El día que todo comenzaría a cambiar amaneció destemplado y ventoso. Era una típica jornada otoñal en el Río de la Plata allá por 1810. El calendario marcaba 13 de mayo y un barco inglés traía, además del contrabando habitual, gacetas españolas e inglesas con una noticia tan atrasada como grave: el 13 de enero Sevilla había caído en manos de las tropas de Napoleón que habían traspasado la Sierra Morena. La Junta Central, el último bastión del poder español reconocido por los americanos, se había mudado a la bella isla de León, frente al puerto de Cádiz, donde el 29 de enero había decidido abdicar –con el apoyo decidido de los ingleses– en el Supremo Consejo de Regencia.

El viernes 18 el virrey Cisneros hizo publicar y leer por los pregoneros (porque la mayoría de la población era analfabeta) una proclama que comenzaba diciendo: “A los leales y generosos pueblos del virreinato de Buenos Aires.” y advertía que “en el desgraciado caso de una total pérdida de la península, y falta del Supremo Gobierno” él asumiría el poder acompañado por otras autoridades de la Capital y todo el virreinato y se pondría de acuerdo con los otros virreyes de América para crear una Regencia Americana en representación de Fernando VII, cautivo de Napoleón en Francia. Cisneros aclaraba, pero oscurecía, cuando decía que no quería el mando sino la gloria de luchar en defensa del monarca contra toda dominación extraña y, finalmente prevenía al pueblo sobre “los genios inquietantes y malignos que procuran crear divisiones”. A medida que los porteños se fueron enterando de la gravedad de la situación, subieron de tono las charlas políticas en los cafés y en los cuarteles. Todo el mundo hablaba de política y hacía conjeturas sobre el futuro del virreinato.

La situación de Cisneros era muy complicada. La Junta que lo había nombrado virrey había desaparecido y la legitimidad de su mandato quedaba claramente cuestionada. Esto aceleró las condiciones favorables para la acción de los patriotas que se venían reuniendo desde hacía tiempo en forma secreta en la en la jabonería de Vieytes. La misma noche del 18 los jóvenes revolucionarios se reunieron en la casa de Rodríguez Peña y decidieron exigirle al virrey la convocatoria a un Cabildo Abierto para tratar la situación en que quedaba el virreinato después de los hechos de España. El grupo encarga a Juan José Castelli y a Martín Rodríguez que se entrevisten con Cisneros.
Sábado 19

Las reuniones continuaron hasta la madrugada del Sábado 19. Asistieron unas catorce personas y se acordaron cuestiones sustanciales. Los abogados, encabezados por Belgrano y Castelli, tranquilizaron a sus compañeros sobre la legitimidad de un movimiento tendiente a deponer a un virrey nombrado por una institución inexistente de un país ocupado por un invasor extranjero. Recordando a Rousseau, garantizaron que estaban en plena libertad de darse un gobierno propio, ejerciendo así su soberanía natural. Al mismo tiempo, se garantizó el apoyo de los cuerpos militares al movimiento en marcha.

Sin dormir, por la mañana, Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano le pidieron al Alcalde Lezica la convocatoria a un Cabildo Abierto y Juan José Castelli hizo lo hizo ante el síndico Leiva.

El cabildo abierto era una institución utilizada para casos extraordinarios: la defensa de la ciudad, aprobar una obra que requiriese aportes excepcionales, una epidemia, etc. No era una institución “democrática”, ya que solo los “vecinos” (hombres “blancos”, mayores de edad, cabezas de familia y propietarios o que ejercieran una profesión matriculada o corporativa) podían participar, siempre y cuando hubiesen sido invitados por el Cabildo. Aunque sus alcances eran exclusivamente municipales, los cabildos carecían de facultad para convocarlos: la citación debía ser efectuada por el representante de la autoridad real en la ciudad correspondiente. En Buenos Aires, como cabeza del virreinato, esa autoridad era la del propio virrey; en las demás ciudades, el gobernador intendente (en las capitales de intendencias) o el teniente de gobernador (en las restantes).

