Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XXX.

Cada tanto, agobiado por el frenesí cotidiano de las calles urgentinas, me acerco al pie de las montañas y me dejo llevar por las corrientes térmicas y dinámicas. Mientras voy elevándome en lentos círculos, sólo impulsado por un aliento invisible, sólo sostenido por mis plumas grises, se desprenden de mí las voces, los ruidos, los fragores del país.

Recién cuando comienzo a notar que el horizonte esboza un arco, miro hacia abajo. Entre uno que otro retazo de nube, alcanzo a advertir macizos irregulares pardos, verdosos, acerados. Las sombras que se deslizan sobre toda superficie son el único movimiento visible desde la altura. Más que nunca, la singularidad del país se disuelve en una indiferenciada bruma.

No hay espejos aquí arriba que devuelvan esta imagen a los que allí abajo pretenden deslumbrar con sus fugaces esplendores, sus brillos ofuscados, su importancia.

 

XXIX.

En Urgenta, un paro es considerado la mayor infamia, el peor de los crímenes, el más repudiable atentado. Algunos solemnes catedráticos lo señalan casi razonablemente como un acto que va en contra de la naturaleza misma del ser urgentino.

Por eso, desde los tiempos felices de la Colonia, aquéllos que osan parar son expuestos en picotas, cadalsos y patíbulos para ser cubiertos de vituperios y escupitajos por la ofendida plebe. Es curioso observar que el arsenal de invectivas y violencias es alentado -y en algunos casos provisto- por los agentes del poder oficial.

Es una rara experiencia asistir a estas ejecuciones, en las que miles de espectadores descargan sus heces reales y simbólicas sobre tan insensatos terroristas, encarnando vivamente la proclama que reza: en Urgenta nadie para.

 

XXVIII.

El cromo es la moneda nacional de Urgenta. Sin ser el metal más precioso es en este país el más preciado. Pues de cromo son los corazones heroicos de las máquinas más y más veloces. Puro reflejo de lo opuesto, el cromo es la exaltación de lo superficial. Su terso engaño oculta toda profundidad, e impide atisbar alguna posible verdad interior, si la hubiere.

Por eso también, los urgentinos más forrados en cromo son a quienes menos tocan la luz del día y el frío de la noche. Algunos de ellos, de tan cubiertos de cromos, ya no parecen humanos.

 

XXVII.

Periódicamente, los más veloces arrollan a los más morosos, en lo que el sentido común urgentino pretende ver su propia “selección natural”.

Según las temporadas, tendencias regionales o disponibilidad, varía el objeto al que se le pasa por arriba: mujeres, mujeres con niños, mujeres mayores de edad, mayores de edad, escolares, ciclistas lentos, observadores de aves y otros distraídos… La lista es generosamente amplia, pues las oportunidades de llevarse puesto a alguien se renuevan cada día.

En Urgenta la vida del lerdo no vale nada. Una vez montados en todo tipo de vehículos, urgentinas y urgentinos se pasan raudamente unos a otros, todo el tiempo. Así que el que marcha sin la correspondiente celeridad es visto y tratado como un obstáculo.

Así y todo, cada tanto aparece alguno que encuentra absurdo el ubicuo y permanente estado de competición y simplemente se aparta y deja paso al rápido que se le echa encima. Esta abstención es tan rara que a sus escasos practicantes se los conoce como cuervos blancos. Rarezas muy difíciles de ver en este rico país.

XXVI.

Los pequeños más urgentizados asoman sus inocencias, más veloces y voraces que los grandes.

En este país, la niñez también es una edad de contemplación y pastoreo regulado por prejuicios y saberes instalados por los supuestos mayores responsables.

La eficaz transmisión del vértigo urgentino va de padres a hijos y las madres del país hacen lo suyo.  Si bien el apuro infantil es universal, en Urgenta los prodigios abundan y, claro está, compiten entre sí desde chiquitos.

 

XXV.

Las gentes más humildes de Urgenta están libradas a una suerte más bien perversa. Hoy no diré nada de los adultos, y apenas va esta nota para los jóvenes de la ancha base social, ésa que no lleva la misma marcha de los de allá arriba.

A estas multitudes infantojuveniles les pintan un escaparate burlón, que incluye princesitas de fantasía, astros peluqueados del deporte, choferes de autos de otros, divas de barrio camoufladas de caribe. Es muy amplia la gama de la humillación.

