Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XLVII.

A toda velocidad, sin atender a ningún tipo de señales de prudencia, el Ungido y los suyos no dejan pasar un día sin contribuir a la formación de un clima tenebroso, muy propicio para el brote y crecimiento de unas especies venenosas, extremadamente contagiosas.

En esta nube de baja altura asoman, se agitan y escabullen rebeliones anarquistas y malones salvajes. Tomando como indicios irrefutables de una inminente confabulación hechos tan graves como pintadas, fogatas y piedrazos, el Príncipe de Urgenta, el descendiente de aquel Ubu castigador, ordena a la comandante de los feroces macutes ponerlos en modo garrote. Puede percibirse la satisfacción de los uniformados seres detrás de corazas y capuchas, tanto como el alivio de los señores y señoras amenazados por los fantasmales comandos rebeldes.

Como éstos no terminan de corporizarse claramente, no falta el propalador oportunista que cierra el círculo, al señalar vagamente pero a los gritos a las autoinvocadas tinieblas. Asombra ver con qué liviandad se siembra aquí el terror.