por Eduardo Aliverti –

Siempre resulta impresionante el modo en que, respecto de las relaciones argentinas con Estados Unidos o, más precisamente, del lugar que Estados Unidos le reserva a la Argentina, parece no haber forma de que alguna vez se aprenda algo. La referencia es a cuenta del embrujo que invade a individuos y sectores, políticos y mediáticos en particular, cuando reaparece la fantasía de que Washington desplegará sobre estas pampas una atención dedicada, preferente y benefactora. Los encuentros presidenciales son uno de esos momentos de alucinación.

Cada mínima gestualidad, cada vocablo, cada referencia circunstancial, son elevados a una categoría en que la ecuación amo-lacayo semeja cambiar, o poder hacerlo, a eventual favor hacia el segundo. Para determinar hasta dónde tienen relevancia cónclaves bilaterales a nivel de jefes de Estado, hay una medida no única pero sí apta: la capacidad de generar noticia. Novedad. Impacto. La reunión entre Trump y Macri no estaba en condiciones de producir absolutamente nada de eso. La crónica del viaje podía escribirse con antelación, sin riesgo alguno de equivocarse y apenas dejando algunos espacios libres para detalles como el vestuario de las primeras damas. No hacía falta estar ahí. Vale la pena reparar en excepciones históricas porque son las que marcan instancias o etapas de disrupción, de algún grado de imprevisibilidad. De patriotismo (¿cómo puede ser que se escriba o diga esa palabra y suene anticuada?). Una de esas salvedades fue la recordada en estos días, sobre julio de 2003, cuando Kirchner apoyó su mano en la rodilla de George Bush (h), en contraposición al inverso de éste con Fernando de la Rúa, y de Trump con Macri, resaltando el lugar de sometimiento. Dos años después, el No al ALCA en la cumbre de Mar del Plata establecería un pico de clima soberano (otro término demodé). De cierta rebeldía, de amor propio, de como quiera llamarse a la probabilidad de no tener la crónica escrita de antemano. No fue la única vez, y lo que sigue va en primera persona porque de lo contrario se diluyen emociones que es preciso resaltar.

En marzo de 1985 cubrí el viaje de Alfonsín a Brasil, Estados Unidos y México, en orden cronológico. El gobierno, la democracia, tenían apenas  tres meses de asumidos. Fue una gira larga, que incluyó varias ciudades norteamericanas. La expectativa central estaba dada por el lanzamiento del Plan Houston. Mostrar oportunidades de inversión petrolífera. Todo era una artesanía: desde el avión presidencial, al que se le planchó una turbina arriba del Amazonas, hasta el propio Presidente. A muy pocos metros de distancia vi un Alfonsín tenso, circunspecto, en los jardines de la Casa Blanca, mientras el apogeo de Ronald Reagan hacía su entrada atlética rumbo al micrófono para defender la intervención armada en la Nicaragua sandinista. Fue entonces que el político de Chascomús, el gordito de bigotes, se guardó en el bolsillo de un saco berreta el discurso que tenía preparado. Improvisó una respuesta defensora de la paz, contra la contra nicaragüense financiada por la CIA. Le vi a Ronaldo la cara trastornada, cuando escuchaba intérprete mediante. Sentí que en semejante escenografía había uno de nosotros, a quien supe destinar largas críticas de las que no me arrepiento, sin disposición a dejarse atropellar. El viaje siguió a Chicago. Fui a la Universidad de allí junto con Martín Granovsky y Carlos Gabetta. Estuvimos con un directivo de alto rango que era cualquiera de los monetaristas fanáticos formados en la escuela de Milton Friedman. Los Chicago Boy’s, en alusión de la época que no debería estar desactualizada porque continúan rigiendo los propagandistas del capital financiero. De los papeles pintados y especulativos como motor de la confianza inversora. Cuando terminó la entrevista, el tipo nos acompañó a la salida, me puso una mano en el hombro y me dijo: “A nosotros nos cuesta entenderlos a ustedes. No tienen negros, no tienen indios. ¿Por qué tienen tantos problemas?”