Y al marginal también se le dedica un modelo formateado en pantallas de un presunto más allá: el más auténtico de los pibes chorros del país porta cadena y sudadera de un norte que le está vedado, también.

Cuando en la noche sobrevuelo estas tristezas, de momento aliviadas por el sueño o la ebriedad, se me pianta un inútil lagrimón.

 

XXIV.

Vista la compulsiva prisa que agita el curso de la vida en Urgenta, podría suponerse que es ésta una sociedad intrínsecamente revolucionaria. Mas semejante presunción no hace más que ahondar la perplejidad y el desaliento ante la comprobación -que va del plano cotidiano al histórico- de estar ante una sociedad esencialmente retrógrada.

Advertido por sapientes consejeros, el Príncipe ungido, aquel que quiere pasar a la posteridad como El Más Rápido de Todos, se propone satisfacer ese impulso al retroceso, y alcanza niveles de vértigo al restaurar los poderes más rancios o avanzar un poco más sobre el patrimonio común o archivar cualquier atisbo de emancipaciones y derechos.

Aquí se observa un ritmo trepidante y una velocidad de proyectil. Lo que no se observa es aquel abismo donde todo falta (ver XVII), al que con igual celeridad se precipita Urgenta, a toda marcha atrás.

 

 

XXIII.

Una de las escuelas de pensamiento más frecuentadas en Urgenta es el llamado alterismo.

Según el confortable conjunto de ideas que esta escuela ampara y promueve, el Otro, que en el registro cotidiano no existe, es al mismo tiempo el responsable de todos los flagelos que azotan al rico país de los amargos.

Con sencillez y pragmatismo, se resuelven así los molestos pruritos de conciencia y se direccionan las políticas de seguridad, todo en una sola operación de sentido.

Gracias al alterismo, la parte buena de la sociedad -la más genuinamente urgentina, por supuesto- puede vivir sin ver ni oir y mucho menos oler o tocar al Otro, del que pasan a ocuparse las Instituciones del Orden y los Medios de Calificación y Escarnio. Una síntesis perfecta que no se deja confundir por absurdas ecuanimidades, humanismos y débiles raciocinios.

 

XXII.

Prerrogativas. Privilegios. Prebendas. Los urgentinos sufren una insanable debilidad por todas las formas de obtener una ventaja diferencial, por mínima o aparente que fuere. Adoran hasta lo enfermizo esas claves de acceso excluyente que los haga ver -a veces sólo a sus propios ojos- por encima y delante de los demás, a quienes pasan a mirar, y aún a tratar, con sobradora suficiencia.

Tal vez no sea éste, podría decirse, un rasgo endémico de Urgenta, pero aquí pueden hallarse muestras desmedidas de este padecimiento: el mismísimo Príncipe ungido exhibe sin pudores su notable capacidad de acumular mercedes y regalías a expensas del común erario.

Algunos urgentinos mascullan por lo bajo su disgusto hacia el colmo de deslealtades del ungido, pero muchos otros se admiran y hasta se ufanan de ser aventajados con tan alegre desparpajo.

 

XXI.

Entre los tabúes más arraigados en Urgenta, el que tal vez constituye un pilar del carácter y hasta la cultura de sus nativos, es el No Dejarse Pasar.

A tal punto es inherente al ser nacional que es compartido por ricos y pobres, caballeros y damas, bien montados y de a pie a lo ancho y muy largo del territorio.

Es pues el espanto a verse rebasado por otro más veloz o más potente el que impulsa hacia delante al urgentino de bien, provocando esas interminables colas de impaciencia y no pocas colisiones porque nadie, ni en su peor día, soporta dejarse pasar. Ah, no.

 

XX.

El medioevo urgentino también gusta de oscurantismos, prohibiciones y mordazas. Con extraordinaria premura, el Ungido príncipe del rico país dispone vetos y restricciones con gesto adusto y fingida preocupación.

En verdad, todas sus podas y quitas caen sobre los pasmados aldeanos de Urgenta, mientras la familia, los aliados y hasta los sirvientes directos del Ungido reciben prebendas desmesuradas y lujos excedentes. Nunca fue tan liberal el mundo para colmar el insaciable apetito de los señores y las señoras del país, pobres gentes que padecen una necesidad permanente de elixires y carruajes de la más alta gama.

Si este cronista fuese malicioso podría entregarse a un cálculo de suma y resta elemental: todo aquello que el Ungido le priva a los muchos muy sufridos villanos va a concentrarse en los pocos muy aventajados pares urgentinos.

