Una excursión a un país amargo, de tan rico.

 

XLIX.

No sucede de la noche a la mañana. Tal vez por eso asombra la cantidad de sorprendidos. Muchísimos miles de personas que, de pronto, advierten que han sido víctimas de una artera estafa o engaño. Como si hasta ese momento de infausta epifanía, hubiesen estado sordos, ciegos o en trance hipnótico.

No deja de ser un poco gracioso verlos ir y venir en su perpetua urgencia, para trocar toda posible dicha en amargura. Los ceños fruncidos, las voces encendidas, la tensa rabia de las gentes parecen signos bastante claros de un ánimo hostil generalizado.

Como aquellas oscuras brumas (percibidas allá por el XXXVII y el XLIII), estos atormentados frentes sociales ya no amenazan, ya se ciernen sobre las enormes extensiones del país, y en especial allí donde se juntan las lucecitas humanas.

El Príncipe, satisfecho en grado sumo por el enrarecimiento climático que allá abajo extiende su tiniebla, se deja llevar por su fantasía. De veras cree que es su poder el que así azota a los pobres urgentinos. De veras cree que su mueca de extravío es una sonrisa.