por Facundo Pedrini –

 

Araceli Fulles estaba desaparecida desde el 2 de abril. Su familia la buscó, las organizaciones la buscaron. El Estado la ignoró. Apareció muerta en la casa del principal sospechoso en José León Suárez. Los medios reconocieron el cuerpo antes que la familia. Araceli no fue la única. Hubo 27 femicidios en el último mes. El Estado es responsable: permiso para matar.

 

La tierra traga. El 911 traga.
La comisaria Nº5 traga. El zapping traga.
Los rastrillajes tragan. El Estado traga.

San Martín traga e interpreta la aberración como una cuestión de tiempo. Las hipótesis de investigación sobre pibas desaparecidas parten de la premisa de la travesura: que se van de gira, que están de ronda, que yacen en la casa de un amiguito o que consumen droga. La buena víctima que avisa a su familia a qué hora vuelve y le pide a su mamá que ponga la pava pasa a ser parte de una red de drogas a la velocidad de los improvisados. Cuando intuyen que no se trata de una simple escondida, dudan de los más desesperados e interrogan a la familia: cómo viven, de qué viven, interpelan a los padres, maximizan discusiones menores al terreno de la prueba, encuentran en la pista falsa de un camionero de Chajarí, que denunció haber visto a Araceli junto a un joven en medio de la ruta rumbo a Brasil, el testimonio que demuestra la tesis de la fuga y así intensifican la teoría de la disputa familiar. Cuando todos los indicios se descartaron, buscaron en la discreción de los hermanos y en lo que la familia no estaba dispuesta a verbalizar, un móvil. Esas fueron sus conjeturas hasta el día que encontraron muerta a Araceli.

Un territorio donde los agravantes no sirven como agravantes, sirven como atenuantes es un lugar donde los nombres propios se apilan sobre la impunidad: en el corazón del mismo partido encontraron muerta a Melina Romero, asesinada en agosto de 2014 cuando salía del boliche “Chankanab”. Por el crimen solo Joel “Chavito” Fernández irá a juicio oral, en tanto que César Sánchez (conocido como “El Pai” César) y Elías “El Narigón” Fernández, fueron absueltos. A casi tres años del femicidio, la mamá de Melina tampoco sabe quién mató a su hija.

En la nuca del Estado
está todo lo que Araceli
pudo haber sido y no fue.

La investigación judicial a cargo de la fiscal Graciela López Pereyra no tuvo en su línea argumental al subcomisario Hernán Humbert ni al oficial principal José Gabriel Herlin ni al numerario Elian Ismael Ávalos, los tres policías de la Comisaría N° 5 de San Martín que fueron desafectados de la fuerza acusados de encubrimiento. Todos pertenecen a la comisaría donde se radicó la denuncia de la desaparición de la joven: la mamá de Araceli inició la búsqueda de su hija en el lugar donde querían ocultarla. El estado es responsable.

“Al sospechoso
lo mandan a
tomar mate”.

A la fiscal tampoco le resulta oportuno detener a Darío Badaracco, quien cuenta con tres causas en el fuero penal de San Martín (dos por robo y una por encubrimiento) aún menos conveniente le parece tomar declaración a su jefe, Carlos Cassalz, dueño de un corralón, quien tiene dos causas por secuestros extorsivos y ahora permanece detenido. Badaracco declara ante la fiscal haber tenido sexo con Araceli en su camión (donde se encontraron restos de pelo de la joven) pero dice haberla perdido de vista al salir. Pereyra lo interroga tres veces pero nunca encuentra motivo para detenerlo: ordena un allanamiento a su domicilio pero lo deja ir. Ricardo Fulles, el papá de la víctima, grita en la puerta de la fiscalía: “Al único sospechoso lo mandan a tomar mate”. La mamá de Araceli se descompone por primera vez, es atendida por psicólogas y una ambulancia. El viernes a la noche detienen a Badaracco en Avenida Cobo y Curapaligüe en Flores. Lo reconoce una vecina. Está en la Comisaría 38.

Perimetral
a los principios.

“Alfonsina Storni 447. San Martín. A doce cuadras de la casa de Araceli. Perros ovejeros belgas de los bomberos de Punta Alta están en el lugar, se teme lo peor”, cronistas de los canales de noticias, productores de radios y los móviles de los noticieros de aire están apostados en la puerta de la casa de la mamá de Badaracco. Si la transmisión no es interrumpida por pastores brasileños, juegos de preguntas y respuestas, astrólogos y latas de refritos vespertinos, la información da paso a la anticipación:

“Se teme lo peor” / “Es un cuerpo con tatuajes” / “Encontraron una pierna” / “La víctima no presenta señales de haber sufrido la descomposición” / “Es Araceli” / “Hay que esperar” / “Está confirmado” /“No es oficial” / “La mamá de Araceli se descompensó por segunda vez / “Ojalá no sea Araceli” (como si los nombres propios le bajaran el precio al horror) / Primero / Alerta / Fue Primicia / “Seamos serios”.

Al final de la fila de títulos,
el padre de Araceli sigue sin reconocer el cuerpo.

Se pelean por la primicia y la exclusiva, medios que hace semanas no tienen a Araceli en tapa, ni en agenda, ni en los títulos, ni en el alma. No es lo mismo “llorar con” que “llorar desde”. Las víctimas no son una superficie. Convocan a peritos y licenciados en criminología para saber cómo piensa un asesino y hacerles preguntas de feria del libro, pero no comparten el mismo entusiasmo para entrevistar funcionarios directos. Sentencian con fervor, hacen autopsias anticipadas, bajan helicópteros para tener una mejor imagen del cadáver, practican una performance cinematográfica sólo cuando ven el hacha de la bestia pero en las pegatinas de carteles por San Martín, en la volanteada desde la casa de Araceli hasta la municipalidad y en la última marcha de la familia a la Comisaría Nº 5 no había nadie. Nadie. Sin vigilia. Sin cuerpo. Sin autoridad.

Dolor, frustración, ira, tristeza, bronca, furia.
Todo junto. Todo al mismo tiempo.
En el calendario de la muerte no hay metáforas.
27 femicidios en 27 días.

 

Fuente: Nuestras Voces

Foto: Joaquín Salguero