por Matías Quirno Costa –

“…Veamos una de cowboys..”, le decía a mi padre cuando era sólo un niño. Y así, los sábados a la tarde la tele nos paseaba entre westerns, bélicas de la segunda guerra mundial y de Estados Unidos ‘liberando’ Vietnam.

Recuerdo aquellas hordas de Pieles Rojas atacando a los valientes pioneros norteamericanos, todos queríamos ser cowboys y pelear contra el indio salvaje en las llanuras ‘Americanas’.

El indio era traidor, vago, sucio y siempre con cara de malo. Vietnam a diferencia de la 2º Guerra no tenía un triunfo que mostrar, pero el cine se mostró como una herramienta de lo más adoctrinadora.

A través de Hollywood, el cine se las arregló para hacer de aquella guerra/invasión, una epopeya épica norteamericana, mostrándola en un sinfín de innumerables batallas con cientos de triunfos parciales. Allí se derrotaba a “Charly”, como llamaban a los revolucionarios vietnamitas, cientos de Charlys caían como racimos ante las balas libertarias de los Estados Unidos de Norteamérica. De haber sido ciertas EEUU habría ganado Vietnam.

La victoria de Vietnam sobre las tropas invasoras obligó a los genios del cine a inventar otra serie de pequeños triunfos necesarios a la hora de narrar aquellos días en el calor del Sudeste Asiático. Y como Rambo, y tantos otros, las nuevas aventuras hablarían de los rescates a los camaradas de armas que habían quedado en la selva de aquel lejano país torturados y enjaulados en prisiones de bambú, el mismo que usaban los malos para levantar las uñas de sus prisioneros. Aquellos rescates eran sacrificados pero siempre daban sus frutos y mostraban como un minúsculo grupo de soldados americanos muy bien entrenados combatían y aniquilaban a un ejército de subdesarrollados vestidos de negro y sombrerito triangular, que para colmo andaban descalzos, claro, eran salvajes… como los indios.

Los 90 nos traen nuevos enemigos de la civilización. Por un lado los sudacas de países bananeros. Tanto revolucionarios latinoamericanos como narcos colombianos copan las pantallas ya no sólo del cine. División Miami, mítica serie de aquella época, nos muestra cómo los colombianos intentan llenar a los pobres y civilizados EEUU de cocaína. Ellos son latinos, narcos, malos, feos y salvajes… sí, como los indios y los vietnamitas. Pero la guerra en el Gofo Pérsico y los combates a Sadam, a Al Qaeda, luego la guerra en Afganistán y sus Talibanes como Osama Bin Laden traería a la industria del cine norteamericano mucho material para continuar contándole al mundo lo buenos, amables y civilizados que son los Estados Unidos y cómo son ellos quienes nos defienden del caos, del terrorismo y de todos aquellos que apoyan sus traseros en los benditos pozos de petróleo.

Series televisivas, y enorme cantidad de películas nos van condicionando día a día casi sin darnos cuenta a tomar posición frente a un planteo binario. Los buenos y los malos, los lindos y los feos. Pero para ello han trabajado en nuestra subjetividad durante años. Nada es al azar. Construyen líderes y monstruos, se encargan de decirte todos los días cuál es cuál y según ellos con qué posición te debés identificar.

Han logrado calar tan hondo que para muchos, hoy, musulmán es sinónimo de terrorismo. Han convencido al mundo que el terrorismo es una guerra de fanáticos extremistas religiosos contra los buenos y las buenas costumbres. Han logrado desviar el objetivo y que ya no se condene la invasión de un país o varios sobre otro, ya sea por los recursos naturales como el petróleo, el gas o el agua como por su lugar estratégico en la geopolítica actual.

Han logrado generar que el mundo repudie atentados en países del primer mundo y silencie los bombardeos de las coaliciones libertarias en los países invadidos.

Está claro que no sólo el cine se ha convertido en una poderosísima arma propagandística, sino que además cuentan con las monopólicas cadenas informativas dispersas por todo el globo terráqueo y que juntas son capaces de generar y moldear la subjetividad de millones de personas que consumen sus productos desde que nacen hasta el último día de sus vidas.