En primer lugar quiero aprovechar la posibilidad de poder dirigirme a ustedes en este día, en este 25 de Mayo, fecha de la Revolución que nuestro Pueblo le dio a la Patria hace ya más de dos Siglos, allá por 1810.

Y agradecer poder tomar la palabra, para reflexionar y compartirla con ustedes. Porque la conmemoración de las fechas gloriosas de nuestra Patria no puede ser un cotillón de frases huecas, adornos y palabras vacías. Palabras como Patria, como Pueblo y como Revolución, deben ser honradas en toda su dimensión histórica y en su valor de mandato para quienes tenemos que hacerlas oír.

En aquél 1810 se empezaba a concretar el anhelo de la Patria libre que se había empezado a forjar en nuestra tierra unos pocos años antes, cuando el Imperio Británico invadió las orillas y la Capital, ansioso por conquistar territorios para extrer materias primas y vender los excedentes de su revolución industrial.

Las Invasiones de 1806 y de 1807 marcaban la ambición de un Imperio depredador que era capaz de piratear, de vender opio y de conquistar las voluntades de los miserables que por encima de las vidas de sus Pueblos, ponían sus interese económicos.

Eran los tiempos de la decadencia del Imperio Español, el de la Conquista que llevó a Europa las riquezas americanas, que languidecía en la península Ibérica ante el avance de las fuerzas napoleónicas.

Ya en esas invasiones se empezaba a vislumbrar el caracter popular que iba a tener la década que llevó a la Independencia en el transcurso de 1806 a 1816.

Es que así como algunos encumbrados funcionarios, algunos comerciantes y algunos religiosos aceptaron y hasta se congraciaron con los invasores,  por fuera de los banquetes y los caserones, en las orillas y en el subsuelo de la Patria, se forjaba la resistencia de varones y mujeres que sentían ofendida su tierra ante la complicidad de los mediocres.

Y las piedras, el agua caliente y las calles angostas que nos contaban las maestras en cuarto grado se hicieron manos callosas, se hicieron Verdad.

Y en ese Mayo de 1810, apenas algo después, ante la caída concreta de España, los revolucionarios dijeron claramente que el poder del Rey debía volver al Soberano, al Pueblo. El mismo Pueblo que no estaba dispuesto a tolerar salidas prolijas, como la propuesta el día 24, negociada con el Virrey. El mismo Pueblo que estaba alerta ante los que invitaban a Inglaterra a imponer con la diplomacia y las baratijas lo que no había logrado con las armas. Se quería un gobierno de Criollos para una Patria Criolla.

Como citaba el pensador silenciado, “no se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro”.

Y como hoy, aquél 25 de Mayo, terminó asomando el Sol, venciendo a la lluvia, alumbrando y envolviendo de tibieza a una Tierra que se quería Patria.

Patria más allá de la Orilla. Patria que se empezaba a extender a todo el territorio de la Argentina, hecha Bandera por el más rebelde y desobediente, Manuel Belgrano, hecha Pueblo por José Artigas, hecha Mujer por Juana Azurduy, y hecha América por José de San Martín desde esta misma Cordillera que nos hace tan chicos aquí a sus pies.

Rebelde, Pueblo, Mujer y  América, se hacía nuestra Argentina en la voluntad de las manos y la sangre de hace dos siglos.

La Grandeza debió convivir con la vida misma en el trayecto de lo siguiente. Las contradicciones, las miserias, las dificultades, las mezquindades, fueron también parte de lo que somos. Parte de lo afirmado y de lo inconcluso.

Y aquí estamos, otra vez un 25. Pensando esa Patria naciente que quiere seguir siendo Patria que vive.

Y nos queda pensar que esa Revolución tuvo un sujeto y un objeto: el Pueblo que la hizo y que la sintió.

Y que lo acecharon los miserables y los saqueadores, aquellos que hoy mismo siguen ofendiendo a nuestos héroes que siguen esperando en el frío del Océano y en nuestras Islas Malvinas.

Aquéllos que han instaurado que la Tierra y que los Pueblos están para usarse, en lo que Francisco nos explica como “cultura del descarte”, que daña a millones cada día.

Y nos queda pensar entonces como cumplimos con aquel sueño, con aquél legado con aquél mandato de un Pueblo que torció la Historia, que sublevó la Patria, que la hizo Revolución.

Y que es el sujeto, el objeto, la savia, el corazón y las manos de una Argentina viva, que debe estar de pie.

Que es historia y es presente. Que Es y que debe ser. Que vive aquí, en esta Plaza, en este Pueblo y en cada rincón,  hoy más de doscientos años después, doscientas vueltas al Sol.

Un Sol fuerte que es capaz de levantar la helada cruda de la mañana, que entibia en este invierno y que corre la oscuridad, que se hace luz. Y que acompaña cada madrugada a los que en la Escuela, en la obra, en la montaña, en el hospital, en el campo, en su localcito, en su taller hacen la Argentina.

Un Sol que se hace Bandera en el paño.

Un Sol, una Bandera, que nos dicen cada día que no nos corramos del mandato de esas manos, de esa historia, de esa sangre. Del mandato de hacer una Patria Grande que realice a un Pueblo Feliz.

Un 25 de Mayo que nos hace conmemorar, que nos conmina a no corrernos de la Historia, y a poner en nuestra acción la memoria de los que no están, el esfuerzo de los que hacen la Patria cada día, y por encima de todo, de lo que fuimos y de lo que somos, nos pone en la obligación de ser solidarios, de ser constructores de una Argentina que cobije con justicia y con dignidad a cada niño y a cada niña que nacen cada día en esta Patria que celebramos y que merece el esfuerzo por los que esperan y aún siguen siendo postergados.

Por esa Revolución, por este Pueblo Historia y Mañana, por esta Argentina que amamos

VIVA LA PATRIA