Una excursión a un país amargo, de tan rico.

LI.

Favorecido por todos los oráculos, que le auguran una marcha sin freno y una erección perpetua, el Ungido apenas puede contener su gozoso talante.
Surca salones y jardines con la despreocupación de quien no necesita saber bailar para mostrar con qué gracia marca el paso. Todo es azúcar. Los pasillos de palacio son iluminados en tonos pastel, día y noche, con velas aromatizadas que susurran suaves melodías al arder. Cortesanos y cortesanas rivalizan en exhibir la mascota más amansada o el siervo más fiel.
Producto, tal vez, de estos derroches de dicha y esplendor, el Príncipe envía a sus macutes a propagar por doquier la buena onda. Y allá van los macutes, de los que no es justo esperar acción o pensamiento que no les haya sido debidamente inspirado por su Alteza. Allá van, invitando a participar del jolgorio a todos aquellos que aún no saben divertirse ni estar en paz, a ver si aprenden.