Domingo 20

El domingo 20 el virrey Cisneros reunió a los jefes militares y les pidió su apoyo ante una posible rebelión, pero todos se rehusaron a brindárselo. Por la noche Castelli y Martín Rodríguez insistieron ante el virrey con el pedido de cabildo abierto. El virrey dijo que era una insolencia y un atrevimiento y quiso improvisar un discurso pero Rodríguez le advirtió que tenía cinco minutos para decidir. Cisneros le contestó “Ya que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran” y seguidamente se convocó al Cabildo para el día 22 de Mayo. En el “Café de los Catalanes y en “La Fonda de las Naciones”, los criollos discutían sobre las mejores estrategias para pasar a la acción

Lunes 21

La actual Plaza de Mayo estaba por entonces dividida por la Recova. La zona contigua al Cabildo había sido hasta el 12 de agosto 1808 la Plaza Mayor y a partir de esa fecha, la Plaza de la Victoria, en honor al triunfo obtenido un año antes frente a los ingleses; el otro sector se llamaba Plaza de Armas o Plaza del Fuerte.

A las nueve de la mañana se reunió el Cabildo como todos los días para tratar los temas de la ciudad. Pero a los pocos minutos los cabildantes tuvieron que interrumpir sus labores. La Plaza estaba ocupada por unos 600 hombres armados de pistolas y puñales. Este grupo de revolucionarios, encabezados por Domingo French y Antonio Luis Beruti, se agrupaban bajo el nombre de la “Legión Infernal” y pedía a los gritos que se concrete la convocatoria al Cabildo Abierto. Un testigo de la época define a la “Legión como una “mozada de resolución”. El síndico Leiva salió al balcón y trató de calmar los ánimos y le dijo a la multitud. Debió ser un espectáculo muy curioso para los porteños de entonces el contemplar a todo un señorón como el síndico procurador del Excelentísimo Cabildo, don Julián de Leiva, dirigirse a las huestes de French y Beruti (formadas por “muchachos alocados” de los grupos revolucionarios, los pulperos y empleados de los barrios y algún que otro representante de la “chusma” que andaba de chiripá), tratándolas de “Señores” y “Vuestras Mercedes”. Algo estaba cambiando en esa sociedad estamental, o por lo menos, Leiva se la veía venir. Pero a los “infernales” no los conformaban los halagos ni las “insinuaciones”; no se calmaron y pidieron que el virrey fuera suspendido. Debió intervenir el Jefe del regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra quien logró tranquilizarlos garantizándoles el apoyo militar a sus reclamos.

Martes 22

Ya desde temprano fueron llegando los “cabildantes”. De los 450 invitados sólo concurrieron 251. También estaba presente una “barra” entusiasta. En la plaza French, Beruti y los infernales esperan las novedades. La cosa se fue calentando hasta que empezaron los discursos, que durarán unas cuatro horas, sobre si el virrey debía seguir en su cargo o no. Comenzó hablando el Obispo Lué diciendo que mientras hubiera un español en América, los americanos le deberían obediencia. Le salió al cruce Juan José Castelli contestándole que habiendo caducado el poder real, la soberanía debía volver al pueblo que podía formar juntas de gobierno tanto en España como en América. El Fiscal de la Audiencia, Manuel Villota señaló que para poder tomar cualquier determinación había que consultar al resto del virreinato. Villota trataba de ganar tiempo, confiando en que el interior sería favorable a la permanencia del virrey. Juan José Paso le dijo que no había tiempo que perder y que había que formar inmediatamente una junta de gobierno.

Casi todos aprobaban la destitución del virrey pero no se ponían de acuerdo en quien debía asumir el poder y por qué medios. Castelli propuso que fuera el pueblo a través del voto el que eligiese una junta de gobierno; mientras que el jefe de los Patricios, Cornelio Saavedra, era partidario de que el nuevo gobierno fuera organizado directamente por el Cabildo. El problema radicaba en que los miembros del Cabildo, muchos de ellos españoles, seguían apoyando al virrey.

Miércoles 23

Por la mañana se reunió el Cabildo para contar los votos emitidos el día anterior y emite un documento: “hecha la regulación con el más prolijo examen resulta de ella que el Excmo. Señor Virrey debe cesar en el mando y recae éste provisoriamente en el Excmo. Cabildo […] sin embargo de haber a pluralidad de votos cesado en el mando el Exmo. Sr. Virrey, no sea separado absolutamente, sino que se le nombren acompañados, con quienes haya de gobernar hasta la congregación de los diputados del virreinato: lo cual sea, y se entienda, por una Junta compuesta de aquellos, que deberá presidir, en clase de vocal, dicho Señor Exmo.” La trampita era el primer paso del plan del síndico Leiva, adicto al virrey para nombrar una Junta presidida por Cisneros.

