Una excursión a un país amargo, de tan rico.

XLIV.

Hay oficios muy riesgosos en Urgenta. Acaso uno de los más expuestos sea el de humorista. No es porque falte en el país el sentido del humor: salvo de su pasión por el cromo y la ventaja, los urgentinos se ríen de todo.

Quien se sienta llamado a provocar sonrisas o carcajadas entra, lo sepa o no, a un campo ferozmente disputado. De nada sirve que se invista de ropajes y caracteres de comediante, juglar, payaso, cómico o bufón, para hacerse visiblemente diferente de las gentes serias. Pues las gentes serias, y aún las encumbradas testas de la Corte, y el Príncipe mismo, no dejan pasar ocasión de mostrar sus gracias y festejarlas ruidosamente.

Con tamaños bromistas, los humoristas deben jugarse al extremo, y así llegan algunos a componer personajes supuestamente paródicos de tan importantes competidores, lo que los deja al borde de la fatalidad. Si en su caricatura se pasan de serios, aburren. Si en cambio eligen exagerar la pantomima, hacen llorar.