Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XLII.

Mañanas hay en que las mujeres, los hombres y casi todo ser viviente sobre estas feraces tierras sienten unánimemente un indefinible vértigo.

En esos días, atmósfera de Urgenta se enrarece hasta hacer difícil la más escasa visibilidad, por lo que no se sabe bien de dónde emana y se expande un sentimiento generalizado que va de la vergüenza al espanto.

Tan tremenda sensación, que aturde hasta los más curtidos, viene siempre asociada -desde la palabra nítida, desde la ahogada pesadilla- al nombre, la figura, la mera silueta o evocación del Príncipe. Y al pavor súbito de saberse gobernados por aquél a quien supieron aclamar le sigue una indiferencia igualmente extrema, idénticamente aterradora.