por Héctor Mauriño –

Macri torpedeó los acuerdos con el gigante asiático y ahora, desesperado por las inversiones, no tendrá más remedio que ponerlos en práctica. El riesgo de la “complementariedad” es terminar en una Argentina pastoril. Después de haber arruinado la posibilidad de concretar Chihuido I con los rusos, el presidente lo intentará con los chinos.

Es difícil saber si Macri, tan poco afecto como es al trabajo y a las obligaciones, realizó este viaje a China y Japón en cumplimiento de alguna misión de Estado, para hacer negocios personales o simplemente para hacer turismo de compras y matar un poco el tiempo, ese insumo que al parecer lo agobia.

Con todo, lo más probable es que esta haya sido la salida desesperada del jefe de un gobierno que prometió una lluvia de inversiones que, como no sea la de los dólares que entran para especular, nunca se verificó.

En lo que a China se refiere, lo cierto es que después de haber torpedeado las inversiones acordadas por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, el presidente decidió cambiar de opinión y se largó a mejorar las relaciones con un país que es la segunda economía del planeta y está presente con inversiones en dos de cada tres países.

Así, Macri dejó sus suspicacias de lado, cambió el látigo por la rama de olivo y no le tembló la voz para afirmar durante una conferencia que dictó ante empresarios y funcionarios en Beijing, que “debe haber pocos países en el mundo más complementarios que la Argentina y China”.

Pero a pesar del sospechoso mensaje moral, los chinos no dejaron pasar la oportunidad para marcarle la cancha. Lo reprendieron y le advirtieron que no habrá ninguna inversión más si no se cumplen los acuerdos contraídos con los gobiernos que lo precedieron. Un verdadero trago amargo para Macri, que debió encajar como pudo los retos de la burocracia del PC Chino, que es amable pero sabe ser áspera cuando hace falta.

Claro que esta notable “complementariedad” entre la Argentina y China que plantea Macri, tiene de movida algunas limitaciones. La primera es que al presidente argentino le cuesta entender eso de los acuerdos entre Estados. Capta mejor lo que se refiere a sus negocios personales y de sus empresas y por eso aprovechó el viajecito para darle una vuelta más de tuerca a dos asuntos vidriosos: las casas chinas y el autito que comercializa su padre en el Uruguay y él quiere vender acá.

El otro problema, mayor aún, es que para el primitivismo económico de este gobierno la industria no existe, en la Argentina pastoril que alienta sólo como viable la producción agrícola exportable. Por eso, cuando Macri habla de complementariedad con el gigante industrial chino, lo mejor que se le ocurre es eso del “supermercado del mundo”, una idea que no podría ser más modesta. En suma, una Argentina agrícola, que sólo exporte grano y carne, como la que se alineó en el siglo XIX con Gran Bretaña en el marco de la división internacional del trabajo. Un país sin industrias y sin mercado interno, en el que un tercio de la población vive en la indigencia por falta de empleo.

O sea, la pavada del “supermercado” es una concepción acorde con la acelerada reprimarización de la economía que el gobierno viene llevando adelante desde diciembre de 2015.

Si para cualquier país industrial China es temible por su competitividad y el bajo precio de su mano de obra, para la Argentina de Macri ese problema no existe: ellos manufacturas, nosotros soja. Hasta les dijo a los chinos que iba a duplicar la producción de alimentos para vendérselos.

Macri y sus compinches del gabinete nunca oyeron hablar del deterioro de los términos de intercambio y creen que con más soja van a cubrir el enorme déficit comercial -de 6.000 millones de dólares- que mantiene el país con el gigante asiático.

A China le interesa el avance de las dos represas hidroeléctricas que acordó con el gobierno anterior construir en Santa Cruz -Néstor Kirchner y Jorge Cepernic- y precisamente por eso durante las conversaciones bilaterales puso el cumplimiento de esos compromisos por parte de la administración macrista como condición para seguir adelante.

La bravuconada de Macri de suspender las obras, tuvo por respuesta que China no comprara más aceite de soja argentino -se lo pasó a comprar a Brasil, aunque lo vende más caro-  y ese fue el motivo principal de la escalada del déficit comercial.

Con la base satelital de Neuquén ocurrió lo mismo; fue denostada por el macrismo y sus aliados de Cambiemos que le adjudicaron un supuesto propósito militar luego desmentido por los hechos.

En el caso del emprendimiento hidroeléctrico neuquino Chihuido I, Macri llega al acuerdo que se firmó esta semana con China luego de haber protagonizado un papelón con los rusos.

Durante su campaña electoral y más aún desde que arrancó su gestión, el presidente, acaso en un intento de congraciarse con Estados Unidos, se dedicó a sembrar dudas sobre los acuerdos con rusos y chinos.

La obra de Chihuido I, varias veces postergada, es un viejo proyecto de Agua y Energía que las distintas administraciones del MPN vienen impulsando desde hace décadas, hasta ahora sin éxito.

Fue el ex gobernador Jorge Sobisch quien reflotó la iniciativa, de la mano de un acuerdo entre la provincia y el grupo mendocino Pescarmona. Pero luego de algunas escaramuzas la cosa quedó en la nada.

Jorge Sapag retomó el tema durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, pero la primera licitación se frustró y fue el último gobierno de Cristina el que terminó de atar el paquete, al adjudicar la obra a una UTE liderada por una entidad rusa y un consorcio argentino integrado por el grupo Eurnekian; Panedile; Eleprint; Hidroeléctrica Ameghino y la española Isolux Ingeniería.

Según ese acuerdo, el Banco de Desarrollo Ruso Vnesheconombank, iba a financiar el 87% de los 1.900 millones de dólares que se estimaba costaría la obra, con una tasa de interés del 6% y un plazo de financiación de cinco años de gracia y 13 de pago.

Pero apenas asumió, Macri se propuso bajar la tasa con el argumento de que el ruinoso arreglo con los fondos Buitre le permitía al país aspirar a mejores condiciones de financiación.

A pedido suyo, el premier ruso Vladimir Putin accedió a bajar la tasa al 5,5 %, pero Macri imprudentemente siguió regateando, y Putin se enojó y le respondió destempladamente.

Por eso, el gobierno de Cambiemos no tuvo más remedio que volver sus ojos sobre la empresa que salió segunda en la compulsa internacional realizada por la anterior administración. Se trata de la firma china Yellow River Engineering Consulting, que depende del ministerio de Recursos Hídricos de la República Popular.

Lo que se acaba de firmar en Beijing con la presencia del gobernador Gutiérrez, representantes de la empresa Helport –del grupo Eurnekian y líder de la UTE ganadora- y de los chinos es un preacuerdo al que le falta el detalle del financiamiento, que si todo sale bien aportaría el Bank of China.

El compromiso prevé un plazo de 45 días para alcanzar un acuerdo definitivo y comenzar formalmente con la negociación del contrato y las condiciones financieras.

Habrá que seguir esperando, con paciencia china.

Fuente: Va Con Firma