Bombas. Bombas y aviones. Bombas, aviones y metralletas. Sirenas, gente corriendo, gente gritando. Cuerpos mutilados en el piso. Autos y micros prendidos fuegos. El trolebús explotado. Columnas de edificios destrozadas. Sangre y polvo sobre el suelo. Ambulancias, bomberos, pueblo solidario. Periodistas y fotógrafos.  Mucho ruido; ruido de guerra, de violencia, de barbarie; ruido de estupidez desmedida, de falso patriotismo, de falso cristianismo, de falsos. La mentira y sus idiotas útiles generando estas imágenes de guerra en un país de paz, en un país de amor, un país justo, de estirpe cristiana.

Como varias veces ya nos paso, la estupidez engreída volvía a nuestra patria para dolernos a manos de los nuestros. Como Lavalle montado sobre la mentira unitaria matando a Dorrego, su compañero del ejercito de los Andes con el que habían dado gloria a América y a todo el pueblo del virreinato del rió de la Plata; como Urquiza, heredero de las milicias guaraníes y el artiguismo haciendo desfilar al ejército brasilero, su enemigo ancestral, por la ciudad de Bs.AS. luego de vencer en caseros al federalismo, del cual formaba parte.

Pero quizás hubo una diferencia sin precedentes en estas bombas: el pueblo. Tiraron bombas contra el pueblo. No fue una disputa de militares en territorio de guerra o un ajusticiamiento entre cuadros de distintas fuerzas. No, fue un acto de odio sin precedentes. Nunca en nuestra historia se había realizado semejante acto de salvajismo.

La marina se encontraba desarmada. El ejército le había sacado sus municiones luego de haber abortado un intento de golpe de estado anterior al del 16 de junio de 1955. Los peronistas bromeaban en las calles de Buenos Aires que la marina los iba a correr con petardos; no cabía en sus cabezas el horror que luego desatarían.

Toneladas de bombas cargadas en alta mar por el aporte de buques de guerra ingleses. Si, bombas e inglesas. Las mismas que quisieron instalarse en nuestra tierra a principios de 1800, y a mediados, y que cooptaron los negocios a fines de ese mismo siglo regalándonos una clase aristocrática pedante y servil, a la que bautizamos cipayos y que sacamos de la toma de decisiones en la gloriosa década del 40. Eso nos tiraron sobre la plaza de mayo, bombas inglesas sobre la gente. Las bombas de nuestros enemigos históricos, de los creadores del régimen materialista que oprime al mundo y tiene como consecuencias la pobreza extrema en el medio de la abundancia; creadores del cinismo que habita en el mundo, y en nuestro país, que vive saltando los cadáveres de los muertos como si no estuvieran allí (o justificando la desprotección de los más débiles) para seguir con su vida de bienestar para unos pocos.

Cualquier persona que tenga en su corazón anidada la patria se retuerce de dolor de solo pensarlo. Militares, curas, radicales, peronistas, ateos y liberales. Nadie que tenga el corazón puesto en la patria puede dejar de sentir el doloroso horror de que hayan arrojado bombas inglesas sobre la vida inocente de nuestra gente. 308 muertos, solo 12 de la casa rosada. ¿querían matar al presidente?. 14 toneladas de bombas, muchísimas mas que el bombardeo de Guernica. Pero Guernica lo pinto Picasso, todos lo reconocen y se horrorizan en su simbología. ¿Cuánto falta para que la totalidad de nuestro pueblo conozca su historia y no la repita?

Era tal el nivel de soberbia que los enceguecía que bendijeron los aviones y pintaron cruces con la V en los fuselajes significando “Cristo vence” un lema de la época para enganchar idiotas útiles contra el pueblo. Pero no todos eran inocentes bienintencionados cegados por el odio o la soberbia. Años después Winston Churchill decía en la cámara de los comunes que el triunfo contra el peronismo había sido una de las victorias más importantes de Inglaterra.

Perón observo lo que venía, percibió el horror. Recordó la guerra civil española y el sufrimiento del pueblo. Perón, como San Martin, decidió renunciar creyendo en que eso causaría menos dolor a nuestro pueblo. Renuncio y nos dejo una consigna inmortal de la patria y la lucha del pueblo: “las revoluciones llevan tiempo y sangre. Entre las dos, yo elijo el tiempo”.

Al “cristo vence” le hicieron la pancita transformando la cruz en una P, y fue “Perón vuelve”, pero esa, esa es otra historia…