclusiones que pueden extraerse de la mitología y de los textos de las plegarias, las confirman, las completan y las desarrollan.
La cruz inscripta en el círculo es un símbolo cuyo significado surge de las instancias mismas de su construcción, ya que el círculo fue considerado por todos los pueblos antiguos como la forma geométrica perfecta, imagen misma del ser supremo, del gran todo o del absoluto.
Su relación con el sol es evidente en forma y significado, pues este astro es el que mejor representa al ser supremo como fuente de vida y de luz.
Las propiedades que hacen de él la forma geométrica perfecta son la regularidad y la totalidad.
La regularidad (simetría) implica unidad, en oposición a la irregularidad, que implica diversidad. La regularidad absoluta es aquella que no reconoce partes y sólo el círculo es regular en ese sentido absoluto. En el círculo, a esta propiedad que es común a todos los polígonos regulares, se le agrega la de totalidad porque, al no admitir complemento, es símbolo del infinito, es decir, del gran todo o gran uno.
Ahora bien, para dibujar la cruz es preciso visualizar el centro, es decir, el punto que se halla a igual distancia de todos los puntos de la circunferencia.
La sola visualización de ese punto, le da una determinación nueva como una forma mínima que, dentro del círculo, representa la unidad o primera semilla de la manifestación.

La instancia siguiente es el diseño del brazo horizontal y vertical de la cruz, que representan tradicionalmente el principio materno o receptivo y el principio paterno o creativo del universo. Estos dos principios, fundamentos dinámicos de todo lo creado, son los que en la tradición china toman los nombres de Yin y Yang, representados en el conocido símbolo clásico.
Se sabe, no obstante, por la más remota tradición, que el signo de la cruz fue instituido muchos milenios antes de este evolucionado diseño clásico y constituyó la más antigua representación simbólica de la dialéctica universal, como puede apreciarse en la siguiente cita de un texto del historiador chino Tchui Hi, de la dinastía Song:
“Fue el emperador Hien Yuen Chi, quien unió dos trozos de madera, uno horizontal y otro vertical, para honrar al Altísimo, es decir, instituyó el signo de la cruz como símbolo de la unión del principio creativo y del principio receptivo del universo. El nombre de este soberano proviene de las palabras que designan los brazos Este-Oeste y Norte-Sur de la cruz, que son Hien y Yuen”.
En cuanto al origen de la cruz del cultrún, nada puede saberse con precisión, salvo que presumiblemente su diseño data de una época muy anterior a la radicación del pueblo mapuche en Chile. No obstante, los pueblos primitivos de América no pueden haber visto en el símbolo de la cruz otro significado que el ha tenido para todos los antiguos, lo que puede rastrearse en algunos cantos de la machi que, refiriéndose a los brazos de la cruz, los llama padre y madre:
Tengo
mi cultrun.
Tuya es su madera.
Tenlo siempre presente.
En el espacio vacío
en la tierra
me están diciendo
dos veces la madre
dos veces el padre antiguo.

 

Los dos últimos versos se refieren a la característica duplicación de los brazos Norte-Sur y Este-Oeste de la cruz del cultrún (aunque excepcionalmente se encuentran cruces simples).
Esta dualidad se aviene con la denominación empleada por los mapuches para designar al ser supremo como Fucha Chau (padre anciano) y la Cushe Ñuke (madre anciana), forma mítica de aludir a la dialéctica universal del principio creativo y receptivo del universo y a su acción en el tiempo.
Dichos nombres suelen ser más complejos y variados; así, por ejemplo, el anciano y la anciana son nombrados como Huenu rey Fücha (anciano rey en lo alto del cielo) y Huenu rey Cushe (anciana reina en lo alto del cielo). La palabra “rey” corresponde a una transculturación, pero no altera el sentido original de estas antiquísimas denominaciones religiosas.
También suele llamarse a esta pareja Fücha Chachai (esposo padre) y Ñuque Papai (esposa madre), o se agrega a dichas denominaciones el nombre genérico de Ñidol (supremo). Otra denominación usada es Nguenechén (señor de los hombres, dios).
Se debe tener presente, sin embargo, que hay discusiones en torno al tema de la denominación y naturaleza de la divinidad en la religión mapuche por las muy variadas y aparentemente contradictorias informaciones entregadas por los mismos mapuches, o que parecen tales por una incompatibilidad de lenguaje que sólo se aclara cuando el investigador se sintoniza con el enfoque mítico de la cosmovisión aborigen.
La denominación y naturaleza de la divinidad es uno de los puntos más oscuros, entre otras razones porque la evangelización, con todos sus supuestos filosóficos y teológicos, intervino en la cultura mapuche y alteró sus originales formas de expresión religiosa, al punto que hasta hoy no es posible formarse una idea clara sobre este aspecto.
En todo caso, la denominación dual de la divinidad es, sin duda, la más antigua; al igual que la cruz en el círculo, se emparenta con antiguos arquetipos sapienciales del extremo Oriente de Asia.
Este parentesco es más estrecho aún, si se considera que el esquema dialéctico del Yin y del Yang chinos no es completo a menos que sea visto en su evolución dinámica a través del tiempo, constituyendo un cuaternario o doble pareja, como puede apreciarse por sus representaciones lineales prehistóricas.
En él cada principio de la dialéctica tiene dos formas de representación: una antigua y otra joven, lo que insinúa una personificación mítica tal vez más antigua.
Este esquema parece tener su equivalente mítico mapuche en el cuaternario formado por la pareja de ancianos ya mencionada y otra de jóvenes que, junto a ella, constituye el cuaternario supremo.
La segunda pareja está constituida por un hombre joven dios y una joven doncella diosa, a los que se agrega, en ciertas invocaciones, el apelativo de renovadores, como se da en el I Ching al Yin y al Yang jóvenes.
En lo que se refiere a las representaciones lineales del Yin y del Yang, se advierte claramente que ellas proceden de la descomposición de la cruz instituida antes por Hien Yuen Chi, pues el trazo entero del Yang y el trazo quebrado del Yin, no resultan sino del acoplamiento del brazo vertical y el horizontal de la cruz, el cual debe ser abierto o perforado por el que representa la fuerza activa descendente.
Lo anterior tiene una clara connotación sexual, en cuanto el sexo masculino es una vara y el sexo femenino es una abertura, y constituyen la más directa y patente concreción de ambos principios en el mundo visible.
Asimismo, se advierte claramente que la pareja del Yin y del Yang jóvenes, y del Hueche Huentru y Ulcha Domo, corresponden a la proyección de los principios fundamentales de la dialéctica en las creaturas.
De esta manera, la relación que hay entre la expresión vieja y la joven de cualquiera de los principios es la misma que hay entre estos y sus respectivas manifestaciones cósmicas, tales como cielo y tierra, hombre y mujer, fuego y agua, día y noche.
Por eso se dice en el I Ching que la pareja Yin y el Yang viejos es estática y que la pareja joven es dinámica. Esto, naturalmente, no está explicitado en la sabiduría mapuche, sino que persiste como la expresión de una verdad mítica, pero podría ser el origen de la duplicación de los brazos de la cruz en el cultrún.
La cruz en el círculo constituye una representación de las dos primeras instancias de la creación, las cuales son la unidad o simiente única del mundo y la dualidad de los principios receptivo y creativo. Unidos en la cruz, ambos principios generan el movimiento creador. El punto de conjunción o acoplamiento, que coincide con el centro, suele ser destacado con un círculo pequeño, para indicar que allí está el punto de generación y expansión de la fuerza creadora. (*)
(*) Fuente: Artículo editado originalmente por Alicia Carballo en la página

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