Una excursión a un país amargo, de tan rico.

L.

El Príncipe va ascendiendo hacia su apoteosis. El pueblo urgentino, tras respirar y absorber cotidianamente, durante días, meses y años esa turbia pestilencia que exhalan sus pregoneros y bufones, sólo es capaz de odiar en las direcciones mejor señalizadas. Con eso basta.

Con sólo no advertir el rumbo que asegura el reparto de oro a los cortesanos y estiércol -aunque tal vez sea más exacto decir mierdra- a los poblanos es suficiente. Es victoria y consagración para el Ungido descendiente de Ubu, y más que satisfactoria excusa de colorido festejo, baile y alegría en cada palacio que se precie.

Nada tiene de asombrosa esa euforia burlona del Príncipe, su Corte y sus Aspirantes. Lo que a este viejo lechuzón  deja pasmado es el celo con que las gentes de Urgenta se entregan a un deseo tan ajeno, y el entusiasmo con que aplauden y celebran un fasto que miran desde muy lejos.