por Marcelo Bardelli –

Cada minuto que pasa se reduce más la posibilidad de sostener racionalmente un rumbo en medio de un océano de emociones violentadas, día y noche, por un poder de máxima irresponsabilidad.

 

Al control de unos dispositivos comunicacionales literalmente monstruosos (ya no sólo posee medios convencionales como diarios, revistas, canales de aire y de cable, radios en todas las frecuencias y latitudes. Ya manipula las redes y los medios electrónicos con igual capacidad hegemónica), este poder inocula sin cesar unos volúmenes de odio desquiciantes.

 

Los mecanismos son tan brutalmente rudimentarios como profundamente eficaces: editando convenientemente una información, machacan hasta provocar en sus receptores -segmentados o no- un sentimiento de rechazo violento, de moral bienpensante ofendida hasta el escándalo, de indignación activa hasta la movilización, de rabia justiciera y linchadora. Los emisores de veneno ya se percataron que del odio no se vuelve y no paran de inocularlo masivamente. Aquellos a quienes los dientes les rechinaron de la bronca y la impotencia, a los que el estómago se le revolvió del asco, a los que hicieron sentir como infelices, cierran toda posibilidad de entendimiento. Sólo les queda el odio. A tal punto que no importa si después se sabe que no había bóvedas, que López cobraba coimas de Calcaterra, que con el dólar futuro la embolsaron ellos… no importa nada, no importa la verdad. La posverdad tan meneada es el culto a la rabia irracional.

 

Leo por ahí a Sebastián Giorgi, que señala el rol desestabilizador de los medios de comunicación, donde precisa la amenaza que estos medios representan para la sociedad por su rol de patologizar “la cultura, generando diversas formas de malestar, como sentimientos negativos, inhibiciones y la ruptura de lazos sociales, al alimentar la intolerancia, la segregación y el aislamiento”. El rol de los medios hegemónicos, sintetiza Giorgi, no consiste en informar sino en desestabilizar a los sujetos que no favorecen a los intereses de las corporaciones gobernantes.

Giorgi, doctorado en Ciencias del Lenguaje, cita a su vez un artículo de Nora Merlin, en la que observa que “la búsqueda del lucro mediante el “amarillismo”, cuyas consecuencias -tales como el miedo, la angustia, el terror y el odio- sustentan la “creencia en la existencia de un enemigo”, lo que desencadena la “enfermedad psíquica al despertar lo traumático, según la ecuación de las series complementarias establecida por Freud en 1915”.

 

Y agrega que “la cobertura de acción tentacular de los monopolios mediáticos les permite instalar un discurso hegemónico basado en el odio desde el cual construir sentido común. Y es oportuno recordar aquí el sentido que Bachelard atribuía a esta noción, en cuanto una opinión (doxa) que se oponía a un conocimiento elaborado (episteme). De manera tal que el sentido común sería un obstáculo (epistemológico) para el conocimiento. Al punto de afirmar que el conocimiento científico es ir en contra del sentido común, de la opinión, de la doxa. Asimismo, es más fácil odiar que reflexionar porque el pensamiento crítico fatiga.”

 

A caballo de este y otros modos del reduccionismo, millones de personas asimilan cotidianamente todas las formas de la toxicidad informativa, y no les importa si más tarde el conocimiento elaborado (ni siquiera la Verdad) refuta la opinión que ya adoptaron como propia, porque les permite canalizar la amplia gama de frustraciones y prejuicios adquiridos. Dicen que dijo Mark Twain aquello de “es más fácil engañar a alguien que convencerlo que ha sido engañado”.

 

Coincido con el cierre que Sebastián Giorgi le da a su aporte: “ el rol de los medios no es producir “un sujeto pasivo que consume certezas en lugar de mensajes plurales”, sino desestabilizar al sujeto para que descienda a posiciones pre subjetales. Es decir, un público que se deje llevar por el odio irracional. Si desde los medios hegemónicos se deshumaniza al otro con el objeto de construirlo como Enemigo, el contagio de las pasiones asociadas con la amenaza que representa dicha figura interpela posiciones subjetales pre o irracionales. Si, por ejemplo, reducimos la disputa entre modelos de país diferentes a una lógica pasional futbolera K anti K, difícilmente logremos llegar a un acuerdo para construir un mundo mejor, porque falta la presencia judicativa indispensable para la argumentación racional propia del sujeto.
Si a lo anterior le sumamos el hecho de que los medios hegemónicos son aparatos ideológicos de la Corporatocracia o Ceocracia, es decir de una elite que gobierna a través de las Corporaciones, entonces hay razones suficientes para preocuparnos. El contagio de las pasiones disgregadoras -o basadas en la pulsión de muerte- es funcional como estrategia de desestabilización del sujeto. En este sentido, el amor no vence al dio sino la razón, la presencia de una instancia judicativa desde la cual poder poner distancia de la información que recibimos gracias a un pensamiento crítico.
Y aquí llegamos al tema central, porque de tanto demonizar a los medios nos distraemos del eje del problema. El problema no son los medios sino su concentración tentacular. El problema no son los medios sino la Corporatocracia para la que operan. El problema no son los medios sino la desestabilización del sujeto que buscan mediante estrategias que interpelan posiciones del más acá del espectro subjetal. Porque los medios pueden ser y han sido también difusores de categorías de análisis que ayudan a una mejor comprensión del mundo. En otras palabras, el problema es la Globalización de un sistema depredador que atenta contra la vida del Planeta y que tiene a los medios hegemónicos como operadores políticos. Una de nuestras responsabilidades es la de no dejarnos desestabilizar y mantenernos en nuestra posición de sujetos mediante el pensamiento crítico.”
Mientras tanto, como sociedad, como humanidad, parecemos estar rodando cuesta abajo al impulso de ese poder que, evidentemente, se considera a salvo de las consecuencias de sus actos. Si quieren odiar, digo, odien a ese poder. Y si quieren amar, que es mucho mejor, amen la vida, la propia y la del prójimo.