por Eduardo Aliverti –

Ella ratificó que es imprescindible para los unos y los otros. De fondo, por tanto, no hay novedad alguna. Hubo ciertas variantes de formas, reclamadas como necesarísimas para que el fondo quedara mejor expuesto, cuando es sabido de qué se trata por más que los modos cambien. Y así seguirá.

Primero, CFK publicó una carta destinada a los dirigentes de la oposición que, con mucha voluntad a esta altura, se supone que orbitan en la ancha avenida peronista. Los convocó a la unidad para frenar a Macri. Sergio Massa y Florencio Randazzo le contestaron de manera cortante, incluso agresiva, y, ante la obviedad de esa respuesta, muchos –desde el propio palo K– se preguntaron cuánto convenía que Cristina quedara a la intemperie de un retruque destemplado. Ni hablar de la prensa militante oficialista, que se hizo una fiesta con “la soledad” del cristinismo. La ex presidenta, en verdad, no hizo más que reafirmar su actitud desde el comienzo de la campaña, evitando agredir al espacio que no votaría ni votó por las candidaturas del macrismo explícito. Podría replicarse si acaso no son Massa y, sobre todo, Randazzo, quienes quedaron completamente descubiertos gracias a apetencias y resentimientos personales –acerca de lo segundo, ella tiene sus responsabilidades– capaces de llevarlos a jugar objetivamente para Cambiemos. Si Cristina no hacía ni hiciere nada, la hubiesen acusado e imputarían por transitar un estado depresivo frente a la inevitabilidad de su próxima derrota en las urnas. Y apenas moviera en cualquier dirección, como lo hizo con la carta, le preguntarían qué enemigo la asesora. Si abre la mano, se acordó tarde. Si la cierra, así le fue, le va y le irá. Si hace público un mensaje para invitar a algún grado de acuerdo con quienes dicen estar lejos de la derecha gobernante, esas cosas se hacen en privado. Si las hace en privado, alguien las filtra justamente porque los destinatarios no son confiables y entonces es mejor hacer esas cosas en público. Todo de manual. Síntesis: le caerán a mansalva respecto de cualquier cosa que haga o deje de hacer, diga o deje de decir.

Igual de obvio, pero aun más interesante, fue lo sucedido con la entrevista concedida a Infobae y, ergo, a un colega que está en las antípodas del kirchnerismo. En eso se dio una auténtica novedad formal, porque Cristina jamás había aceptado encontrarse con periodistas que no son de su simpatía ideológica. Ni siquiera estuvo dispuesta a esas conferencias de prensa exigidas por quienes vociferaron hasta el cansancio querer preguntar, para hoy olvidarse de que Macri tampoco acepta –ni de cerca– cuestionarios que no provengan de su prensa adicta o directamente propia. Pero está bien: ese es un apunte desviacionista, ad hominem. Aquello que Macri rechaza ahora no justifica la patinada de Cristina al no haber aceptado nunca enfrentarse con prensa adversa (y encima ella, administradora de tempos y contenidos con una capacidad de oratoria formidable que desarma al más pintado). CFK accede por fin a una entrevista de esa naturaleza, y de ninguna manera puede reprochársele al periodista no haber transitado, en nada menos que dos horas, todo el acusacionismo anti K. Todo. Luis Novaresio resumió el “queremos preguntar”, lo hizo muy bien y Cristina contestó al compendio punto por punto. Pero la clave, subsumida en la “posverdad” de que no importa la certeza de preguntas y respuestas sino las sensaciones y convicciones fijadas de antemano, es lo previsible de cómo se reaccionó. Misma síntesis: haga lo que haga, diga lo que diga, no se modifica cómo la evaluarán. Los unos (se) corroboraron que Cristina dio una exhibición, desmontando cada lugar común de las perfidias que le achacan. Ella suscita entre adoración y respeto supremo, y si pifia en algo es un elemento secundario que no debe alarmar porque sólo importa la cuestión de fondo. Los otros hablaron de que manipuló, fiel a su estilo. Estos segundos, en particular, querían y quieren sangre. No deseaban ni aspiran a ninguna entrevista. Necesitan boxeo, agresión, salvajadas. De hecho, Novaresio recibió críticas furibundas desde los sectores anti K. ¿Qué pretendían que hiciera? No hubo análisis “técnico” de las respuestas de Cristina, prácticamente. No les importa.

