Tendría cincuenta años, camino a cumplir los 51 en Septiembre. Pero lo mataron a los Cuarenta.

Tenía dos hijas, chicas, Ariadna y Camila,una en la primaria y una en la secundaria. Y una Mujer, Sandra, que siguió siendo su compañera en los años amargos de su ausencia.

Había nacido acá nomás, en Junín, pibe de campo, se crió en una casa humilde y calentita, con olor a leña.

Y fue niño en una escuela como tantas, con cuadernos, mate cocido y bolitas en los recreos, acá en la Cordillera, en el sur de la Provincia.

Le puso empeño, y se fue a hacer la secundaria a Neuquén, al Industrial General Torres. Técnico químico decía el título, orgullo para la familia.

Le gustaba la química. Y veinte años después se recibió de Profesor. Empezó a dar clases de Química en el CPEM 69, en el Oeste neuquino, lejos de la ostentación presuntuosa de la cara maquillada que nos muestra la Capital.

Buen tipo. Los compañeros lo habían elegido delegado. Los pibes lo eligieron “rey”, por ser el “mejor Profesor”.

No había tenido vida de rey. Tuvo que trabajar de todo lo que pintara antes de poder estudiar y recibirse,  en un laboratorio, en un supermercado, en un hangar, en una radio y en una fábrica de jugo, y en la combativa UOCRA neuquina de los 80, según nos dicen. Y haciendo changas varias para sumar unos pesos para la familia, cuando el trabajo pintaba inestable,  había que pelearla en la vida.

Estaba en Arroyito, en la Ruta, con sus compañeros. Peleándola contra un Gobernador cobarde que las quería ir de guapo. Jorge Sobisch, un miserable.

Se hacía el malo con los maestros, “no me van a torcer el brazo”, cacareaba fuerte, para que lo escuchen por todos lados.

Se quería mostrar, se postulaba para vicepresidente de Macri. Mano dura, quería mostrar.

El tiempo le enseñó al socio que era mejor sacarse el bigote, bailar como monigote y tirar globitos. Otro camino. La misma cosa.

Y Sobisch mandó un montón de policías a la ruta. Y carros, perros, armas, hidrantes, balas de goma, gases lacrimógenos. Y estaban cebados. Fue el comisario Mario Rinzafri, máximo responsable del operativo represivo en Arroyito el que apuró, ” se van por las buenas, o se van por las malas”

Se levantó el corte, las maestras y los maestros iban caminando para Senillosa, salían de la Ruta, se metían en la YPF y trataban de evitar las emboscadas. Se iban subiendo a los vehículos con bronca y amargura.

Carlos Fuentealba se subió en el asiento trasero de un Fiat 147, ACM-169. Poblete veía bien la patente de atrás. Desde atrás, bien cobarde.

La policía iba atrás en el repliegue. La caravana iba hacia Senillosa. Pero los perros empezaron de nuevo, sin aviso, las camionetas policiales se adelantaron a la caravana, y empezaron de nuevo.

Y Poblete, del GEOP, y otros varios policías descargaron su miseria.

Y tiró desde dos metros una granada Towers al 147. Miró bien. El tiro rompió el vidrio. Le dio en la nuca a Fuentealba. Le hundió el cráneo.

Fuentealba aguantó dos operaciones. Pero no pudo seguir aguantando, ver a sus hijas a la vuelta.

Hoy se cumplen diez años de su crimen. Y Poblete fue a juicio. Como si fuera él solo.

Y los otros policías, y Rinzafri, y Jorge Sobisch libres. Zafando de todo. Ya van a caer.

Y Carlos Fuentealba, el pibe de campo, el estudiante, el trabajador, el Profe, el militante, el “rey de la escuela”, el maestro, con la vida trunca. Y se dice Presente. Y está muy bien, pero duele. Y da bronca.

Da bronca la ausencia. Da bronca la impunidad.

Y Sandra demostró en estos años que la bronca no puede ser pena. Que la tristeza puede ser lucha y dignidad.

Y que en consignas, en pancartas, en memorias, en dignidad y en mandato, Carlos Fuentealba está ,Presente!