Una excursión a un país amargo, de tan rico.

XXXVIII.

En un rapto de extrema relajación, el Ungido dispone empeñar al país en su totalidad por un milenio. Cual si fuera un señorío de propiedad de su familia, recibido en hipotética herencia, el Príncipe de Urgenta lo ofrece a la Phynanza global a cambio de esquivas gracias y magnánimas palmadas en el hombro.

Si bien para algunos de sus más entusiastas cortesanos obtener el mero beneplácito de la banca es, más que suficiente abdicación, logro supremo, la audaz transacción sólo alcanza para disipar ligeramente la densidad del humor social, y es apenas una breve bocanada de aire para el Ungido.

Y es para colmo un aire flaco, que muy pronto se enrarece y ya se carga de alientos amargos, risitas despectivas y miasmas que susurran perdiciones.