Como señaló Horacio González, el viernes, en este diario, esta derecha “no precisa institucionalidad, sino fórmulas de lenguaje; no precisa descubrir hechos verídicos, precisa nombrar lo que los encubre; no precisa parlamento, sino denuncias de corrupción ante un tribunal de prelados mediáticos; no precisa pruebas, sino acusaciones de asesinato; no precisa investigar, sino sembrar pistas falsas”. Y en todo caso, como también aquí escribió Luis Bruschtein en su análisis del mismo día, lo último que ambicionaban es que CFK otorgara la bendita entrevista a un colega del palo contrario, porque el mito se despojó de los implícitos y complicidades que construye el periodismo amarillo: crear un demonio se convierte en un problema cuando deja de serlo y se transforma en una persona, “porque en una entrevista está la persona que sí puede responder (…) El efecto siempre es a favor del demonizado, en este caso la entrevistada, que deja de ser el demonio cargado de supuestos inconfesables y tiene explicaciones, y respuestas, que provienen de una mirada que no resulta desopilante ni disparatada”.

En los diarios impresos y portales del macrismo, al igual que en las redes, fue notable cómo aminoró la repercusión por la entrevista a Cristina al día siguiente. Y fue justamente por aquello. Porque el demonio se había “personalizado” en la entrevista que no debía dar, para mantener ese mito de que no tiene defensa o le resbalan las acusaciones sobre corrupción, enriquecimiento personal, affaires que involucran a Julio de Vido, memo de entendimiento con Irán, ataques a la libertad de prensa, tonitos de sus discursos y etcéteras tan atendibles o disparatados como ésos. No por nada la agenda, el orden de los sumarios, los resaltes, pasaron a ser que la Gendarmería tiene peritado el asesinato de Nisman, que el desaparecido sería obra de unos gendarmes sueltos, que la London Fashion Week quedó ensombrecida por el terrorismo o que Sampaoli volvió a dejar afuera a Higuaín. Se cumplió acabadamente que Cristina contendiera versus el sentido común de preguntársele “en serio”. ¿Y qué sucedió? Que los unos y los otros sigan pensando e instrumentando exactamente lo mismo (o más todavía). Y que los “indiferentes” o fluctuantes le brindan al asunto entre cero y muy poco de interés. O con mejor precisión, quizá: que en función electoral, de coyuntura, nada les mueve mayormente el amperímetro.

Si se acuerda con que ese sector es el que termina decidiendo el rumbo de corto plazo, tampoco se produjeron grandes novedades. Hay un veranito económico signado por efecto paritarias, aumento de jubilaciones y pensiones gracias al mecanismo fijo estipulado durante la gestión kirchnerista, inyección de fondos a los movimientos piqueteros para que no perturben la calle, mucha plata en la obra pública que le denostaron por corrupta o clientelar al gobierno anterior, turismo al exterior y compras ídem gracias a un tipo de cambio sujetado por la bicicleta financiera, créditos hipotecarios bien que con serias incertidumbres en torno de la capacidad de pago a futuro. Suficiente, es muy probable, para que Cambiemos gane en octubre y avance con reformas laborales, previsionales e impositivas, junto al renovado ajustazo en las tarifas de servicios públicos, que los voceros gubernamentales calculan –es decir: advierten que ejecutarán– en alrededor del 30 por ciento anual.  Y si mientras tanto continúa el festival de endeudamiento externo que financia el déficit, y no hay forma de que se repare en que por esa vía se vuelve indefectiblemente a las condiciones objetivas de comienzos de siglo, hay el ordenador ideológico de Cristina para convencerse de haber estado peor y que el problema eran las cadenas nacionales del kirchnerismo y los bolsos de López. Rige un Estado al que vaciaron de financiación porque, entre otras cosas, había que liberarle el cepo al campo. Pero lo trascendente era y es que el cepo sea sobre las fantasías de liberación clasemediera. De eso se encarga el aparato mediático del Gobierno que, por supuesto, es periodismo independiente. Ahora pudo preguntar.

Que a todo esto y precisamente, ¿dónde está Santiago Maldonado?