por Eduardo Aliverti –

Seguramente, los sucesos de Brasil no son un tema que atraiga con especial interés a los sectores populares ni a ciertas franjas medias que persisten en creer(se) que la coyuntura argentina es o puede ser de esencia diferente. Que los ricos que gobiernan acá no pueden ser políticamente tan ineptos como los de allá. Que al fin y al cabo estamos mejor que cuando pasó lo peor aunque nadie, por fuera de los privilegiados de clase y sector, pueda creer seriamente en lo mejor que estamos desde diciembre de 2015. Pero Brasil es un recordatorio argentino.

En marzo pasado, durante un seminario sobre “la operación” Lava Jato, el economista y profesor brasileño Luiz Gonzaga Belluzzo dijo que el protagonismo del Poder Judicial es una de las mayores desgracias que pueden acontecer en su país, porque la verdad de ese protagonismo es que el “Judiciário” se transforma en una casta encargada de aplicar lecciones morales. Ese escenario, agrega Belluzzo, es fruto del avance de otro poder enorme, el de los mercados financieros, que se esconde por detrás de los protagonismos. Se asiste a la ruina de las instituciones que coordinan la economía brasileña, cuya industrialización fue construida a través de articular al Estado con sus empresas y las del sector privado. Ese proyecto se abandonó en los años `90, gracias a las influencias neoliberales (y se interrumpió en las gestiones del PT, mucho o poco, pero no puede dudarse de que fueron un obstáculo). La desregulación es el régimen que les permite a los intereses privados apropiarse del sector público, y el Lava Jato es el operativo que instrumenta la decadencia de un Estado activo. Belluzzo pone como ejemplo la destrucción de las empresas de construcción pesada, y remata señalando que el problema de la macroeconomía no es otro que el de a quiénes sirven las instituciones. Con un candor más cínico que ingenuo, varios analistas de la prensa oficial afirman por aquí que en Brasil al menos funciona la Justicia para cargarse por corrupción a personajes relevantes. Todavía resta que corra mucha agua bajo el puente pero, por lo pronto, las dichosas instituciones sirvieron para derrocar a una presidenta elegida en forma democrática y a la que, al igual que a Lula, no pudo probársele un solo hecho de corrupción siquiera nimio. Valieron, las instituciones, para avanzar en la aplicación de un programa económico salvaje, que entre sus objetivos principales continúa apuntando a la reforma privatista del sistema jubilatorio, a “innovaciones” que trituran los derechos laborales y a congelar el gasto público en salud y educación durante 20 años. Así como se lee: 20 años. Esto último es lo que ya aprobó la Cámara de Diputados brasileña, que en conjunto con la de Senadores tiene a la mitad de sus miembros implicados en hechos de corrupción. Para ese gran marco sirve la operación de la Justicia de Brasil, instrumentada por un dandy que hace las veces de juez con desesperados afanes mediáticos. Y sirve para cosa por el estilo la persecución de la Justicia argentina sobre el gobierno anterior, con Cristina en primer término. No es lo mismo la existencia de corruptos, habida y por haber en todo sitio, tiempo y régimen, que mostrar a una experiencia progresista como un ejercicio de corrupción generalizada. Pero parece necesario remarcar una obviedad igual de escandalosa que los sucesos.

