por Rubén Dri –

El paso del feudalismo al capitalismo, o de la sociedad feudal a la moderna, significó entre  numerosos cambios e innovaciones, la aparición del Estado y la de los partidos políticos. Si se quiere, Estados hubo siempre desde que las unidades primeras de la sociabilidad humana expresada por clanes, etnias y tribus se organizaron en sociedades mayores y en su seno diversos grupos disputaron el poder.

Pero el paso a la modernidad implicó cambios fundamentales, entre los cuales destacan la organización política denominada “Estado” y en su seno las organizaciones que pasaron a denominarse “partidos políticos”. En  determinados países del Tercer Mundo, sin embargo, al lado o en lugar de los partidos surgieron los “movimientos” y, precisamente eso sucede en Argentina.

Las clases sociales

Con el capitalismo hacen su aparición las clases sociales. Hasta ese momento histórico, en los diversos modos de producción, las sociedades que salían de la situación de clanes, etnias, tribus y familias extendidas, se conformaban por estamentos y castas. Como en su momento observara Max Weber, la práctica de la “cena” de las comunidades cristianas, en la que participan todos los que adhieren al mensaje cristiano, independientemente del estrato social al que pertenecieran, abren el espacio en el que más tarde se desarrollará un nuevo sector social, la burguesía.

La burguesía ya no es un estamento, una casta, una etnia o un clan. Es algo completamente nuevo, una “clase social” que sólo surge en el capitalismo, teniendo, como es natural en todos los fenómenos sociales y políticos, antecedentes, es decir brotes que presagian su aparición y desarrollo.

¿Dónde se sitúa la diferencia de la “clase social” con relación todos los otros sectores sociales que le precedieron? En que su constitución depende exclusivamente de su posición con respecto a los “medios de producción”, desligándose de todo otro límite fijado por normas, creencias y tabúes.

El “estamento”, por ejemplo, con relación a la clase, no obedece a la situación con relación a los medios de producción, sino que se encuentra fijado por una serie de normas y creencias de la sociedad a la que pertenece. La situación de un “noble”, por ejemplo, con relación a un “obrero”, puede ser la de perfecta igualdad en lo relativo a la situación económica, incluso puede el noble encontrarse en una situación inferior.

En realidad, en el sistema capitalista los estamentos desaparecen o se encuentran reducidos a ser abstracciones o títulos sin correlación directa con la realidad. El capitalismo revoluciona toda la sociedad, dividiéndola en clases sociales.

“En las anteriores épocas históricas, expresa Marx, encontramos casi por todas partes una completa diferenciación de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales. En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos”.

Los estamentos fueron sustituidos por las clases sociales y cada vez éstas se fueron reduciendo a dos clases fundamentales, burguesía y proletariado y entre ambas la denominada “clase media”, especie de colchón que une a las dos clases fundamentes que, por otra parte, son antagónicas.

Es evidente que los intereses de las diferentes clases sociales no sólo no son iguales, sino que son contrapuestos. Ello es claro si pensamos en las dos clases fundamentales, la burguesía y el proletariado. Los intereses de la burguesía, es decir de la clase que es dueña de los medios de producción se concentran en duplicar constantemente sus ganancias, lo que se consigue por una parte, mediante las mejoras en los medios de producción, es decir, en la maquinaria, y por otra, y esto es lo fundamental, en la explotación creciente del trabajo del obrero.

Los intereses del proletariado, por el contrario, consisten en mejorar constantemente las condiciones del trabajo, de tal manera que las ganancias sean suficientes no sólo para reproducir su vida sino también para  mejorarla constantemente.

Partidos y movimientos

Si echamos una ojeada a la historia del sistema capitalista veremos que  prácticamente abarca el universo entero, pero no de la misma manera. No se puede comparar el desarrollo que tiene en países como Inglaterra, Estados Unidos, Francia y en general en los denominados países desarrollados, y en los que abarcan toda el área de lo que a partir de la Conferencia de Bandung (1955) conocemos en general como países subdesarrollados o, piadosamente, en vías de desarrollo.

Los primeros son aquellos en los que el capitalismo reconoce como su tierra natal. Es en ellos que se inicia y a partir de allí se desarrolla, tendiendo a abarcar todo el globo terráqueo.

En esos países desarrollados, ubicados en el centro de universo, el capitalismo como sistema desarrolla todas sus cualidades como en forma brillante las describe Marx en el célebre Manifiesto de 1847. Entre esas cualidades se encuentran las clases sociales a las que ya nos hemos referido.