 

XIX.

Alguna vez, mucho antes que estas tierras fueran conocidas como Urgenta, hubo sobre ellas, y por debajo y en sus anchos cielos, unas fuerzas elementales, implacables, que se imponían sobre los pueblos paleolíticos.

Tales fuerzas no calificaban, ni lo pretendían, como dioses propiamente dichos. Pocas de ellas podían ser siquiera representadas en toscas tallas o ingenuas alfarerías. Acaso lo más aproximado a un retrato de estas entidades pueda hallarse en alguna remota abstracción rupestre, síntesis de la incertidumbre que vela el panteón de deidades ancestrales.

Con la llegada de los primeros colonos, quienes constituirían el sedimento de la urgentinidad, el campo espiritual pasó a ser dominio del monoteísmo en todas sus formas.

Al alcanzar su apogeo la pulsión feudal que modela la sociedad urgentina hasta el presente, se fueron acomodando las creencias y posturas espirituales en una fusión de dogmas que proclaman la compasión y practican el egoísmo, que condenan el materialismo y rinden culto a la concentración, que cubren con horror las vergüenzas de la carne y encienden velas a la codicia.

Resulta inexplicable que algún dios, antiguo o posmoderno, no los fulmine.

 

XVIII.

Ya que la asimilación de la verdad es lenta y trabajosa -y a no pocos les produce dolor-, en Urgenta se ha optado por aceptar, valorar y hasta reproducir la mentira.

El ritmo febril -que no febril- de la vida urgentina halla insoportable la morosidad de lo verdadero en abrirse paso. Lo falso, en cambio, ya se sabe que lo es, y a este notable mérito le suma colorido, fantasía y lujo de detalles al gusto.

¿Quién extraña lo cierto si tiene al alcance lo escabroso? ¿A quién le importa ser veraz si basta con fingir ser verosímil?

Este escamoteo de la realidad ha alcanzado en Urgenta tal nivel y magnitud que podría considerarse su verdadero (sin ironía) sistema económico, su modelo social y su proyecto político.

 

XVII.

Con la obsesiva prisa que obliga a seguir un mandato demencial, el Ungido Príncipe de Urgenta lleva la marcha del país a un ritmo de vértigo fantástico.

No lo bastante lejos, el horizonte se corta abruptamente en un abismo donde, de pronto, todo falta. No hay piso allí, ni siquiera fondo, ni luces ni asidero. Es sólo, simple y crudo, el lugar de la caída.

Impulsado por el implacable afán que parece poseerlo, inspirado por una visión agónica que insiste en proclamar transformadora, el Príncipe clava el rumbo hacia el abismo, y apura el paso de su baile. Algunos urgentinos calculan y muchos otros se lamentan. Ya nadie se divierte.

 

XVI.

Millones de focos de infección se encienden en Urgenta, cada día, cada noche. Casi no hay sitio donde sus brillos y fantasmagorías no encandilen a otros tantos incautos. El flujo tóxico que emana de esas luces es continuo y encuentra poca resistencia, o más bien todo lo contrario: sus víctimas pagan por ser a diario envenenados.

Así, puede verse la expansión de este dispositivo de miedo y aturdimiento multiplicarse hasta cubrir casas, aldeas y ciudades del país, hasta volverse una dimensión idéntica a su territorio, y gran parte de los urgentinos y urgentinas la dan por verdadera. Esta pesadilla enfermiza y chillona ocupa en el espacio de cada uno el lugar que alguna vez fue de los sueños.

 

XV.

Sin dudas no son los únicos, pero los urgentinos, más que tener un alto concepto de sí mismos, prefieren sentirse superiores a los demás.

Especialmente, hallan muy de su gusto marcar diferencias a su favor respecto de chichimecos, borjas, paracas y todas esas naciones de tez color del suelo y pelo renegrido, tan abundantes en el subcontinente que fuera colonia -ay- de los reinos centrales del Mundo.

Persuadidos de pertenecer a una condición extraordinaria, muy capaz y refinada, los naturales de Urgenta actúan con sus semejantes de acuerdo a cierta escala que expresa diversos grados de discriminación racial. Así, los petisos aindiados son tratados como peones y sirvientes, los mestizos oscuros como mayordomos y los que evocan cualquier perfil europeo o del cercano oriente son considerados pares.