La pregunta que nadie acierta a contestar es cómo se desató semejante y presunto aquelarre en el país vecino, tomados los acontecimientos que involucran al presidente y a figuras con el tamaño de Aécio Neves, quien estuvo a punto de vencer a Dilma hace dos años. Técnicamente, fue gracias a las grabaciones difundidas por la Red O’Globo, uno de los oligopolios de prensa y alrededores más inmensos del orbe y de papel concluyente en la masacre institucional contra Rousseff. Las pruebas demostrarían que Michel Temer avaló sobornos, para comprar mutismo acerca del proceso infame que lo condujo a la presidencia de Brasil. ¿Cuál bicho le picó a un monstruo mediático como O´Globo para transformar a su agente Temer en un cadáver político? Circulan ciertos atisbos de componenda con el gigante JBS, una de las mayores empresas de alimentos del mundo, desde donde partió el testimonio que ¿aniquila? a Temer e implicado hace un par de meses en el escándalo de la carne brasileña adulterada, que en Argentina no trascendió porque ya se sabe que la publicidad y el periodismo independiente son Amigos con Derechos Especiales. O, por si no se sabe, JBS es conocida en Brasil por la marca Friboi, de fuerte arraigo aquí mediante Swift y Cabaña Las Lilas. Otra empresa involucrada es BRF, que entre nosotros compró marcas emblemáticas como Vienísima, Avex, Bocatti, Campo Austral y Tres Cruces. Más de 20 establecimientos de esas empresas les pagaban a los inspectores públicos para que emitieran certificados sanitarios sin fiscalización, capaces de ocultar –entre otras delicias– que utilizaban ácido sórbico: un descontaminante que se mezcla con la masa de los productos (lo subrayó el ministro de Agricultura, Daniel Gouveia Teixeira) para disminuir la contaminación bacteriana, y enmascarar olores y otras características de la carne podrida. ¿Algún negociado específico llevó a O’Globo a pretender lavar la imagen de los directivos de JBS, que es uno de sus más fuertes inversores publicitarios, dirigiendo la atención a la marioneta Temer? Vale como hipótesis, pero la más meneada es que a la asociación entre el poder judicial y mediático se le escapó de las manos la maquinaria fagocitante que desató para derruir a Dilma y, por elevación, a Lula como destino final. En otras palabras, que quedaron presos de su propio mecanismo destructivo y que necesitan desviar el foco. No requieren de mucho esfuerzo que digamos. ¿Qué correlación de fuerzas habría en Brasil como para que el interés social mayoritario pueda centrarse en por qué a O´Globo se le ocurre ventilar este escándalo? Es como si Clarín o a La Nación, o cualquiera de sus satélites ideológicos, decidieran destapar a fondo los negociados del enjambre macrista en cabeza del propio Macri. Lo importante es que el clima de putrefacción política lleve a pensar que la política no tiene más nada que hacer. Y adivinen a quiénes les conviene que la política desaparezca como instrumento del Estado para, al menos, ser mediador entre los desequilibrios sociales.

El itinerario de la Justicia y del denuncismo periodístico, como poder moral superior, fueron el ariete que también se usó en Argentina para producir lo peor de la democracia, que es dejarla a cargo de empresarios disfrazados de benefactores públicos. La casi increíble deducción fue (¿es?) que los ricos, en el ejercicio del gobierno, pueden equivocarse pero no roban. Brasil sirve, o debería, para que esa ilusión ignorante quede desintegrada. Los higienizados anticorruptela, en la medida de no haber cambios de modelo económico que alteren paradigmas sólo basados en la especulación, jamás dejarán de ser parte de los festines y comisarías financieras. Y la “gente” es susceptible de confiar en ellos porque el progresismo viene quedándose con pocos rebeldes que les respondan mediante discursos y prácticas creíbles. Ahora mismo, los argentinos están asfixiados, a futuro de mediano plazo, por una bomba de timba financiera que los, nos, endeuda en dólares a una velocidad inédita. La suma de pasivos del sector público y privado, en moneda extranjera, ya creció en más 40 mil millones de dólares durante el gobierno de Macri. Los capitales locales y extranjeros aprovechan una bicicleta que no se veía desde los tiempos padres o hermanos de este modelo, que son los de la dictadura y de Menem. La plata entra y sale cuando quiera, aprovechando diferenciales de tasa de interés con una ganancia dolarizada que no existe en rincón alguno de este mundo. Es la forma de estos ricos, que no roban, para hablarle a ese mundo de que pueden llevarse el rédito cuando se les antoje, sin que nadie les imponga ni pregunte nada de nada, a la espera mendaz de que alleguen inversiones. No deja de ser notable que inviten a confiar en lo que ellos no confiarían jamás. ¿Por qué habrían de hacerlo, si se los tienta con una ruleta asegurada que repele a cualquier indicio de capitalismo inversor? Sin ir más lejos, Macri anduvo por Beijing y, además de no concretar un solo negocio trascendente que no haya sido promovido en la gestión previa (el resto fueron memos de entendimiento a favor de lo hermosa que es la primavera), se llevó la amenaza de que los chinos no pondrán una moneda mientras el gobierno argentino no exhiba decisión de retomar cierta senda estratégica que les asegure sus obras de infraestructura.

Buen momento para recordar que el Lava Jato se traduce como Operación Lavado a Presión. Es un sarcasmo acertadísimo para entender de qué se trata a un lado y otro de la frontera con nuestros vecinos.