Esos recuerdos me asaltaron, supongo que inevitablemente, después de ver a Macri con Trump. La no-noticia. Lo cantado de todo lo que ocurrió. Lo imposible de que hubiera apenas una mueca no ya de distancia retórica –de hecho no puede haberla por los serios problemas de Macri para expresarse– pero sí de alguna defensa escolar, para una tribuna ampliada, capaz aunque sea de llamar a una atmósfera propensa a los negocios sin ofrecerse como último orejón del tarro. ¿El gobierno argentino cree de verdad en que Estados Unidos le confía un rol de liderazgo estratégico contra los “populismos” que todavía andan por ahí? ¿Tiene esperanzas auténticas acerca de ocupar un rol protagónico contra Venezuela? ¿Cuánto cuesta entender que de tan magna incursión por la Casa Blanca gracias si se llevó la promesa de revisar ingreso de limones y agilizar controles de pasaporte (trámite iniciado por el gobierno anterior hace tiempo)? Al menos en ese sentido –si no en varios– es una derecha paupérrima, que no encuentra liderazgo porque carece de mito refundador. En los 80 y 90 habitaba la imaginería del decálogo neoliberal, el Consenso de Washington, la desregulación del Estado, las privatizaciones, Fukuyama. ¿Cómo reintroducir esa falacia, siendo además que el denostado populismo interpuso en América Latina la realidad y perspectiva de una vida algo mejor? Tal lo señalado por Ernesto Calvo, politólogo argentino y profesor en Maryland, la estrategia comunicacional que pretende instalar la idea de que Argentina es un país “normal” falla en darse cuenta de que no es normal el momento del mundo. Y así lo fuese, Argentina jamás ocupó ni ocupará para Estados Unidos un rol que no sea el de un país capitalista periférico, del que sólo se espera que optimice la primarización de su economía. Trump lo expresó inmejorablemente al contrastar limones con Corea del Norte. Pero sólo recibió de respuesta la sonrisa compinche del presidente argentino.

Como escribió Granovsky en el cierre de su columna del viernes pasado, en este diario, el día del encuentro con Trump fue especial para Macri, quien lo describió como maravilloso (sic). En cambio, para Potus (President of the United States), fue “otro día dedicado a poner la máquina en forma”. Acerca de eso, el colega también rotula como “prematuro” afirmar que, en la lógica trumpeana de “síganme los buenos”, Macri se haya comprometido a una Argentina metida de lleno, como socia yanqui, en crisis globales que le quedan grandes. “Argentina no tiene interés directo ni capacidad para ser parte en el conflicto de Corea. Tampoco en el del Mar Meridional de la China. O en la escalada entre Washington y Teherán, la guerra en Siria y los vericuetos que se esconden por debajo de ISIS. Sin embargo, ningún diplomático avispado dejaría de registrar que, en público y delante de Macri, Trump habló de Corea. O sea, de un tema estratégico-militar. Es un estilo: ordenó bombardear Siria mientras comía torta de chocolate con el presidente chino”. No es muy difícil que digamos asimilar a Trump con la figura del protagonista de House of Cards. Más bien resulta automático imaginar a Frank Underwood, en alguno de los diálogos de medianoche con Claire o de confesión intimista a cámara, hablando de lo aburrido que es juntarse con un presidente latinoamericano para hablar de frutas. “Por lo menos me divertí mezclando limones con Corea del Norte”, podría decir el cero ficticio jefe de la Casa Blanca. Son, justamente, estilos de entretenimiento.

Hay quienes usan ese talante para poner la máquina en forma. Y hay quienes interpretan que la forma de la máquina puede cambiar porque la duración de un almuerzo presidencial entre Argentina y Estados Unidos duró cuarenta minutos más que la hora y veinte prevista por el protocolo, porque los agnolotis de la comida fueron aromados con cítrico, porque Trump llamó “gran amigo” a un tipo al que no vio durante unos 30 años. O porque el ceremonial permitió que dos periodistas argentinos hicieran preguntas en esas farsas de encuentros con la prensa que preceden a las farsas de encuentros a solas, y porque el alojamiento de la pareja presidencial en la Blair House es “un honor de gran significado” (según el sitio web de la casa), y porque hubo un fuerte gesto propicio de legisladores demócratas y republicanos.

El cipayismo, como se ve, nunca tiene fin.