por María Beatriz Gentile * –

En Argentina el 83 % de las explotaciones agropecuarias posee sólo el 13 % del territorio. Habrá que pensar cuando se insista en hablar del país rico “granero del mundo”, porque seguro éste existe en la foto de algún álbum de “familia” pero a los ojos de quienes caminan y siembran es sólo una ilusión.

El periódico The Wall Street Journal en diciembre del 2016 concluía que en Argentina mientras “el desempleo se mantiene vigorosamente alto y la producción industrial está vapuleada”, el ganador del primer año de gobierno de Mauricio Macri se ve en “las verdes pasturas que alguna vez hicieron al país rico”.

En consonancia con ello la Bolsa de cereales de Buenos Aires difundió que los números de ese año resultaron positivos para el sector ya que los precios de los cultivos subieron a nivel local, los costos bajaron, aumentaron los valores de la tierra y mejoraron los de comercialización de la carne vacuna.

Sin embargo toda esa bonanza no se trasladó al resto de los sectores de la economía; y así lo expuso el informe de la UCA al afirmar la existencia de 1, 5 millones de nuevos pobres y de 600 mil nuevos indigentes.

La razón por la cual es difícil aceptar la máxima de que “si le va bien al campo nos va bien a todos” a veces resulta menos de índole ideológica que histórica.

En sus orígenes el sistema colonial en América tuvo por objetivo obtener la mayor cantidad posible de metálico con el menor desembolso de recursos por parte del Imperio. ¿De qué manera pudo lograrse que las tierras que producían oro y plata suficiente para revolucionar la economía europea estuviesen crónicamente desprovistas de moneda? Manteniendo alto los costos de comercialización entre España y sus Indias y recaudando para la Corona altos impuestos.

El resto de los sectores de la economía quedaron al margen de la circulación monetaria, pero para hacendados y mineros –a quienes la conquista había hecho dominantes en la colonia- hubo otras recompensas: tierras y hombres. Lo que hizo del área de mesetas y montañas de México a Potosí el núcleo de las Indias españolas, no fue sólo su riqueza minera sino también la presencia de poblaciones indígenas cuya organización anterior a la conquista posibilitó su dominación y utilización para la economía. Estas poblaciones fueron el botín de los conquistadores y sus herederos  y sobre esa base se asentó  un modo de vida señorial que conservó rasgos  contradictorios de opulencia y miseria.

La plantación esclavista, la hacienda con trabajo servil y la estancia con trabajo asalariado fueron las tres unidades productivas que modelaron la sociedad y la economía de estos países y a las que el historiador Waldo Ansaldi llamó  “cárceles de larga duración” por sus múltiples derivaciones en nuestra cultura política.

El papel del Estado respecto a condicionar el desarrollo del capitalismo agrario del siglo XIX,  fue selectivamente decisivo. Fue eficaz en implementar mecanismos para transferir las tierras de las comunidades campesinas al sector privado; pero se tornó ineficiente  en el aspecto fiscal. Mientras en Europa la recaudación de impuestos era un ámbito de disputa entre Estado y terratenientes, en Hispanoamérica se delegó esa función a los señores de la tierra y eso les posibilitó  obtener servicios laborales de los trabajadores rurales en pago de sus impuestos.

El siglo XX trajo transformaciones profundas, sin embargo el intento por regular  la actividad  fue la piedra de la discordia que enfrentó en más de una oportunidad al sector exportador con diferentes gobiernos.

En la actualidad, sea por intereses de clase o por gobernabilidad, se decidió levantar las retenciones sobre la actividad exportadora como estrategia para llegar a la “pobreza cero”, cosa que evidentemente no ocurrió.

El desigual acceso a la tierra es una de las variables que el reciente informe de la ONG Oxfam ha tomado para explicar la generación de pobreza en América Latina, donde el 1 % de las estancias más grandes acapara la mitad de la tierra productiva destinada a bienes exportables. En Argentina el 83 % de las explotaciones agropecuarias posee sólo el 13 % del territorio.

En todo esto habrá que pensar cuando se insista en hablar del país rico  “granero del mundo”, porque seguro éste existe en la foto de  algún álbum de “familia” pero a los ojos de quienes caminan y siembran es sólo una ilusión.

Fuente: Va Con Firma

(*) Quien escribe esta nota tiene 30 años de docencia universitaria, fue Secretaria Académica de la Facultad de Humanidades, Vicedecana y actualmente Decana de la misma Facultad.