Sólo los muy claros, con ese característico brillo acerado en la mirada, merecen ser vistos por los urgentinos como superiores.

 

XIV.

Acotado por esa sombra en ciernes, quien gobierna en Urgenta lo hace siempre con apuro.  La ambición presiona tanto como la necesidad, y eso obliga al supremo mandamás urgentino a forzar los tiempos, Si no fuera una falta de respeto, podríamos decir que en este país la revolución es permanente, ya en un sentido, ya en otro.

Algunos plumíferos que conocen la historia del país dicen ver con claridad el movimiento de un péndulo, que va de la sonrisa a la mueca amarga para los unos y los otros, desde los tiempos de la colonia.

Ese ir y volver de lo popular a lo excluyente, del carnaval al coctel, de la polvareda al cristal sabe ponerse extremo, y en aquellos días en que mi errático vuelo me llevó hasta las tierras de Urgenta acababa de acceder aquél Príncipe presuroso como pocos, aún para la rica tradición del país.

Con un afán rayano en la desesperación el hiperejecutivo mandó a arrasar con todas esas precarias construcciones que, en forma de villorrios, leyes o derechos, entorpecían su plan de estampa medieval.

Un castillo o mansión feudal que se precie debe estar sólo rodeada por prados y montes ubérrimos, donde sólo pastan los ganados suculentos y laboran mansas gentes sólo agradecidas.

 

XIII.

Una sombra de negrísimo extravío comenzó a cubrir los cielos de Urgenta.

Vista la incapacidad manifiesta del ungido y su corte de enmascarados para lograr prodigios mucho más módicos que gobernar la atmósfera, hubo que suponer la intervención de factores superiores para explicar la oscuridad creciente y el acecho del mal tiempo.

¿Acaso lo rematadamente impío del sino reinante fue lo que volvió a despertar aquélla tan mentada ira de los dioses? ¿o tal vez, por el insistido apego a concentrar en un solo dios todos los malos humores, se avecinaba otra temporada de plagas devastadoras? En todo caso, la amenaza cernida sobre el horizonte del Principado parecía, claramente, remitirlo a un pasado remoto, cargado de presencias mitológicas y salvaciones sacrificiales.

Para Urgenta, para sus buenas y fervientes almas, este abismo de retroceso es aún más terrorífico que la tiniebla misma.

 

XII.

Acaso fuera por eso que el espléndido Principado de Urgenta se mostraba entonces bajo un clima de energía avasallante, definitiva, impulsando su marcha con un vértigo superior al conocido, lo que ya es decir.

Este Príncipe había sido ungido por la carcamancia residual que aún defendía feudalismos, prebendas y encomiendas coloniales, concentrada en altísimas Cortes portuarias, palacetes campestres y clubes del progreso. La multitud de aspirantes a ABC hizo el resto.

Una vez impuesto al optimista pueblo urgentino, a favor de esa pretensión monárquica urgentina (ver III), el entronizado se lanzó a exagerar todo: su euforia, su triunfalismo, su cruel ineptitud, su ilimitada indulgencia hacia sí mismo.  Si pudiese uno salir del asombro, tal vez se hubiese conmovido ante tal principesco candor.

 

XI.

Son tiempos, como siempre, nunca vistos. Aquí, donde supo radicar un núcleo histórico de una región histérica pero con pretensiones de república ejemplar, hoy luce unos esplendores de artificio un presunto Principado. De tanto venerar un medioevo de estampa, el rico país de los amargos se cristaliza en pretensión de reino. No cualquiera instala un enclave político con rasgos del siglo VIII en un continente que todavía se debate en emancipaciones del XIX. Originalidad de la que Urgenta puede jactarse, y ciertamente, lo hace: allí está, reluciente, casi dorado, el Principado asienta sus plenos poderes sobre la franja central del país, la más rica y jugosa, y extiende día tras día su influencia hacia los rincones más remotos de su desmesurada geografía, más allá de los desiertos, serranías, esteros y cordilleras.

A los nobles fines de expandir este reino de opulencia y selectas felicidades, el Príncipe cría, alimenta y echa a volar cada mañana unas bandadas que graznan y graznan de alegría, sin descanso.

 

X.

Urgenta se ufana con sobrada razón de sus recursos energéticos: ríos prodigiosos, vientos incesantes, vastedades minerales y fósiles que sólo aguardan ser empleadas para mover las mil ruedas de la velocidad. Nada ni nadie puede demorarse ni -horror supremo- detenerse.

