por Mario de Casas –

En esta segunda entrega Mario de Casas aborda la caracterización de la cuestión nacional en Hispanoamérica hasta nuestros días, que no ha sido impulsada por el crecimiento de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, sino por un factor externo: La tajante división del mundo capitalista en un centro imperialista y una periferia colonial o semicolonial.

Por distintas razones, la nación como entidad no produjo su propio Tocqueville, Marx, Weber  o Durkheim. Me refiero a un pensamiento social que la explicara, como ocurrió con la democracia, la clase o el capitalismo. Sin embargo el problema de las naciones que luchaban por su conformación como tales no dejó de preocupar a Marx y Engels. Si bien siendo jóvenes la teoría de la lucha de clases fue para ellos la clave excluyente para entender la historia -perspectiva claramente reflejada en el célebre Manifiesto del ’48- y llegaron a estar influidos por una cosmovisión eurocéntrica y, por lo tanto, en alguna medida cómplice del dominio de los países europeos más avanzados sobre otros pueblos, sus puntos de vista tuvieron después una notable evolución no sólo respecto de Europa, sino de un espacio mucho más amplio.

Es particularmente importante la posición que fijaron en lo que atañe a la cuestión de Irlanda. En este caso, llegaron a la conclusión de que no sería la revolución socialista protagonizada por los trabajadores ingleses la que crearía las condiciones para la liberación de Irlanda, brutal y secularmente oprimida por la burguesía inglesa, sino al revés: sería la revolución nacional irlandesa contra el colonialismo de la burguesía y oligarquía inglesas la que permitiría a la clase trabajadora inglesa liberarse de sus prejuicios nacional-chauvinistas que, en los hechos, se convertían en solidaridad con sus propias clases dominantes frente al oprimido pueblo irlandés.

Estas consideraciones tienen una importancia que trasciende la coyuntura de época y lugar, porque el surgimiento de los grandes monopolios y de la estructura imperialista ha producido lo que en su momento se denominó la “irlandización” del mundo, caracterización que reflejaba sin ambages una realidad que no ha hecho más que acentuarse hasta nuestros días y que se pretende velar con el eufemismo “globalización”: la alianza de hecho de las clases sociales del país imperialista frente a los pueblos oprimidos.

Ahora bien, tanto los casos de independencia nacional como los de unidad nacional tardía -Alemania e Italia- en la Europa del siglo XIX, también apoyados por Marx y Engels porque entendían que ése era el camino que conduciría al socialismo, se caracterizaron porque fueron procesos impulsados por la propia burguesía, acorde con el avance del capitalismo: un capitalismo maduro no se podía concebir con estructuras débiles–subnacionales-, aspecto al que me he referido en la primera parte de este trabajo al hacer mención de la necesidad de creación de los Estados nacionales.

En cambio, lo que ha caracterizado a la cuestión nacional en Hispanoamérica hasta nuestros días es que no ha sido impulsada por el crecimiento de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, sino por un factor externo: la tajante división del mundo capitalista en un centro imperialista y una periferia colonial o semicolonial. Este planteo fue desarrollado en el siglo pasado por los más comprometidos y claros exponentes del pensamiento nacional: Raúl Scalabrini Ortiz, Rodolfo Puiggrós, Jorge A. Ramos en su primera etapa, Eduardo B. Astesano, John W. Cooke, Jorge E. Spilimbergo, Juan J. Hernández Arregui, entre otros. Todos hicieron invalorables aportes a la comprensión y difusión de la contradicción fundamental que enfrentan los pueblos de nuestra América, cada uno con sus singularidades.

La periferia de la que formamos parte entra periódicamente en crisis como consecuencia de múltiples formas de opresión, económica, política e ideológica. No ha habido un crecimiento de la burguesía en el marco del orden capitalista -como clase que genere por lo menos los cimientos para la realización del objetivo estratégico de la unidad y efectiva independencia nacional latinoamericana-, sino una sucesión de crisis como consecuencia de esa relación de dependencia. Esto no quiere decir que no haya grupos económicos poderosos, incluso transnacionales con una importante base de operaciones en el país, como Techint.

