Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XLIII.

La aparente rusticidad del Príncipe y su Corte puede producir la impresión de estar frente a un fenómeno  simplemente meteorológico.

No obstante, esa densa niebla que enfría calles, plazas y campiñas viene del aliento de los macutes excitados, aflojadas sus cadenas, quitados los bozales pero no las máscaras subhumanas.

Como digno integrante de la familia de las lechuzas, padezco el don de ver más allá de esa niebla. Y así veo que, en efecto, no están sueltas sino flojas las cadenas de esas bestias sanguinarias y torpes que ejecutan los deseos más oscuros del Ungido -lo que no es poco decir- y que aquí llaman macutes. Bien firmes y engrasadas están, esas cadenas.