Una excursión a un país amargo, de tan rico.

XXXIX.

Al parecer, los urgentinos sufren un atávico impulso que los lleva, cada no tantos años, a empeñar sus bienes. Para ser justos, casi no hay hijo de esta tierra que no sienta la irresistible tentación de contraer deuda, en tanto es proporcionalmente difícil hallar no ya a quien la honre en tiempo y forma, sino a quien tenga conciencia de su obligatoria devolución, alguna vez.

Por cierto, resulta asombroso que los naturales de Urgenta se vean a sí mismos como indiscutibles sujetos de crédito, y así se los observa andar por el Mundo con aire altivo y gesto displicente.

Según suponen los pocos estudiosos que se han ocupado del asunto, tan arraigada presunción se traduce en la frescura con que estas gentes consideran que se les debe prestar cualquier suma, por extraordinariamente absurda que sea, ya que vienen de Urgenta, un país riquísimo y bien capaz de toda clase de enajenación a modo de garantía.