Una excursión a un país amargo, de tan rico.

XLVI.

El Príncipe y su alta corte exhiben una audacia escalofriante, nunca vista siquiera en los más legendarios runners de Urgenta.

Desde cualquier opaco chambelán al propio Ungido, los ocupantes del palacio parecen lanzados a disputar el primer lugar de lo inverosímil, lo impensado, lo insensato. En rigor, se los ve más inspirados en esta desquiciada competencia interna que en la cotidiana y exhaustiva tarea de administrar tan extenso principado.

Sólo se los ve dando muestras de audacia triunfal, a cuál más desaprensivo y despojado de pruritos. Las buenas gentes del país asisten mansamente al desquicio un poco obsceno que causan sus cortesanos y su propio Príncipe, en el entendimiento -o la simple suposición- que tanta temeridad es expresión de inteligencia superior, genio creador o elevada espiritualidad.