Jueves 24

Se confirmaron las versiones: el Cabildo designó efectivamente una junta de gobierno presidida por el virrey e integrada por cuatro vocales: los españoles Juan Nepomuceno Solá y José de los Santos Inchaurregui y los criollos Juan José Castelli y Cornelio Saavedra, burlando absolutamente la voluntad popular. Esto provocó la reacción de las milicias y el pueblo. Castelli y Saavedra renunciaron a integrar esta junta Muchos como el coronel Manuel Belgrano fueron perdiendo la paciencia. Cuenta Tomás Guido en sus memorias “En estas circunstancias el señor Don Manuel Belgrano, mayor del regimiento de Patricios, que vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias observando la indecisión de sus amigos, púsose de pie súbitamente y a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de sangre generosa entró al comedor de la casa del señor Rodríguez Peña y lanzando una mirada en derredor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada dijo: “Juro a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese renunciado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas.”

Por la noche una delegación encabezada por Castelli y Saavedra se presentó en la casa de Cisneros con cara de pocos amigos y logró su renuncia. La junta quedó disuelta y se convocó nuevamente al Cabildo para la mañana siguiente.

Viernes 25 de mayo de 1810

Todo parece indicar que el 25 de mayo de 1810 amaneció lluvioso y frío. Pero la “sensación térmica” de la gente era otra. Grupos de vecinos y milicianos encabezados por Domingo French y Antonio Beruti se fueron juntando frente al cabildo a la espera de definiciones. Algunos llevaban en sus pechos cintitas azules y blancas, que eran los colores que los patricios habían usado durante las invasiones inglesas.

Pasaban las horas, hacía frío, llovía y continuaban las discusiones. El cabildo había convocado a los jefes militares y estos le hicieron saber al cuerpo a través de Saavedra que no podían mantener en el poder a la Junta del 24 porque corrían riesgos personales porque sus tropas no les responderían. La mayoría de la gente se fue yendo a sus casas y el síndico del Cabildo salió al balcón y preguntó “¿Dónde está el pueblo?”. En esos momentos Antonio Luis Beruti irrumpió en la sala capitular seguido de algunos infernales y dijo “Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces, Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toque la campana y si es que no tiene badajo nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto, señores decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; pero, si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada.” Poco después se anunció finalmente que se había formado una nueva junta de gobierno .El presidente era Cornelio Saavedra; los doctores Mariano Moreno y Juan José Paso, eran sus secretarios; fueron designados seis vocales: Manuel Belgrano, Juan José Castelli, el militar Miguel de Azcuénaga, el sacerdote Manuel Alberti y los comerciantes Juan Larrea y Domingo Matheu.

Ese 25 de mayo de 1810 dijo Mariano Moreno:

“La variación presente no debe limitarse a suplantar a los funcionarios públicos e imitar su corrupción y su indolencia. Es necesario destruir los abusos de la administración, desplegar una actividad que hasta ahora no se ha conocido, promover el remedio de los males que afligen al Estado, excitar y dirigir el espíritu público, educar al pueblo, destruir o contener a sus enemigos y dar nueva vida a las provincias. Si el gobierno huye el trabajo; si sigue las huellas de sus predecesores, conservando la alianza con la corrupción y el desorden, hará traición a las justas esperanzas del pueblo y llegará a ser indigno de los altos destinos que se han encomendado en sus manos. Es preciso pues emprender un nuevo camino en que, lejos de hallarse alguna senda, será necesario practicarla por entre los obstáculos que el despotismo, la venalidad y las preocupaciones han amontonado por siglos ante los progresos de la felicidad de este continente. Después que la nueva autoridad haya escapado a los ataques, a que se verá expuesta por sólo la calidad de ser nueva, tendrá que sufrir los de las pasiones, intereses e inconstancias de los mismos que ahora fomentan la reforma.”

Juan Bautista Alberdi pone en boca del entusiasta Antonio Beruti estas palabras: “Compatriotas: En nombre del entusiasmo que abrasa mis entrañas, y del calor de los valientes que he tenido el honor de presidir en esta jornada inmortal, yo me tomo la misión de decretar que nadie pegue sus ojos en esta noche de gloria: el pueblo que duerme impasible el día que ha roto sus cadenas y no se enloquece, y no se embriaga, y no se enajena y perece de gusto, es un pueblo indigno y frío, que no tardará en volver a ser esclavo. Yo decreto, señores, a nombre del honor de ustedes mismos, que durante las horas memorables de toda esta noche, resuene un cántico continuo y universal al Dios que ha roto nuestras cadenas.”

Comenzaba una nueva etapa de nuestra historia.