A veces uno es ingrato. Y hace lo que mil veces se dice que no quiere hacer. Pero la publicidad, el marketing, la tarjeteada. Y uno cae en el boliche iluminado de la familia Braun. A veces las luces encandilan a los bichos, y caen en la trampa.

Y la verdad que entre los precios remarcados, el chancho de oferta importado de Dinamarca, las inundaciones de Comodoro Rivadavia y las orejas cortadas a los antiguos pobladores de nuestra Patagonia, habría que ser menos tentado y visitar lo menos posible la cadena de la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia. Por lo menos, si vamos, que nos pesen un poco la culpa y la vergüenza.

¿Y a qué viene todo esto? ¿La semana fue contra el Cerro y hoy contra “La Anónima”? No. Se trata de otra cosa. Más bien de hablar un poco a favor de muchos boliches que personas trabajadoras y solidarias tienen en nuestros barrios, y que sin publicidad, sin espaldas, sin familiares importantes, sostienen en estos tiempos de malaria.

Enfrente de mi casa, a la vuelta de la esquina, se encuentra Mafalda, un verdadero comercio “atendido por sus dueñas”. Ahí, las chicas, madre e hija, a veces hermanos, y a veces vecinos y vecinas, atienden con toda amabilidad, conversan un rato y hasta convidan un mate si la ocasión se presta.

El local está lindo. Cajones de verdura pintados de colores, para las estanterías, lindas publicidades viejas de antiguas golosinas, botines de fútbol y hasta una reliquia preciosa que vuelve con sabor a mate cocido después de la escuela: Galletitas sueltas surtidas desde la lata con vidrio al frente. Una hermosura.

Afuera los carteles típicos. Pintadas en tiza con ofertas, frases y pensamientos, y hasta un cartel sobre el no fiado, que uno sabe que es mentira, porque más de una vez han aguantado el pago de varios que bajan del colectivo sin una moneda y quieren llevar algo rico a los chicos que esperan en la casa.

Y uno ve que Mafalda funciona día y noche. Y que las chicas le meten trabajo. Y que aguantan los precios todo lo que pueden. Y más todavía. No son de las que hablan de un vecino o que de la vecina tal cosa. Al contrario. Si hasta te hablan bien de “El Galpón” que les compite a una cuadra de distancia, y te dicen que el “Conjunto”, está “re bonito y bien cuidado”.

Y ¿cómo hacen? Uno accede a información, y sabe que en el último tiempo cerraron más de cuarenta negocios en San Martín de los Andes. ¡CUARENTA! Y que por la oficina de empleo se anotan decenas cada semana a ver si sale algo para trabajar. No hacen falta muchas estadísticas. Se ve en el barrio que la pega está dura. No sobra una moneda. Más bien falta. Y no hay trabajo ni changa. Y se fueron a las nubes el gas, la luz, el colectivo, y todo lo esencial. ¿Y los que alquilan? ¿Cómo harán?

No sé muy bien. Pero veo que Mafalda aguanta. Debe ser que las chicas reemplazan ganancias con horas de trabajo. Todo el día. Todos los días. Y los precios que sí, aumentan, pero no como en los grandes. Los que deberían tener los “Precios Cuidados”. Si ¿quien los va a controlar ahora? ¿ellos mismos? La familia Braun metió ministros en este gobierno. ¡Quedó a cargo del Comercio Interior! ¡Y se quejaban de Moreno! ¡Claro!

Hoy me decían en Mafalda, mientras compraba pan, “me preocupa el invierno, cayeron las ventas, y la gente no va a tener para hacerles comidas con calorías a los chicos”, “yo ya lo viví”, “no quiero esto para mi barrio”, y se le quiebra la voz a mi vecina, la almacenera. ¡Como está doliendo este tiempo!

Igual que a “Mafalda”, la de Quino, a las chicas les duelen las injusticias. Será por eso que aguantan. Y que absorben los costos. Y que hay cosas que uno ve que no aumentan. Pero sabe que es porque buscan buenos precios. O porque incluso dejan de ganar en algunas cosas. ¡Sin trampas, eh!. No como otros que te meten ofertas de chamuyo todos los días, y que en el engaña pichanga te tocan para arriba todos los precios, y de golpe te das cuenta que el changuito te costó dos o tres lucas.

No. Mis vecinas son de las buenas. De ley. Son de lo que aún debe quedar en varios barrios de mi Pueblo. Cada lector sabrá.

A mi me toca, como vecino, como papá de cuatro, dos varones y dos mujeres, que estoy por empezar a cocinar, decir que acá en Chacra 30, en Cordones del Chapelco, hay buena gente, solidaria, y que acá y en todos los barrios hay que acompañarlos, aunque no tengan grandes publicidades, ni carteles, ni parientes podrosos.

Porque son tiempos duros, y los insensibles están mandando. Y acá nomás, cruzando y a la vuelta, está Mafalda, como siempre rebelde. Como siempre, solidaria.

Por Rodolfo “Toto” Manson