Ahora bien, ello no se produjo de la misma manera en los países centrales o desarrollados que en los periféricos o subdesarrollados. En los primeros, el capitalismo se desarrolla de una manera que podríamos decir normal, transformando plenamente la sociedad que se divide en clases sociales. Derecha, centro e izquierda pasan a ser las denominaciones, proletariado, clase media, burguesía.

En los otros países la situación es diferente. El capitalismo se comporta no como quien lo hace en su propio terreno, sino en terreno ajeno. Sus realizaciones son como incursiones en dicho ajeno.  Desestructura a las sociedades en las que penetra, pero no las reestructura plenamente, sino que produce “colonizaciones” parciales.

El resultado es el de una mezcla de modos de producción, con hegemonía del capitalista, pero con la presencia de otros modos de producción que generan una serie de sectores sociales difíciles de categorizar.

Basta echar una ojeada a cualquiera de esas sociedades, algunas con más desarrollo capitalista, como Argentina y Brasil y otras, con menos desarrollo de dicho sistema, como Paraguay o Bolivia. En efecto en Argentina podemos distinguir una clase dominante, que conocemos como “oligarquía” en la que se agrupan las corporaciones agrarias, mineras y petroleras, los bancos, los dueños de los medios de comunicación; una serie interminable de obreros ocupados, formales, informales, desocupados, villeros, kiosqueros, vendedores ambulantes, manteros, pueblos originarios, y sigue la lista.

O sea, de un lado los “ganadores”, los que tienen el poder y del otro los “perdedores”, el pueblo, y entre ambos una clase media que sube y baja, aumenta y disminuye de acuerdo a como van las relaciones entres los ganadores y los perdedores.

En los países centrales la política  se realiza con partidos políticos que expresan intereses de clase, mientras que, en los periféricos los que detentan el poder lo ejercen mediante un partido de derecha o directamente mediante dictaduras. Los sectores populares, ese conglomerado de sectores sociales, la única manera de hacerlo es mediante “movimientos” que los abarquen.

Ahora bien, el movimiento no tiene contornos definidos como los tiene el partido. Desborda todos los límites como los ríos que salen de madre. ¿Cómo se mantiene unido? Mediante el “liderazgo”. En los movimientos el liderazgo es fundamental. Si desaparece, el movimiento queda en letargo, no logra unir los diferentes y múltiples sectores que lo componen.

Con el líder, con un nuevo líder, se recompone, vuelve a actuar políticamente, recupera o renueva sus instrumentos para la tarea, fundamentalmente el partido. Así sucedió con el yrigoyenismo y sucede con el peronismo, los dos grandes movimientos de la etapa democrática de nuestra historia.

Yrigoyen fue el líder del radicalismo, el primer movimiento de la etapa democrática del país. Con su muerte, el movimiento entra en letargo, en dispersión, hasta que es sustituido por otro movimiento, el peronista, con su líder, Juan Domingo Perón, al que es necesario añadir Eva Perón, una pareja de liderazgo muy fuerte.

Aun derrocado Perón en el destierro siguió siendo el líder del movimiento que vuelve finalmente al gobierno. Su muerte significó la derrota y la dispersión. Con un pseudo-líder como Menem, el movimiento traicionó a sus bases, a la mayoría del pueblo que lo compone, teniendo como consecuencia, la disolución de todo el orden social y político. El 2001 es consecuencia de la traición que se gestó con la presidencia de Menem.

Del 2001 al 2003 se produce un estado de anomia, movimientos, luchas, asambleas que comienza a encontrar su carril con la presidencia de Néstor Kirchner, quien inesperadamente comienza a manifestarse como el líder que el movimiento estaba esperando y, como si se repitiese el momento del nacimiento del movimiento, nuevamente es una pareja la que asume el liderazgo: Néstor y Cristina.

El error de Randazzo

Randazzo fue ministro en la última etapa del gobierno de Cristina, quien le encargó diversas tareas que supo desarrollar con eficiencia. Esperaba Randazzo que para las elecciones siguientes Cristina lo designase como candidato para la próxima presidencia. Ella no pensaba lo mismo y ello lo llevó a no aceptar ninguna otra oferta, retirándose de la práctica política.

Ahora vuelve a aparecer y pretende presentarse a elecciones enfrentándose a la líder del movimiento. Es decir, para Randazzo el peronismo no es un movimiento popular sino un partido y además, sin liderazgo, cosa que ya había intentado Augusto Timoteo Vandor con relación al liderazgo de Perón.

Lo menos que podemos decir, de acuerdo al análisis que hacemos, es que Randazzo se equivoca, independientemente de las intenciones que tenga y de los socios que lo acompañan en la aventura, que debe ser tema de otro análisis.

Fuente: La Tecl@ Eñe