Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XXXVII.

Sobre los campos, las urbes y los montes de Urgenta se puede percibir una suerte de atmósfera extendida, que como una bruma pegajosa cubre al país entero, y a la que dan en llamar humor social.

Al parecer, la volatilidad de este humor (una consistencia gaseosa, sordamente eléctrica) es directamente proporcional a la rapidez con que tiende a empeorar el aludido clima de época (ver XXXVI). Los cambios, verdaderos o fingidos, forzados o fatales, su sola inminencia, su eterna promesa o apenas su mención generan una amplia y diversa gama de impulsos. El nivel de enrarecimiento, que se puede advertir en calles e interiores, no para de aumentar.

De ahí el imperativo estratégico de los opacos consejeros del Príncipe de Urgenta por tener bajo control los resortes simbólicos de estos tiempos, y si no resulta posible, etiquetarlos según convenga. Estos atareados señores suelen gozar de vistas, suelos y carnes de excepción, lo que no impide que sufran, todos ellos, de una incurable acidez que les llega de reflujos gástricos en ebullición.