Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XLV.

Uno de esos seres vagamente superiores que observa desde arriba y a distancia el vértigo nacional se presenta ante el Príncipe con una noticia que no genera ningún festejo -al que, se sabe, son tan afectos en la Corte-. El ocasional vigía ha visto que no sólo la verdad ya no importa a nadie, sino que tampoco la mentira. Un espanto frío tuerce un poco más la mueca del Ungido.

Para un reinado que depende de la producción, distribución y consumo masivo y diario de falacias es una infausta novedad.

Por otras causas, también es mala para el pueblo urgentino, que hasta aquí prefiere no enterarse que la extendida red de mentiras instaurada -y aceptada- como lo real son la única y última contención antes del despliegue del recurso final del Príncipe, esa oscura tropa de macutes que no ve la hora de ser útiles al amo.