Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XLVIII.

Tal vez resulte innecesario aclarar que los naturales de Urgenta no son particularmente unos cretinos, habida cuenta de la universal prodigalidad de la especie humana en la materia.

Se ha visto y padecido en todo tiempo y lugar el mancomunado entusiasmo en la estupidez. Pueblos, naciones, civilizaciones enteras se han arrojado a esos charcos tan poco profundos como fatales donde burbujea el despropósito.

Pero Urgenta, el rico país de los amargos, también pretende, con la ambición precipitada que lo distingue, cargarse un título dudosamente honroso: ser aquél que más pronto, más lejos, más a fondo lleve su fanfarrona necedad. Pareciera que puede conseguirlo.