Una excursión a un país amargo, de tan rico.

LII.

Los macutes vienen por mí. Tal vez esta misma noche, o la del cercano domingo, en su momento de mayor confusión y algarabía, emprenda el vuelo que me aleje de Urgenta. Los vientos, algunas estrellas, decidirán el rumbo.

Ahora, en este crepúsculo penoso que ha caído sobre el país, el príncipe Ungido, el heredero de lo peor de aquél Ubú, tan torpe como cruel, ha dispuesto imponer el color único: nada ni nadie han de mostrarse en público sin marca, divisa o prenda de oro.

Los bienes, carruajes, cabalgaduras y palacios han de lucir algo dorado o son sumariamente apropiados por el Trono, la Corte o las Familias. Todo aquél que tuviese el descuido o la osadía de circular a la vista de los demás sin portar del modo más notable su identificación de fidelidad y seguimiento al color principesco, es aislado por sus vecinos y parientes, prendido por los macutes y sumergido en unos pozones de agua helada durante días y noches.

Eso no es bueno para mis plumas, claro. Así como a tantas buenas gentes, además de rechazar la mera imposición, a mí tampoco me es posible llevar oros encima. No se puede empeñar lo poco que se tiene en lo que nada se necesita.