A propósito del caso argentino, es indispensable hacer un poco de historia. En nuestro país el proceso de industrialización -único modo de acumulación capaz de convertirse en base para la maduración capitalista de una formación social- adquirió cierto desarrollo a partir de la crisis mundial de 1929. Pero ese proceso, forzado por las circunstancias y materializado a través de medidas defensivas, no fue de carácter nacional, sino cerrada y claramente clasista, conducido por la oligarquía terrateniente.

El centro imperial descargó la crisis sobre la periferia -como puso en evidencia Raúl Scalabrini Ortiz en“Política Británica en el Río de la Plata”- y a su vez la oligarquía trasladó la debacle al resto del país, afectando incluso a sus aliados históricos como el sector de criadores. Con el Estado en sus manos desde el golpe del ’30, implementó medidas como el control de cambios y la retracción de importaciones que configuraron un proteccionismo tendiente a equilibrar la balanza de pagos; así se generó un desenvolvimiento industrial que modificó la estructura socio-económica del país.

Pero ese incipiente desarrollo de la industria no era consecuencia del proyecto de una clase burguesa que pretendiera hacer la revolución industrial. Había, sí, la participación de industriales cuya conciencia del interés nacional y de su propio interés de clase -que a su vez buscara la hegemonía- eran y siguen siendo sumamente precarios. Para acentuar este déficit histórico, morigerado cada vez que el Movimiento Nacional asumió el poder político, a la extraordinaria fertilidad de las tierras de la pampa húmeda hay que agregar la quita de retenciones y la desregulación del sistema financiero desde que la oligarquía tomó nuevamente las riendas en 2015; con lo que se consolida un fenómeno que se podría caracterizar como “de conversión”, en referencia al comportamiento de grupos económicos que cuando han alcanzado cierta envergadura convierten buena parte de sus activos en campos de esa zona privilegiada, y perfeccionan la ya tradicional fuga de divisas.

Este comportamiento está indicando que la enorme debilidad orgánica de la burguesía como clase era y es material pero también ideológica; la subordinación al pensamiento dominante de la oligarquía -de amplio alcance en la sociedad- queda en evidencia, pues la forma de propiedad de la clase dominante era y es la forma de propiedad socialmente jerarquizada.

Aunque parezca obvio, es importante destacar que esos campos no son fábricas de vacas o de soja, suponen en cambio un cuasi monopolio sobre un bien natural, sobre la naturaleza, y la característica sobresaliente de sus propietarios es el parasitismo, no la reinversión de las ganancias o de las rentas que surgen de la gran diferencia entre los precios internacionales de los productos agropecuarios y los costos locales. En ese régimen de propiedad de la tierra hay que buscar el fundamento de esta lógica de funcionamiento, de la señalada preeminencia ideológica y, en distintos períodos como el actual, de la naturaleza del poder político. Todos factores convergentes en el desvío del excedente nacional fuera del circuito interno de la reinversión, del desarrollo de la ciencia y la tecnología y de la redistribución del ingreso; en parte absorbido por las metrópolis imperialistas y en parte por el consumo suntuario, la valorización financiera del capital y la fuga de divisas de los sectores dominantes domésticos.

Es ésta cualidad fundamental la que distingue a la clase dominante autóctona de la burguesía que, ya en su rol hegemónico, impulsó la unificación o la independencia nacional en Europa y los Estados Unidos en el siglo XIX; determinante además de la condición dependiente de nuestro país y, por lo tanto, de la singular cuestión nacional que nos incumbe. Es también la razón por la que se desplaza la tarea central de la liberación nacional a otros sectores sociales, que para llevarla a cabo están obligados a conformar un frente nacional.

Para aquellas víctimas de las ideas dominantes que consideran que el desafío lleva implícita la condena de lo irrealizable, hay que poner en evidencia que, a la luz de la enseñanza histórica y de los datos duros, el tan mentado “subdesarrollo” es un concepto técnico inapropiado para explicar el relativo atraso nacional; es una tergiversación interesada: la distancia tecnológica que nos separa de los países de capitalismo avanzado es consecuencia de la “distancia” social. Lo decisivo es la incapacidad del orden ahora fortalecido para sortear una diferencia que justamente los meros datos técnicos -recursos naturales, centros de investigación, experiencia industrial, etc.- no muestran insuperable.

Fuente: La Tecl@ Eñe