Toda clase de ingenios y maquinarias transforman los fluidos, gases y cascotes del subsuelo en impulsos y combustiones, y la vida misma se pasa en sostener bien alto, siempre arriba, el ritmo del agitado corazón urgentino.

 

IX.

En Urgenta, se ha dicho, es una pulsión hacer ostentación de las altas mansiones, de los carruajes más fantásticos, de las enormes extensiones del poder y la gloria, pero siempre con un tono de lamento, con un rictus de fastidio y hasta de enojo.

No hay villanos en este ancho universo, se insiste: sólo infelices y pobres de espíritu.

Los sábados soleados, en los alrededores de las villas, el ir y venir de naves poco vistas aún en los Reinos del centro del Mundo es incesante, y su esplendor marea un poco más a las multitudes, que allí y así quisieran verse.

En este enorme país, transportes cada vez más gigantescos acarrean bienes incontables con destino a pocas cámaras, ciclópeas y oscurísimas, donde se destilan como un miserable fluido. La idea es reducir todo lo ubérrimo a lo escaso. La generosidad no ha abandonado esta riquísima tierra, y allá se ven, y allá más lejos y más allá, monstruosos gusanos repletos de grano acumulado a la espera de su máxima renta.

Urgenta ocupa el territorio de una gran colonia pastoril que supo haber por acá mismo, y supo adornar sus siglos con estilos, materiales y hasta voces de los reinos centrales. No obstante, esta impostura subyace como añoranza de una nobleza de origen. En tomarse muy en serio ésta y otras fantasías suele ponerse el urgentino grave y pesado, y hasta capaz de ínfulas de una identidad tan cosmética como inconsecuente. Se los suele ver así, enfundados en ropajes y modales de un campo del que se dicen pertenecientes y al que siguen violentando sin comprender.

 

VIII.

No es porque sí este apego a la velocidad. El valor supremo, la más alta condición en la sociedad de Urgenta es llegar, estar, ser primero. De hecho, son los urgentinos los que han creado el verbo “primerear”, luego adoptado por países y culturas menos avispadas.

El primereo es el deporte nacional, que no requiere de canchas y mucho menos de reglas. A toda hora, en todas las latitudes y longitudes, los urgentinos y urgentinas se trenzan -con entusiasmo rayano en la violencia- en competir por quién es/está primero. Como esta ferviente trifulca recomienza cada día, no es posible hallar en paz a un hijo de esta tierra, nunca.

 

VII.

En Urgenta, la rapidez está elevada al rango de virtud. Y quienes la poseen o practican son considerados los más altos representantes del ser nacional urgentino. Está en su código genético, está en su historia, está en sus símbolos patrios. El escudo y la bandera de Urgenta ostentan sobre un bucólico fondo azul cielo arriba de verde llanura el trazo central, quebrado y fulgurante de un rayo.

Desde pequeños, las urgentinas y urgentinos son estimulados a pensar, decidir y moverse con la mayor rapidez de la que sean capaces, lo que le da a los actos, entradas y salidas escolares esa apariencia de tumulto desatado. Por sus calles, rutas y viaductos circulan enjambres de vehículos, aplicados todos al propósito de ir a fondo. Si no fuera porque los peatones son parejamente rápidos, no tendrían ninguna oportunidad. Una curiosidad destacable de Urgenta es que sus medios de transporte realizan paradas de cinco a diez segundos, y retoman sin más su vertiginosa marcha. Quienes no puedan subir o bajar en ese lapso, deberían cuestionar su urgentinidad.

 

VI.

Además de no privarse de cualquier peste que lo asemeje a los reinos centrales, Urgenta es un país que padece algunas endemias notables. Si existiera un ranking de países de acuerdo a los malestares hepáticos que afectan a su población, sería encabezado por Urgenta. Y no es porque los esforzados urgentinos y urgentinas no resistan una dieta abundante en grasas saturadas, refrescos edulcorados y carbohidratos en su salsa. Tampoco es porque sometan a sus sistemas a suculentas dosis de pastillas para todo, sin privarse de mezclar todo tipo de alcoholes fermentados, destilados y afines, todo legal y en cantidad.

