por Eduardo Aliverti –

Es tal el vértigo enloquecido de estos tiempos ¿comunicacionales?, en que las informaciones, maniobras, carpetazos, engendros de las redes, van devorándose unos a otros, que como nunca vale la pena detenerse a encuadrar aunque sea algunas de las cosas que circulan, que se falsean, que se agrandan, que se minimizan.

La semana que pasó fue nuevamente pródiga en mostrar, por un lado, acciones que acentúan el costado (o núcleo) más violento de eso que se llama profundización de la grieta. Macri redobló la apuesta que en los albores de su gobierno había trazado Alfonso Prat Gay, cuando se refirió a sacar de la esfera pública a “la grasa militante”. Dijo ahora que el Estado no puede seguir siendo un “aguantadero”. Recibió, desde organizaciones sociales y sindicales sin repercusión mediática, la respuesta de que si hay un antro es el de los CEOs y negociados con que protagoniza su gestión. Mientras tanto, también se asentó el discurso oficial de mano dura a través de variadas expresiones sobre las que no hace falta abundar. Y por otra parte que es conexa, avanza en las monsergas oficiales, y de su prensa adicta, el vender la idea de que este clima no favorece la confianza necesaria para el arribo de la lluvia inversora. El economista Ricardo Aronskind elaboró un texto estupendo en torno de las “nuevas involuciones del pensamiento neoliberal en Argentina”. Fue publicado en la revista Horizontes del Sur bajo el título de “La teoría carcelaria del desarrollo” y toma como base el presunto y meneado diálogo que habrían sostenido Felipe González y Mauricio Macri, y en el que el lobbista y ex presidente del gobierno español previno al argentino que nadie invertirá en serio aquí hasta que los hechos de corrupción de Cristina sean juzgados y condenados. La rotunda desmentida de González respecto de esa conversación jamás afectó la verosimilitud. En cualquier caso, es enormemente pedagógica la secuencia que desarrolla Aronskind para explicar el recorrido de tanta mentira neoliberal, en general, y en particular sobre las inversiones externas que sacarán al país de su eterna frustración. Quizá pudiera afirmarse que, en el sustrato, no hay tanto de grandes novedades como de variaciones sobre un mismo esquema de pensamiento y ejecución. Quien firma se permite el siguiente resumen, con algunas acotaciones.

“Hubo un tiempo lejano, en que el liberalismo trató de ser una doctrina económica con cierto fundamento. Incluso, algunos de sus más brillantes exponentes sostuvieron ricos y complejos debates con el marxismo, el keynesianismo y el estructuralismo latinoamericano (…) La era del capital financiero degradó al ya limitado liberalismo económico, que trasmutó en neoliberalismo. Muchas de las prudentes visiones liberales, en materia de equilibrio fiscal y bajo endeudamiento, se dejaron de lado para favorecer los negocios de los dueños del dinero (…) No se habló más de desarrollo, ni de crecimiento (…) A las amplias masas se las invita a alegrarse cuando los negocios de las minorías marchan viento en popa (…) En un capitalismo tan poco dinámico como el argentino, a partir el golpe cívico-militar de 1976 se indujo a la población, en forma sistemática, a hundirse en el pensamiento mágico: abrir la economía masivamente a las importaciones haría que nuestra industria fuera más eficiente; endeudarse permitiendo la fuga de capitales nos haría competitivos; achicar el Estado agrandaría la Nación (…) En su segunda entrada triunfal en la política argentina, en los años 90, de la mano del menemismo, el neoliberalismo inauguró lo que Dante Caputo bautizó como ‘la teoría chupamedias del desarrollo’ (…) Luego de la disolución de la URSS, la estrategia económica argentina debía pasar por mejorar al máximo las relaciones políticas, diplomáticas y militares con los norteamericanos, lo que llevaría a recibir una lluvia de inversiones provenientes del mundo occidental (…) (Las que llegaron) fueron básicamente a apropiarse de las empresas públicas y privadas locales, sin agregar casi nada al acervo productivo local (…) Ese experimento terminó en la catástrofe de 2001-2002 (…) Luego del fracaso de la teoría chupamedias del desarrollo, en la década del 90, hicieron falta unos retoques discursivos para intentar nuevamente la aplicación neoliberal, de la mano de la Alianza Cambiemos. Se instaló otra vez la imagen de la ‘lluvia de inversiones’, que vendría al país debido a la llegada al gobierno nacional de políticos market-friendly, ‘modernos’, ‘abiertos al mundo’, con ‘energía positiva’ (…) Esta nueva versión del neoliberalismo sostiene que basta con desplazar a las prácticas populistas, para que comience el progreso económico (…) Pero el neoliberalismo local (…), para explicar su total falta de éxito y resultados, se ha deslizado en sus razonamientos hacia la subjetividad más extrema. La tendencia hacia el esoterismo ya estuvo muy presente en los últimos meses del gobierno de De la Rúa, cuando no se podía comprender cómo, si todo estaba tan bien ya que se habían hecho todos los deberes, el país se estaba derrumbando”.

