por Martín Becerra –

En la década de 1990 primaba en la Argentina una cultura del progresismo que exhibía en su rechazo a la corrupción su principal credencial de superación del sentido común expresado por la caricatura farandulesca de la pizza con champán. La corrupción, para la progresía noventista, consistía en una cualidad propia y excluyente de las gestiones menemistas que condenaba mientras, en paralelo, cultivaba un goce esquizofrénico de las bondades de la convertibilidad peso-dólar que permitía a la clase media viajar por el mundo, comprar electrónicos y ropa y ver mega recitales, mientras eludía los costos socioeconómicos del modelo neoliberal con su secuela de desempleo, consolidación de la estructura social regresiva y exhibición impúdica de negociados de la conducción estatal.

Los periodistas, los artistas, los músicos y los escritores eran progresistas, tanto los de las generaciones mayores, formados en ambientes de alta politización y discusiones que no obviaban la vía armada como forma de lucha –tema tabú en los noventa-, disciplinados primero por la dictadura y luego por los efectos culturales de la economía de guerra desatada contra los asalariados a partir de 1987, como también los de las generaciones más jóvenes, quienes protagonizaron una renovación estética en casi todos los lenguajes de la cultura de masas, desacartonándola y, en no pocos casos, licuando su carga ideológica explícita. Este recambio venía siendo incubado en la década anterior por sus mejores exponentes.

Amén de algunos cantantes locales identificados desde la dictadura con la lucha por los derechos humanos, pero que eran minoritarios y escasamente representativos del comportamiento y sentimiento de sus pares (Mercedes Sosa, León Gieco), fueron visitas internacionales las que contribuyeron a masificar la ya entonces socialmente legitimada actividad de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, como íconos del movimiento de DDHH en el país. El concierto de Amnesty International en Buenos Aires en 1988, con Sting abrazado a los pañuelos blancos, fue un hito que habilitó a muchos poperos argentinos a salpimentar con derechos humanos y algo de crítica política su repertorio.

Con aquel sustrato, cuyo detonante político fue Chacho Álvarez, ágil de palabra, carismático y con un repertorio institucionalista que vertebraba uno de los saldos más interesantes de la renovación peronista durante el alfonsinismo, se suturó el consenso entre las culturas de los derechos humanos, las del republicanismo anticorruptela y las de la justicia social. Página/12 fue el semillero de una generación de periodistas intérprete del cambio cultural y reproductora de sus limitaciones. Clarín era un multimedios “nacional” que participaba y alimentaba el ambiente progresista y se nutría del semillero de Página/12.

Aquella racionalidad afectada por la corrupción menemista y este presente protagonizado por periodistas y ex jóvenes pop indignados por la corrupción kirchnerista tienen en común la quirúrgica amputación de los vínculos de la corrupción estatal, como si los gobiernos operaran en soledad, como si fueran hemafroditas que no precisan lazos con otros para su reproducción, lo que conviene por supuesto a la (tan profusa) corrupción privada. De ahí el malestar con Oderbrecht de la actual élite cultural, artística y comunicacional en el país.

La cultura mediática hoy, a diferencia de la de los noventa, es decididamente anti-progre. Los emergentes de aquellos años son hoy el star system periodístico, musical y animan como bestsellers las librerías. Su fama ya no se asienta en valores de progreso y, tal vez como reacción a la hiperinflación semiótica del kirchnerismo en su versión cristinista, reducen todo reclamo por la justicia (social, económica, cultural) a una consigna vacía y tramposa. El sueño de la razón, como ilustró magistral Francisco de Goya, produce monstruos.

Hoy la ideología más expandida en la élite cultural y periodística es el cinismo, no porque no haya líderes de opinión decididamente reaccionarios, es decir, defensores de un ideario de mano dura y represión abierta, sino porque la mayoría de ellos no se atreve a enterrar su biografía juvenil, sospecha que en la sociedad no impera tanto rechazo a los reclamos de justicia y, por ello, prefiere colocar en el lugar del sarcasmo parte del repertorio de ideales que acuñó en los tiempos de Carlos Menem. Quizá la herencia menemista sea, después de todo, más perdurable de lo que se cree.

Fuente: Quipu

Ilustración: Francisco de Goya