No puede, asimismo, señalarse que los trastornos hepáticos tan característicos del habitante de Urgenta provengan del cotidiano castigo a la zona del hígado que les aplican sin descanso los propaladores masivos de noticias, muy especializados en provocar derrames biliares de disgusto e indignación. No, nada de eso. Lo que sus hígados no toleran es que al otro  le vaya bien.

 

V.

En apoyo de ese culto a la ventaja y el privilegio, surge en esta poco humilde aldea la Asociación Bellatores del Condado (ABC, claro), que insta a la propia administración comunal a acompañar sus nobles esfuerzos por recuperar, según sus dichos, “un orden tan natural y equilibrado como el de la antigua Edad media.”

“Podríase” propone un bando de la ABC “por ejemplo, adosar a la torre del palacio comunal, una o dos doncellas de hierro, para confinar allí a contribuyentes morosos, jóvenes grafitteros, borrachines de esquina y otros insurrectos de baja estofa.” “Estamos completamente persuadidos” argumentan los bellatores “de los múltiples beneficios de este homenaje al ingenio y la artesanía de los buenos tiempos: la población comprendería la conveniencia de corregir sus peores hábitos y quienes nos visitan hallarían muy original y destacable la instalación, que bien pronto pasaría a formar parte de las postales de la ciudad. Nada más tradicional.”

 

IV.

Bajo semejante impronta monárquica, esta fronteriza aldea de Urgenta brinda claras señales de restauración de un medioevo propio de otras tierras. Sin duda inspirados por los perfiles cuasi helvéticos del paisaje, los urgentinos llegados aquí hicieron lo posible por reforzar los rasgos de cantón detenido en el tiempo.

Grandes y pequeños señoríos debidamente cercados, lagos, ríos y valles enteros sabiamente vedados, ciudadelas y palacios amurallados dominando las alturas ya proporcionan un principio de orden feudal, que se completa con villorrios periféricos con diversos grados de precariedad. Los estratos sociales siguen, en consecuencia, este mismo patrón, para estar a tono con una tendencia que se pretende global. Los urgentinos se fascinan con cualquier desigualdad que les permita sentirse mejores.

 

III.

Este país nunca tuvo reyes, pero su corazón es monárquico. Los urgentinos, y las urgentinas, adoran las coronitas, las prerrogativas, los palacios y sus cortes de aduladores, favoritismos y bufones. A lo largo de su largo territorio, la presencia de grandes y pequeños feudos revelan esa debilidad por una nobleza que nunca alcanzó para realeza, aunque no les faltaran méritos ni bienes que los verdaderos grandes reinos centrales codician desde siempre.

Muy conscientes y orgullosos de tanta riqueza desbordante, los presumidos monarcas de Urgenta dieron grandes muestras de un talento especial, un don único y bifronte, angurriento aquí, despilfarrador allá.

 

II.

Urgenta siempre fue territorio de narcisos. Han sabido crecer en sus suelos como en los más ricos del Elíseo mismo. De hecho, aquélla extrema aldea urgentina a la que me llevaron los vientos es considerada un santuario del Más Alto Ombligo, una frecuentada deidad del país. Nunca mencionada por sus siglas, claro, sino expresada en el visible gusto por los palacios, carruajes e indumentaria de sus fieles.

Sujetos de una conducta cargada de excesivos temores, es posible observar cómo a las urgentinas y urgentinos, un instante antes de mostrar interés o mero reconocimiento hacia un mérito o logro de otro, el gesto se les interrumpe súbitamente. Sin querer ni siquiera saberlo, son víctimas de un cruel patetismo que los priva de ternura, humildad o pasión alguna, y los hiela en su esplendor.

 

I.

Viniendo desde el lejano Oxidente, dejando atrás el angosto litoral conocido como Chichine, y atravesando el largo espinazo montañoso que vertebra al continente, se llega a la república de Urgenta. Los territorios que hoy ocupan los modernos estados de Chichine y Urgenta estuvieron alguna vez unidos por canales numerosos, y por ellos iban y venían los antiguos pueblos, y su tráfico visible hizo de muchas voces una lengua. Hubo luego uno de esos tremendos movimientos a los que este suelo es proclive, y las aguas bajaron y los montes se elevaron, y aquellas cadenas de altas rocas que antes ligaban pasaron a separar.

Tal vez sea por eso que en estos tiempos he podido ver y escuchar a varones connotados y típicas señoras que, desde ambos países, erigiéndose sobre unas diferencias misteriosas, ponderan esas cumbres que dividen y desconocen los pasos que comunican.