Aronskind remarca que “en esta nueva etapa de economía-ficción, el Gobierno usa un comodín supremo (…): la apelación a la falta de confianza. Una cuestión a la que se puede reducir cualquier problema real y complejo de la semana o el día (…) Habrá ‘falta de confianza’ porque hay una huelga o tumulto, porque cayó Wall Street o hubo un atentado, porque una encuesta no le dio bien a Macri, porque hubo cortes masivos de calles o por algún incidente en la frontera de Ucrania que perturbó el humor de ‘los inversores’ (…) Como vemos, se ha recorrido un largo camino en la evolución de las ideas liberales. Arrancando desde la arcaica idea de que a la Argentina le alcanzaba con ser ‘el granero del mundo’ para ser eternamente próspera, pasando a pensar que la inversión vendrá fundamentalmente del exterior, a creer que la inversión vendrá del exterior sólo si se hacen las ‘reformas pro-mercado’, para derivar en que vendrá sólo si se genera ‘confianza’ (…) Pero como todo el discurso neoliberal oficial está asentado en fantasías de consumo masivo –siendo que la prosperidad no llega y las inversiones extranjeras tampoco–, la tensión política subyacente está llevando a ciertos sectores gobernantes a una versión neoliberal degradada al extremo: la ‘teoría carcelaria del desarrollo’ (…) Impresa en el principal sostén mediático del actual experimento (…), puesta en boca del ex presidente español Felipe González: las inversiones no vendrían porque aún no fue presa Cristina (…) Las condiciones mínimas requeridas para invertir en cualquier país periférico son dos: una económica y otra política. La primera es que haya algo en esa economía atrasada que sirva para incrementar los beneficios del capital multinacional (mano de obra barata, materia prima abundante, energía a bajo costo, impuestos mínimos, ubicación geográfica propicia para reducir fletes, mercado interno atractivo, pocos controles, funcionarios sobornables, bajas regulaciones ambientales). La segunda, política, es (…) configuración de fuerzas partidarias tales que garanticen la estabilidad de las reglas de juego a favor del capital (…) ¿Piden los inversores pureza en los procedimientos administrativos? (…) Es exactamente a la inversa: las corporaciones multinacionales propician enormes actos de corrupción para avanzar en la concreción de sus negocios. ¿Piden un adecentamiento de la política argentina? Los europeos en los 90, y en especial los españoles, han aprovechado muy satisfactoriamente los procesos de corrupción en las licitaciones públicas locales (…) Además, no han ocultado su euforia por la llegada al poder de un personal político con numerosas causas pendientes en la Justicia. ¿Qué piden entonces?”.

En el cierre de la nota, Aronskind asevera que Cristina en prisión condensaría la política de perseguir a las reservas soberanistas que quedan en el país, como amenaza y castigo a las fuerzas de todo tipo que tengan algún instinto de defensa de los intereses nacionales. Aclara, y es personalmente compartido, que el apresamiento de Cristina es seguramente una urgencia del Grupo Clarín en su disputa con el kirchnerismo, “más que una respuesta integral de la elite de negocios dominante al panorama estructural de la sociedad argentina”. Sin embargo, y también se coincide, “eso no quita que se siga jugando con las fantasías de una parte de la población, creyente en el discurso neoliberal y siempre dispuesta a esperar una resurrección ‘milagrosa’ de la economía argentina”. Y por último, “pasada en limpio y despejada de los agregados manipulantes de Clarín, la pregunta del capital multinacional sobre nuestro país sería: ¿cuánto tiempo tardará la elite argentina en erradicar toda resistencia social significativa (…)? ¿Cuánto tiempo tardará el nuevo proyecto conservador en borrar, del espectro partidario (y social) a todas las fuerzas no domesticadas por el neoliberalismo? Una respuesta realista es que ese proceso no tiene fecha de finalización a la vista y que, si ésa es la condición para ‘invertir’ en Argentina, es mejor que los potenciales ‘inversores’ vayan buscando otras sociedades ya vencidas y acondicionadas por el capital para hacer sus inversiones. La vía carcelaria al desarrollo (…) confirma nuevamente la incapacidad estructural del establishment argentino para formular un verdadero proyecto de progreso nacional”.

Si acaso definir como “carcelaria” la avanzada de esta derecha, en su versión macrista, resuena a exageración o exclusivamente centrada en la figura de Cristina, no lo es el clima represivo que el Gobierno configura en forma creciente. Y menos que menos lo es que, en efecto, hay en esta sociedad –aun cuando sólo se trate de minorías intensas– unas reservas contestatarias mucho más agudas, potentes, con capacidad callejera de disputa, que las que pueden encontrarse por ahí, en el resto de América Latina y más allá también.